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Columnista Invitado
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10 Agosto 2017 04:00:00
#Turismofobia



Hace unas semanas atrás el escritor español Félix de Azúa, miembro de la Real Academia Española, me compartió una honda reflexión al respecto del panorama actual londinense: “Yo hacía 20 años que no pisaba Londres y de la capital me llevé una mala impresión, muy desagradable, me pareció degradada por el turismo low cost que para mi gusto es muy depredador no es exactamente un gran conocedor”.

También el nuevo panorama de Francia, sobre todo de París, lo describió Guadalupe Loaeza; desde hace más de una década, la escritora mexicana lo plasmó argumentando que aquello ya era “otro París” como si una horda de extraños ordinarios le hubiesen robado su savoir faire a la capital del país más visitado del mundo.

En España, que el año pasado recibió 75.3 millones de turistas, también el modelo turístico aplicado hasta el momento da muestras de su erosión y de la necesidad de recambiarlo, antes de que el daño sea incontenible.

Si bien los visitantes internacionales dejaron una derrama por 77 mil millones de euros, la verdad es que no hay una estadística fehaciente que demuestre la otra cara de la moneda… su lado oscuro relacionado con el enorme esfuerzo humano local por recibir a todos los que vienen de fuera; el impacto, desgaste y depreciación tanto en la infraestructura pública como privada y todavía más negativo el daño colateral ambiental así como en la sostenibilidad urbana en las playas y otras áreas naturales.

Francia, España e Italia son el foco rojo de este fenómeno de masas y su economía vive en buena parte dependiente de esa ubre que amamanta el sector servicios esencialmente a muchas pequeñas y medianas empresas.

Pero prácticamente estos tres países que ostentan el primero, tercero y quinto lugar en el podio del ranking de los diez con mayor flujo de turismo internacional (México también ha vuelto a la selecta lista con más de 35 millones y busca afanosamente el octavo sitio) reciben anualmente una especie de “población flotante” que demanda su infraestructura de transportes, hoteles, comercio, hostelería y hasta servicios sanitarios. Si sumamos a los turistas extranjeros (75.3 millones) con los habitantes (46.5 millones) España tendría casi el equivalente a la población permanente de México pero concentrada en un territorio conjunto con Chihuahua, Durango, Nuevo León y Tamaulipas.

Y sí hay preocupación interna por toda la fenomenología actual: el malestar de cierto sector de la ciudadanía es igualmente evidente, de hecho en las últimas semanas ha crecido la #turismofobia que es precisamente el rostro menos amable para los huéspedes que han visto pintadas en las calles de Cataluña, rechazo en el país vasco y enardecidas proclamas grafiteras ¡Tourist go home!, en las Baleares y otras islas fuera de la Península.

Plataformas como Airbnb y otras muchas variantes para el alquiler vacacional y hasta para el intercambio por días de temporada de casas particulares de un país a otro han acelerado la descomposición y destapado la ambición de la gente para lucrarse a como dé lugar.

Se ha desplazado en cierta forma el alojamiento en los hoteles por el hospedaje más económico en un piso de un particular y muchas veces son personas que abandonan sus casas en verano para alquilarla a los paseantes por semana y con eso sacarse un dinero.

Así los sitios de playa se han visto colapsados multiplicándose los problemas de basura, ruido y restaurantes atiborrados además no queda centímetro cuadrado libre de arena en las playas que en España son todas de acceso público.

En Mallorca, en la localidad de Magaluf, los lugareños se tiran de los pelos ante las hordas de jóvenes ingleses que los han sitiado a golpe de sexo en público, drogas, alcohol, ruido y vómitos por doquier. El turismo de desmanes y el depredador como argumenta De Azúa porque se triplica el consumo de agua y se quintuplica la contaminación.

Casi una experiencia similar la viví en Alicante, no quedaba sitio para el relax, los meseros muchos contratados únicamente para la temporada no podían con tal cantidad de gente; la basura era el signo más visible en calles y avenidas mientras que en las playas jóvenes alicantinos voluntarios iban repartiendo bolsitas y ceniceros de plástico para que “por favor” los veraneantes al irse no dejasen aquello hecho un desastre; aunque honestamente hablando a los turistas que sólo van allí de paso les importa un carajo levantar su basurilla.


A COLACIÓN

Menudo lío porque no se puede perseguir a los turistas, colgarles el cartel de “no vengan aquí no son bien recibidos” dado que además hay una flagrante competencia al respecto. Lo que unos desprecian es justamente por lo que otros están compitiendo por alcanzar.

Como bien dice el también escritor español José María Carrascal: “El turismo es nuestro petróleo. Con él pagamos el petróleo que consumimos y otras muchas cosas que no producimos. Representa el 11.1% de nuestro PIB. En la costa mediterránea, el 20, y en los archipiélagos, casi el 50. O sea, que sin él seríamos mucho más pobres y viviríamos bastante peor”.

A mí en lo personal me parece que la respuesta pasa por detonar el turismo sostenible y sustentable y regular el alquiler vacacional así como las plataformas estilo Airbnb y hasta cobrar impuestos a los turistas una tasa por estancia que amortice, de alguna forma, el uso de los servicios más básicos por ejemplo el agua, la energía y por su huella ecológica.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales
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