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Arturo Guerra LC
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09 Abril 2017 03:00:00
Un Jueves Santo
Era Jueves Santo en una parroquia de aquella ciudad. Muy cerca del altar podía ver un jarro plateado lleno de agua. Y un poco más allá, un canasto con toallas muy blancas.

Niños vestidos de blanco pasaron a las gradas del altar, se sentaron y se descalzaron uno de los pies. El sacerdote se detenía ante cada niño y se arrodillaba. El niño ponía su pie en un recipiente… Pies representando todos nuestros pies, estén como estén. Pies que a diario caminan, corren, se cansan, sudan, se lastiman, tropiezan, se llenan de polvo… Pies que nos llevan por los caminos del Señor o que nos alejan si libremente nos lo proponemos.

El sacerdote vertía agua en aquellos pies tan jóvenes y los secaba con una de las toallas… Rodillas y manos consagradas representando cada año las rodillas y las manos del mismo Jesucristo.

En aquel primer Jueves Santo de la historia, en el corazón del Maestro, daba vueltas, tal vez, un viejo recuerdo…

Jesús Niño había pedido permiso a María de ir a jugar por la tarde a casa de uno de sus amiguitos. Como la tarea ya la había terminado, María asintió. Ya en la otra casa, a mitad del juego, escucharon ruidos de alguien que llegaba. Era el papá de su amiguito, que venía de un largo viaje. Enseguida, a gritos, aquel señor exigió la presencia del esclavo:

–Pero, ¿qué esperas? ¿No ves que he llegado? ¿Qué te has creído, haragán?

El esclavo de la casa, nervioso, corriendo lo más posible, no atinaba en sus movimientos; se puso de rodillas y empezó a desatar la sandalia derecha de su señor, que se quejó:

–¡Por Dios, ten más cuidado que me lastimas!

Cuando el esclavo terminó el lavatorio, el señor hizo ademán de darle un puntapié. El esclavo, que tenía buenos reflejos, no sabiendo si aquello iba en serio o si se trataba de una mueca más, se apartó.

Una risotada del señor, y un comentario:

–¡Estos esclavos…! No sé cómo fui capaz de invertir mi dinero en ti, no veo que me esté compensando mucho.

Los ojos de Jesús no parpadeaban contemplando aquella escena… El corazón de aquel niño tan tierno sintió que algo por dentro se le desgarraba.

–Perdón, señor, dijo el esclavo. Y se retiró, olvidando la toalla en el suelo.

–Que no te dejes aquí la toalla, inútil, prosiguió el amo y la lanzó con el pie. La toalla, muy sucia, cayó por accidente muy cerca de donde estaban Jesús y su amiguito. Jesús se agachó, cogió la toalla y se la dio sonriendo al esclavo. Un tímido “gracias” vino del esclavo. Jesús le sonrió todavía más.

El señor de la casa, con otro tono, le dijo a Jesús:

–Deja eso niño, eso es labor de esclavos…

Jesús callaba. Era la primera vez que veía esto, y tal vez no la última. Siempre que veía algo similar, sentía el mismo desgarrón de
corazón…

Se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida.

Desde entonces, ca-da día, aquel Maestro y Señor se agacha, si le damos permiso, a nuestros pies, coge uno entre sus manos, lo lava, lo limpia, lo seca, lo besa y pasa al otro pie, a nuestro corazón y a nuestra alma…

¡Dichosos son sobre los montes los pies del mensajero, que merecieron tal lavador!

Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros…

Tras lavar el pie del último niño, el sacerdote se levantó, se lavó las manos, se volvió a poner la casulla y la Eucaristía se celebró una vez más en aquel rincón del tiempo y del espacio…
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