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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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02 Abril 2017 04:04:00
Un café cargado… de memoria
Cuando estudiaba primero de secundaria –¡sí, hace ya bastantes ayeres!, 35 para ser exactos–, en una de las clases de inglés que llevábamos revueltos alumnos de los tres grados, según el nivel de manejo del idioma, recuerdo haber leído una leyenda que nos llevó como ejercicio la maestra en turno relacionada con el origen del café.

La leyenda la recordaba casi de memoria, pero para no equivocarme, y a sabiendas de casi todo se encuentra en la red, fui con el señor Google y tardó nada en localizármela, casi exactamente como la recuerdo y con las mismas ilustraciones de aquel viejo ejercicio del lejano 1981. ¿Qué dice la leyenda? Se las transcribo tal como la volví a encontrar aunque, obviamente, traducida a nuestro idioma:

Un día como otro cualquiera, allá por el año 600, un pastor llamado Kaldi salió con sus cabras a la montaña. Los montes eran frondosos, ricos en pastos y llenos del colorido que les daba una enorme variedad de plantas. Kaldi despertó de la siesta porque sus cabras se comportaban de manera extraña: estaban nerviosas, no paraban de saltar y más que balar parecía que se tronchaban de risa.

En resumen, ¡estaban como cabras! Observó a los animales y comprobó que la fiesta empezaba cuando comían unas apetitosas bayas rojas que crecían en racimos en un arbusto.
Cortó una rama de aquella especie de cerezas y se la llevó a un monje sabio de un convento que había en el valle. El sacerdote, tras escuchar la historia que le contó Kaldi, decidió cocinar aquellas frutas carnosas. El resultado fue tan amargo que arrojó con desprecio las ramas al fuego. Pero en ese instante, el agradable olor que desprendieron las semillas al tostarse con las brasas del fogón les hizo pensar que los animales no podían estar equivocados cuando volvían una y otra vez a comer en los arbustos de frutas encarnadas. Así fue como Kaldi y el monje sabio descubrieron que tostando las semillas se podía hacer una infusión rica y estimulante. Al pastor ya nunca le fallaron las fuerzas para, después de desperezarse y preparar una infusión de buna, subir montaña arriba con sus cabras.

¡Llevo más de 100 columnas y no había hablado en ninguna de ellas de algo tan deliciosamente sibarítico como el café! ¿De dónde surgió la idea de por fin hacerlo? Un tanto cuanto de un par de incidentes relacionados con mi trabajo y los compañeros que con ellos convivo; sin dejar de reconocer que el crédito mayor se la debo a la musa inspiradora que andaba despierta ayer desde temprano por culpa de mi reloj biológico, y que en forma generosa me la vino a traer a la mente, supongo para descompensar la desmañanada.

Les cuento la anécdota: antier, un compañero que igualmente gusta de tan deliciosa e imprescindible bebida, mientras trabajábamos juntos se preparó una taza y el olor del mismo se esparció por toda la oficina. Yo no pude evitar acordarme de una frase que leí, por ahí en el sentido de que el olor a café recién hecho debería ser considerado patrimonio de la humanidad, frase con la cual coincido.

Y verlo tomar de manera tan sibarítica su taza me llevó a publicar un tuit que literalmente dice “Las mujeres deben disfrutarse como el café: calientes, a sorbos y despacio”. Bueeeno, no les digo las reacciones para con este su sibarita escribiente. Desde los que simplemente le dieron “Me Gusta” al tuit en comento, pasando por las de quienes asumían que mi comentario era misógino –nada más alejado de la verdad que eso– hasta la de un compadre que lo tomó erróneamente por otro lado y que, dada la deformación que deriva del trato que nos prodigamos, consecuencia de nuestra añeja amistad, vino casi a terminar en una guerra de sarcasmos y albures juntos.

Pero volviendo a tan pródiga bebida que disfrutamos quienes somos amantes del mismo, algunos como pretexto para despertarnos, otros por el simple gusto de gozar su sabor y otros tantos, como yo, que incluyendo los dos anteriores lo procura casi todo el día; reitero mi comentario de párrafos atrás ahora transformado en pregunta: ¿Habrá bebida más sibarítica que el café? No creo, sobre todo por el hecho de ser una bebida legal, no obstante saber el efecto que produce la cafeína.

Pero además el café obra otro tipo de milagros, aparte del señalado, en el sentido de despertarnos. Convoca a los amigos para convivir y platicar; acerca a los mayores en sus nostalgias; convierte a sus hacedoras en chamanas del café cuando lo preparan en distintas formas, desde la más simple, como lo es el café solo y en jarro, hasta el infaltable de olla con piloncillo; enamora aún más a los amantes cuando descubre sus respectivas miradas en los ojos del otro, a partir de una taza de café compartida; genera inspiración para dar vida a poemas enteros o a simples tuits como el elaborado a partir de la anécdota arriba contada.

Y en mi caso, aparte de alegrar mis días de trabajo ayudándome a poner un cierto toque de surrealismo entre mis allegados una vez que disfruto la primer taza de la mañana, también me trae a la memoria a personas entrañables que gozan del mismo y más de una vez compartieron conmigo el placer de vivir en torno a una taza de café. Y para concluir reformulo o amplío la pregunta ¿habrá algo mejor y más sibarítico que mujeres y café mezclados? ¡Tampoco lo creo! Los dejo, voy por una taza de café para comenzar mi día. Café que trae sabor a mi despertar y a mi vida ¡y que también viene cargado de memoria!
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