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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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06 Julio 2017 04:00:00
Triste despedida
¡Qué doloroso para los hijos tener que despedirse para siempre de sus padres! Pero no poder hacerlo, ha de ser, sin duda, aún más doloroso. Con mucho dolor, se ha de haber ido José Luis Cuevas sin haberse despedido de sus tres hijas. Y qué decir de la profunda desolación de Ximena, Mariana y María José al enterarse, por medio de un tuit, que su padre había fallecido. Hacía más de cuatro años que no lo veían. Un tiempo demasiado largo para unas hijas que adoraban a su padre. Que aprendieron a admirarlo y a respetarlo, gracias a Bertha, su madre. Ella les enseñó a aceptar la figura pública que siempre fue su padre. “Su padre es como una estrella de rock”, les decía Bertha. “Que no les importe si las mujeres, al reconocerlo, se le echan encima. Haga lo que haga, su padre siempre me será leal. Yo soy su amante preferida”, les comentaba Bertha muerta de la risa. Las tres lo conocían como la palma de su mano; sabían de sus gustos, sus obsesiones, sus infiernos, sus exposiciones, sus tristezas y alegrías. Desde niñas eran cómplices de su padre, sus consejeras y sus musas. Juntos se reían, se divertían, salían a pasear por las calles del Centro Histórico. Juntos dibujaban, viajaban con la imaginación y se disfrazaban. Más que un padre, era como su amigo, su confidente y su pintor predilecto.

¡Cuántos recuerdos, cuántas cartas y álbumes de fotografías se fueron acumulando a lo largo de los años! Allí, está la familia Cuevas Riestra en los cumpleaños de las niñas, en sus primeras comuniones, en las posadas, sobre todo, de su estadía en París. Allí están las tres niñas, con sus papás, bajo el Arco del Triunfo, en la Place de Vosges y en los Jardines de Luxemburgo. Allí están las fotos de su casa de Galeana en San Ángel, de sus cenas y comidas con Octavio Paz, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Fernando Benítez, Elena Poniatowska, Vicente Rojo, Juan Soriano, entre muchos otros amigos de toda la vida.

Lo que les quedaba claro a sus tres hijas, era que Bertha, era el amor de la vida de su padre. Cuando Bertha enfermó de leucemia y debido a las quimioterapias, tuvo que raparse la cabeza, como acto de solidaridad, José Luis también se rapó. La adoraba. Para él, ella era su mejor socia, su compañera incondicional y la madre de sus tres hijas. En su libro Gato Macho (Fondo de Cultura), Cuevas escribió entonces: “Al casarme con Bertha, ella supo que lo que iba acumulando sería algún día patrimonio nacional. Ni en los momentos de penuria se nos ocurrió vender nuestras posesiones artísticas. Mis hijas Mariana, Ximena y María José, al crecer, compartieron con nosotros esta intención”. No había duda, en la familia Cuevas había un pacto inamovible. En el mismo libro, Cuevas también escribió en un texto titulado: “Orgullo por mis hijas”: “Estoy orgulloso de Mariana en la misma medida que lo estoy de Ximena y de María José. Todas ellas traen en la sangre la vocación artística. Engendré tres hijas de singular talento. Todas dibujan con destreza”.

Cuando muere Bertha, a José Luis se le viene el mundo encima. No había momento en que no hablara de ella, en que no escribiera a propósito de su esposa en su columna archileída el Cuevario y en que no la recordara con sus hijas. Nunca como en esos momentos, los unía la tristeza y la nostalgia por Bertha. Los cuatro habían quedado en la orfandad. Antes de morir en el hospital MD Anderson de Houston, el 9 de mayo del 2000, su madre convocó a las tres y les dijo: “José Luis no sabe estar solo y no voy a poder controlar qué tipo de mujer va a entrar en su vida”.

Lo que nunca imaginó Bertha fue el tipo de mujer que finalmente entró en la vida de José Luis. Como escribió Elena Poniatowska en el diario El País: “Para asombro de todos sus últimos años lo aislaron, primero de sus hijas, luego de sus amigos. Recluido, enfermo, triste, se separó de todo. Beatriz del Carmen Bazán su segunda mujer se puso a cubrir sus figuras de azulito y de rosita pero Cuevas no vivió ninguna vida en rosa porque ya no aparecía en ningún lado y no tengo la menor idea de quiénes lo visitaban”. Por esa mujer, José Luis Cuevas se fue para siempre sin despedirse de sus tres hijas. Se queda la viuda sola con su conciencia. ¡Vaya compañera!
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