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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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05 Noviembre 2014 05:11:45
Un millón de mártires
Hace poco más de siete años, ante un grupo de periodistas en la ciudad de Torreón, Diego Fernández de Cevallos daba cátedra de arrogancia intelectual: afirmaba que no le preocupaban los señalamientos y acusaciones en su contra, ya que a la hora de ventilar los asuntos en tribunales nada le podían hacer, “son tontos”, se ufanaba. También esbozaba como la solución a la mayoría de los problemas que agobiaban a los mexicanos (y que sólo se han agudizado en estos siete años) la organización, la participación y la corresponsabilidad de los ciudadanos.

Bueno, pues resulta que “El Jefe” Diego, para muchos un monumento barbudo al tráfico de influencias y la corrupción, para otros tantos ejemplo clarísimo de la clase política mexicana que logra amasar fortunas obscenas gracias al juego de intereses; y para realmente pocos, un hombre muy inteligente que supo jugar con maestría sus cartas en el país de la simulación y la impunidad, dibuja hoy un escenario en donde la pobreza crece y la barbarie avanza.

Pero el punto realmente interesante es que asegura que “los mexicanos sabemos cómo ordenar la vida social, hacerla verdaderamente humana y lograr el desarrollo material y espiritual del pueblo. Lo importante es decidirnos a lograr el cambio…”.

Pues sí, coincide en su esencia con el planteamiento de la inmensa mayoría de quienes intentan encontrar las grandes soluciones a los inmensos problemas que padecemos y que invariablemente colocan en el ciudadano, en su poder de decir basta, de exigir al Gobierno ser proactivo y no reactivo ante la criminalidad –como diría el propio Diego– la clave para que el país empiece a caminar por otro sendero.

Y el argumento es, en términos puros, difícilmente rebatible, ya que en el fondo, por acción u omisión, los pueblos tenemos los gobiernos que merecemos y los entornos sociales que entre todos construimos o permitimos, y es lógico proyectar que si cambia la actitud del ciudadano hacia lo que lo rodea, pues el entorno se modificará… como también es demencial esperar un resultado distinto si siempre se hace exactamente lo mismo.

El tema sería, entonces, ¿qué frena a una sociedad harta de la violencia, de la impunidad, de la corrupción, a emprender el sendero del cambio? Si concedemos que la irritación e indignación son más grandes que la apatía e indolencia ciudadana, son mayores que la falta de solidaridad y subsidiaridad social, entonces quedaría explorar los comentarios aislados de ciudadanos comunes: el miedo.

Van tan sólo dos ejemplos tomados del apartado de comentarios de un par de columnas de los últimos días: “Miedo…eso es lo que tenemos, con un gobierno asesino y una impunidad a más no poder, tenemos miedo de levantar la voz, miedo por los que se quedan o dependen de nosotros…” , dice un ciudadano, y otro afirma que “a veces nos dan ganas de exigir nuestros derechos, pero cuando nos enteramos que los policías matan gente y nadie resuelve esos casos, las ganas se nos pasan…”.

“El Jefe” Diego sentencia que “si la maldad se hallara sólo en políticos y servidores públicos, con encarcelarlos y sustituirlos todo se arreglaría; pero ésta fluye por amplias arterias del cuerpo social. Es pandemia; y no habrá instituciones sanas sin sociedad sana”.

Pues estamos fritos, ya que nuestra sociedad está enferma, muy enferma de miedo, de ese que impide sacar la cara, alzar la voz más allá del anonimato de la protesta multitudinaria, porque sabe, a ciencia cierta que la denuncia y el reclamo la colocan en alto riesgo, en el campo en donde cualquier cosa le puede pasar y eventualmente quedar reducida a un número más en la estadística.

A todos los que indigna e irrita el actual orden de las cosas, frena, sin duda, una condición sobradamente justificada y realista de miedo, ya que para cambiar a este país se necesitaría un millón de mártires, un millón de ciudadanos que al mismo tiempo superaran el miedo y enfrentaran el entorno dispuestos al sacrificio personal o hasta familiar en aras de la construcción de un México distinto.

Tenemos estructuras políticas, económicas y, especialmente, un andamiaje de procuración de justicia podrido hasta la médula, pero no por generación espontánea; fue creciendo, alimentándose de nuestra indolencia, apatía e incluso complicidad hasta convertirse en lo que es hoy, un gigantesco monstruo que nos arrastra a la barbarie.

“El Jefe” Diego daba cátedras de arrogancia intelectual, pero hoy parece pecar de ingenuo. Tal vez en el pasado sabíamos cómo ordenar la vida social, pero hoy nos paraliza el miedo a eso que en mayor o menor medida todos ayudamos a construir, el imperio de la ilegalidad.
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