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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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18 Noviembre 2018 04:00:00
Transformaciones
Esta celebración del 108 aniversario del inicio del movimiento armado encabezado por don Francisco I. Madero ocurre en momentos cruciales para el país. A punto de un cambio de Gobierno inédito en las formas y novedoso en los planteamientos, el optimismo de unos contrasta con la zozobra de otros. Desde posiciones que se antojan irreconciliables, la polarización del país se convierte en uno de los problemas más graves que se han de enfrentar en el futuro inmediato.

La llamada Cuarta Transformación llega con el indeseable sello de las tres anteriores —Independencia, Reforma y Revolución—: una profunda división de la sociedad. Si en la Independencia las facciones se identificaban como insurgentes y monárquicos, en la Reforma, conservadores y liberales, y en la Revolución, maderistas y porfiristas, en esta cuarta los bandos de “chairos” y “fifís” están separados por una brecha que algunos se obstinan en volver insalvable.

Ante esa realidad se torna pertinente una revisión histórica con objeto de analizar los resultados de las anteriores transformaciones. La Independencia, con todos los merecidos ribetes de heroicidad que la envuelven, acabó como el Rosario de Amozoc. Primero tuvimos un emperador made in México, Agustín de Iturbide, del cual el Congreso se deshizo poco después.

El corolario de la Independencia, no podría ser más desalentador. Con el aval de los diputados, murieron fusilados los dos encargados de consumarla: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Esto fue el prólogo de medio siglo de inestabilidad política. Los gobiernos se sucedían mediante el golpe de estado o el alzamiento armado, hasta llevar a México a una situación de extrema debilidad, la cual condujo a tres intervenciones extranjeras. Decía José Emilio Pacheco que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

Los liberales de la Reforma lograron una cierta estabilidad, pero lo hicieron a costa de una crudelísima guerra de tres años que desangró al país y lo dejó en tal estado de pobreza que animó a Francia a invadirnos e imponernos un emperador. Gracias a la victoria sobre los franceses y el fusilamiento de Maximiliano, don Benito Juárez recuperó la presidencia de la República.

Sin embargo, cuando buscaba reelegirse de nuevo en 1871, el monolítico partido liberal se fragmentó. Porfirio Díaz fue uno de los liberales molestos por el cariño que Juárez le había tomado a la silla presidencial. Y Díaz pasó del dicho al hecho. Se lanzó a la revolución ondeando el Plan de La Noria. Fracasó, pero aprendió la fórmula y cuando el sucesor de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, buscó la reelección, lanzó el Plan de Tuxtepec y se hizo del poder.

Aunque se levantó en armas ondeando la bandera de la no reelección, don Porfirio se mantuvo en la presidencia treinta años —más del doble que don Benito. Envejeció en la silla hasta que un inquieto coahuilense vecino de San Pedro de las Colonias, inspirado por los espíritus, se dio a la tarea de escribir el libro La sucesión presidencial en 1910.

Aquel texto de Francisco I. Madero detonó la tercera transformación, cuyos resultados son bien conocidos. Todos los caudillos que la encabezaron murieron asesinados, principiando por Madero, seguido de Zapata, Carranza, Villa y Obregón. El resto es historia reciente y bien conocida. Sólo esperemos que la cuarta transformación sea, en verdad, de terciopelo, y no arrastre tras de sí las calamidades prohijadas por las tres anteriores.
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