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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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09 Diciembre 2018 04:05:00
Transformación con sensatez
Mientras más se profundice la brecha entre los ricos y los que menos tienen, mientras más pobres haya y mientras más se prolongue en el tiempo esa situación, más inminentes serán las crisis estructurales de cualquier país.

Las elecciones de julio en México, la intensa actividad política del ganador en ellas desde que se anunció su triunfo, y el frenesí legislativo de la mayoría absoluta del equipo ganador en el Congreso de la Unión y más de la mitad de los congresos locales, reventaron todas las válvulas de contención que el inequitativo y alienante sistema de control político-económico había imperado en México, particularmente en las más recientes décadas.

De pronto, el “peligro para México”, un perseverante líder sureño que se empeñó en recorrer el país repartiendo esperanza, canalizó la indignación producida por esa marginación social política y económica. No hizo sino capitalizar el encono de los muchos compatriotas que han recibido, inveteradamente, tratos diferenciales, discriminatorios, desde las cumbres del poder y las clases pudientes, sin importar que fueran económicas o políticas, que, a fin de cuentas, allá en las alturas ambas suelen ir de la mano.

Ese líder, AMLO, endosa los males al “neoliberalismo” y sus instrumentadores, pero yo creo que la cosa no queda ahí.

Mucho antes de que Carlos Salinas, con el imprescindible preámbulo de Miguel de la Madrid, impulsara las reformas estructurales que abrieron las puertas a ese modelo económico, ya se había construido un andamiaje mediatizador para dar, con una mano, apariencia de legitimidad –cuando que sólo se trataba, si mucho, de legalidad– mientras que, con la otra y “en lo oscurito”, las “reglas no escritas” del “sistema” prevalecían sobre el interés general.

Los artilugios de la hegemonía llegaron, incluso, a la ilusa pretensión de justificar los excesos aduciendo unas “facultades metaconstitucionales” inexistentes y de imposible existencia jurídica.

Tal era –y mucho me temo que es– el fervor por la disciplina “institucional”, de verticalidad imperial, que en México se ha padecido desde su declaración de independencia.

Nada de eso puede, en rigor, justificarse, pero hablar de una cuarta transformación sin haber logrado la primera –domeñar los impulsos viscerales y el arbitrio irreflexivo, en aras de la civilidad– tampoco.

El giro de 80 grados era inevitable, pero esta cuestión, mucho me temo, sigue pendiente: hay todavía un sinnúmero de interrogantes respecto de la viabilidad de las pretensiones expresas del nuevo Gobierno, a las que incluso ronda la duda, a juzgar por las contradicciones internas que son evidentes en las variantes “oficial” y “popular” del discurso público, aunadas, para más, a las incongruencias que pueden apreciarse, a simple vista, entre lo dicho y lo hecho.

En todo caso, el eficaz cultivo de la esperanza masiva que ha tenido lugar, junto con el énfasis de las referencias a los “adversarios” como “fifíes” y “conservadores”, lejos de cohesionar a los factores diversos del sistema social para orientar sus energías conjuntadas en orden del interés general, ha potenciado las diferencias al grado de convertirlas –el lenguaje que el grupo en el poder y sus seguidores emplean así lo acredita– en verdaderos enconos que no sólo apuntan a una escisión que podría llegar a ser insalvables, sino a confrontaciones exacerbadas, cargadas potencialmente de gran violencia.

Es un hecho que el ejemplo del líder –muy bien lo sabe don Andrés Manuel– es un vector de gran poder para influir en las actitudes de sus seguidores. El amor a la patria, las responsabilidades adquiridas por todos y la sensatez aconsejan sumar, una vez que se ha vencido, en vez de dividir.

Estamos a tiempo. Ojalá que la reflexión serena propicie el impulso de acciones congruentes con la construcción de los consensos que al país le hacen falta, ahuyentando al fantasma de la confrontación.

Hay que construir nuevos paradigmas sobre lo mejor de nuestros valores. Hay que recordar que la democracia es gobierno que eligen las mayorías, pero se ejerce integrando a las minorías, con absoluto respeto del derecho de todos.

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