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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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19 Diciembre 2017 04:00:00
Tres sueños
Debido, seguramente, al estrés navideño y a las constantes comilonas para festejar que hemos sobrevivido un año más, ayer por la madrugada, particularmente fría, fui invadida por tres sueños pesadillescos cuyos protagonistas no dejan de perturbarnos y por lo tanto son culpables de nuestro mal dormir.

Primer sueño: por cuestiones del azar me encontraba atisbando detrás de la puerta de la recámara de Elba Esther Gordillo. Se escuchaban muchas voces y ruidos de herramienta. “No está tan difícil quitársela. Es cosa de buscarle, para eso traigo una ganzúa especial que fabriqué en mi taller de cerrajería”, dijo de pronto un señor gordo y bigotón. A lo lejos se veía a la maestra con su pierna apoyada en un cojín. “Con mucho cuidado, cabrón. ¿De veras sabes lo que haces?”, le preguntaba nerviosa la maestra Elba. Era evidente que su camisón de cachemire era de marca francesa, así como el edredón de plumas de ganso. El cerrajero que había sido traído especialmente de Tepito, se veía muy tranquilo y que dominaba su arte de abrir cualquier chapa. En no más de dos minutos de pronto el “brazalete electrónico de tobillo”, se abrió. Vi cómo la exlideresa se incorporó como un resorte, se puso su abrigo de piel y corrió con la ayuda de su personal hacia la azotea. Desde la recámara se percibía el ruido inconfundible de las aspas de un helicóptero. Me asomé por la ventana de su penthouse de las calles de Galileo y vi cómo Gordillo, con agilidad digna de una jovenzuela, subía la escalinata de cuerda hacía el interior del aparato. A un lado, el piloto vestido de Santa Claus y atada a la cola de la nave se veía una cinta que decía: “Feliz Navidad, pendejos”.

Segundo sueño: inmediatamente del anterior, comenzó otro sueño, esta vez me encontraba de nuevo detrás de la puerta de un salón de clases en una secundaria de un colegio de Toluca. Sentado en uno de los pupitres de la primera fila se veía a un adolescente, peinado de copetito con fijapelo y con un suéter color frambuesa con una figura de osito en el pecho. “A ver, Enrique, pasa al pizarrón y conjuga el verbo ‘volver’, en pretérito perfecto compuesto del indicativo. El joven preguntó angustiado, “¿¿¿¿¿en quéeeeeeee, maestra?????”. Ella, muy paciente le contestó. “Acuérdate que tiene un verbo auxiliar”. El púber entendía cada vez menos. Se acercó al pizarrón, tomó un gis y escribió nerviosamente la palabra: “yo...”. Allí se atoró. La maestra, ligeramente impaciente, le comentó: “ahora el auxiliar...”. Enriquito no daba pie con bola. Su frente sudaba, su copete se desinflaba y él se desesperaba. De repente escribió la letra “e”. La profesora estaba a punto de explotar: “Y eso ¿qué es? Falta la ‘h’”. El joven volvió a escribir: “Yo he...”. El tiempo pasaba y los demás compañeros empezaban a burlarse. “Ahora agrega el verbo ‘volver’”. Al estudiante no se le ocurrió más que agregar: “volvido”. Todos en la clase irrumpieron en carcajadas. “¿Cómo que volvido? Esa palabra no existe. Si sigues con esa ortografía, hagas lo que hagas en tu vida, siempre serás objeto de burla”.

Tercer sueño: el último sueño de esa madrugada era un “deja vu”. Estaba yo en el templete de un mitin político que yo misma había organizado para apoyar al candidato a la Presidencia del partido “Prieta”. Para ello había convocado a todos mis familiares, amigos y conocidos “pirrurris”, para que fueran escuchados y atendidos. La gran mayoría de ellos eran de tez blanca. Muchos para guardar las apariencias y no perturbar al líder del partido, se habían untado betún en la cara. “Nosotros los pirrurris, los blanquitos, los ‘pushos’, también somos mexicanos y queremos ser gobernados por un Presidente que no nos discrimine, que no nos divida, ni nos excluya”, decía al micrófono el representante del grupo. El líder de “Prieta” se veía irritado. No sabía cómo actuar. De pronto el candidato a la Presidencia le arrancó el micrófono al representante de los convocados y dijo a voz en cuello: “Ustedes no son mexicanos, no conocen al país. Nunca les ha dado el sol. Son blanquitos. Son ‘pirrurris’. Además de no visitar los pueblos y recoger los sentimientos de la gente, se pierden de comer la suculenta barbacoa...”. Allí me desperté y me dije que al fin de cuentas, mis tres sueños, no son más que una pesadilla.
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