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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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06 Enero 2019 04:03:00
Un buen momento
Hoy es el Día del Personal de Enfermería en nuestro país. En 1931 se conmemoró por vez primera en el Hospital Juárez de México a iniciativa del Dr. José Castro Villagrana. Para el resto del mundo coincide con el natalicio de Florence Nightingale en el mes de mayo.

Con motivo de la celebración, fui invitada a dar una plática al personal del IMSS, dentro del festejo que se les organiza. Elegí hablar sobre los valores de su perfil, y me centré en la compasión, uno de los pilares fundamentales de su quehacer profesional. Dentro de las fuentes consultadas, encontré algunas que en este día me proporcionan material para hablar acerca de la espiritualidad, un tópico, paradójicamente, tan descuidado como necesario en nuestra sociedad.

Desde la época de los grandes filósofos de la Grecia antigua, nació el concepto denominado “ética”. Este partía del pensamiento de que había algo más allá de nosotros mismos, algo que nos contenía como grupo humano y nos llamaba a ser mejores. Que instaba a trabajar todos y cada uno a favor del bienestar del conjunto. Entre los filósofos de aquellos tiempos se desarrollaba una conciencia crítica que normaba el comportamiento humano para conformar esa primera gran disciplina que conocemos como “ética”, entre los siglos 8 y el 5 a.C. Uno de sus grandes maestros fue Sócrates, otro fue Homero a través de sus poemas contenidos en la Ilíada y la Odisea.

Resulta increíble imaginar que hayan transcurrido alrededor de 25 siglos de esos tiempos a los nuestros, en los que el bien común ha formado parte de códigos de comportamiento, leyes y reglamentos, que procuran el bienestar colectivo por encima de todo lo demás. Lo más difícil de entender es que esos conceptos que llaman al desarrollo de una comunidad virtuosa y justa, lejos de pulirse, parecieran ir perdiéndose con el tiempo.

Hoy constituimos una sociedad acostumbrada a que las cosas se den rápido y fácil, somos más bien egoístas. Esto es, no me interesa lo que suceda más allá de mi entorno personal, en la medida en que yo siga obteniendo lo que deseo de manera inmediata. Han quedado muy atrás los tiempos antiguos, dentro de los cuales la paciencia constituía un elemento obligado. Con relación a esas épocas en las que, por lógica, todo tardaba más, esperaríamos que hoy en día el tiempo se aprovechara mejor, pero en realidad no sucede así. Por la tecnología y algunas otras cosas, nos distraemos con facilidad, y los días ya no parecen tener 24 horas sino menos.

Un ejemplo dramático del grado en que los avances tecnológicos nos vuelven menos sensibles, es la contaminación por desechos plásticos. Priva la comodidad por encima de la conciencia, y hasta para un paquete de chicles en la tienda de conveniencia pedimos una bolsa de plástico que, un par de metros más allá de la puerta, termina en el suelo. Así comienza su fatídica jornada de contaminación.

El espíritu, el Todo, el Gran Principio. Dios, Alá, Buda… ese principio absoluto por el que somos y al que vamos, ha ido perdiendo su esencia concienciadora. Tal vez seamos más practicantes de una religión, acudamos con frecuencia al templo, nos ocupemos de orar, o veamos por ayudar a los de nuestra iglesia, y qué bueno. Sin embargo es necesario ampliar ese círculo de compasión a quienes están más allá, a quienes no comulgan con nuestras creencias, a los que, probablemente, actúan de modo opuesto a como quisiéramos, porque no han tenido las mismas oportunidades que nosotros.

Circula un video conmovedor: En alguna provincia oriental se observa dispersa sobre el suelo una media docena de peces recién sacados del agua. Se han formado charcos entre uno y otro de los peces, mismos que boquean con desesperación. Aparece un perro que se ocupa afanosamente de lanzar con su nariz agua de los charcos hacia la cabeza de los peces queriendo salvarlos de morir. Una gran lección sobre compasión que debería ponernos a pensar.




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