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Denise Maerker
Denise Maerker
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22 Agosto 2011 03:00:38
Tronaban como palomitas
Así describe Juan Carlos el sonido que alcanzó a escuchar mientras estaba con sus amigos, detrás de la portería norte del estadio TSM (Territorio Santos Modelo) viendo el partido entre Santos Laguna y Monarcas Morelia. Vio a la gente correr y una ráfaga lo sacó de la duda: “No, no eran palomitas, sino auténticos balazos”. Alguien entre el público gritó: todos al suelo, y él y sus amigos como pudieron se acomodaron entre las butacas. La incertidumbre y el miedo —me dice Juan Carlos— era porque “no sabíamos de dónde venían los disparos”. Como no todos cabían entre las butacas, él se quedó con la cabeza levantada buscando impaciente con la mirada el origen de la balacera. Un día después lo tiene claro: lo que lo estremeció fue pensar que un grupo de sicarios se hubiera metido al estadio con el objetivo de llevar a cabo una matanza, como las de los bares del año pasado ahí mismo en Torreón, recuerda. A Juan Carlos no se le quita de la cabeza la imagen de una niña sentadita que no dejaba de llorar. Luego siguió el pánico y gente siguiendo el ejemplo de una joven pareja: saltaron al campo y empezaron a correr, algunos sin dirección, otros buscando el túnel hacia los vestidores y por el cual habían desaparecido los jugadores.

Recuperada la calma, todos quisieron hablar para tranquilizar a sus familias, pero fue imposible. Las líneas estaban saturadas.

Hoy sabemos que los sicarios no estaban dentro del estadio y que no buscaban entrar para matar a diestra y siniestra. La balacera se dio afuera cuando un convoy de tres camionetas se encontró en la esquina del estadio con una patrulla de municipales. En el estadio se vieron armas largas, pero las autoridades dicen que eran de guardaespaldas de políticos y empresarios que estaban en palcos.

“Esta fue una de tantas”, me dice un reportero de la zona. Aquí las balaceras son cosa de todos los días, la única novedad es que fue junto al estadio con 20 mil personas dentro y en evento que se transmitió a nivel nacional.

“Ahora sí que ni modo que no se den por enterados allá en el centro”, me dice con un dejo de amargura el directivo de un diario. “Quizá esto es lo que hacía falta para que también aquí manden a fuerzas federales y respondan a nuestros repetidos llamados de auxilio”. ¿Acaso las autoridades federales van a esperar a que maten a muchos o a que caiga un notable para reaccionar? Las llamadas de autoridades, empresarios y periodistas se acumulan en las oficinas de la Presidencia y de la Policía Federal. Lo que tienen que saber ya lo saben. Y los números son contundentes: La Laguna está en el top tres de los lugares más violentos del país, pero no se le da la misma atención y apoyo que a Monterrey, Ciudad Juárez o Acapulco. El alcalde Eduardo Olmos lleva años pidiendo ayuda federal.

Por lo pronto, la imagen de la gente aterrada guareciéndose entre las butacas de un estadio de futbol ya le dio la vuelta al mundo y conmovió a millones. Esperemos que mañana no salgan las autoridades a minimizarlo. En La Laguna se sienten dejados a su suerte, pero todavía se atreven a levantar la voz.


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