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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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14 Marzo 2017 04:00:00
Un priista distinto
No todos los priistas son iguales. Afortunadamente hay algunos, unos cuantos, que se distinguen por su trayectoria, su amor a México, pero, sobre todo, por su honestidad. Así era Jesús Silva-Herzog Flores, hijo del reconocido escritor e historiador, don Jesús Silva Herzog (1892-1985), Premio Nacional de Ciencias y Artes y merecedor de la medalla Belisario Domínguez. Autor entre muchas muy leídas obras de La Breve Historia de la Revolución Mexicana, que todos debemos de leer para entender una época muy importante de la historia de nuestro país. ¿Cómo habrán sido las conversaciones entre padre e hijo? Seguramente la mayoría trataban acerca de los retos y avances de México. Sin duda estos intercambios de ideas debieron haber sido sumamente enriquecedores para el joven Silva-Herzog. ¿Quién le iba a decir muchos años después que el ejemplo de su padre se convertiría en una brújula fundamental para su propia trayectoria política? Porque si algo inspiró a su hijo, mientras fue secretario con tres presidentes, fue su amor por México.

¡Ah, cómo sufría el secretario de Hacienda mientras enfrentaba la crisis económica del final de sexenio de López Portillo y parte de la administración de Miguel de la Madrid! No había noticiario en la televisión en que no apareciera subiéndose o bajando de un avión después de múltiples viajes para pedir prestado. “En Hacienda, Silva-Herzog fue el adelantado del Gobierno de De la Madrid. Llegó a ese poderoso ministerio para recoger pedazos de las finanzas públicas y encarar en agosto de 1982 la crisis mexicana ante sus acreedores internacionales. Su diagnóstico fue engañoso, no se sabe si porque un secretario de Hacienda no puede aparecer dominado por el pesimismo o porque su análisis de la situación fue inexacto, pero no se trataba de un problema de caja, como llegó a decir, sino de una crisis estructural en cuya corrección debió participar”, escribió en su momento, Miguel Ángel Granados Chapa.

Imagino que la fuerte personalidad y talento político natural de Silva-Herzog Flores han de haber despertado muchas envidias y “grillas” entre sus congéneres. Pero lo que más les ha de haber perturbado era que, siendo priista, no era como los demás. Esto lo corroboré después de que me invitara a cenar a raíz de un artículo que escribí al imaginar su casa en la época en que fuera candidato por el PRI a la Jefatura de Gobierno. “La casa de Silva-Herzog, la veo del clásico priista que a lo largo de su larguísima trayectoria ha recibido una cantidad de obsequios de todo tipo, además de todos los muebles que pudo haber heredado por parte de su padre. De allí que suponga que las paredes de su gran residencia luzcan muy buena pintura mexicana. Imagino sus baños cubiertos con piso de mármol con un jacuzzi último modelo; muchos teléfonos e interfones por todos lados, pero especialmente, veo una biblioteca espléndida, enorme y muy confortable, etc. etc”.

Lo anterior no correspondía en absoluto a la realidad. Al llegar a su casa lo primero que me dijo Silva-Herzog Flores, con su voz tan característica fue: “Llevo 35 años en esta casa. La compré con un préstamo bancario que me representaba el 50% de mi salario de entonces. Pero en esa época tuve mucha suerte, porque Víctor Urquidi me invitó a dar un seminario, muy bien pagado, en El Colegio de México. Así pude pagarla sin tantos aprietos!. Debo decir que su casa era en efecto muy pequeña; que no ostentaba diplomas ni condecoraciones, ni mucho menos fotografías con personalidades. Por fin llegó la hora de la cena y el exsecretario de Hacienda dijo con humor. “Aquí en esta casa acostumbramos darle a nuestros invitados unas tortas deliciosas que prepara el ‘Jorobadito’ de ‘La Castellana’”. Efectivamente, en dos platones de cerámica, aparecían partidas por la mitad y muy bien colocaditas. Había de jamón con queso; de pierna y de lomo adobado.

Nunca olvidaré esa cena tan amistosa y cálida, pero sobre todo, lo que siempre tendré presente es la lección de vida que Jesús Silva-Herzog Flores me dio: no hay peor hábito que generalizar, aunque se trate de priistas. Sin embargo, es imposible no pensar en los Duarte, los Moreira, los Borge, los Yarrington, los Granier y todos los que se acumulen en esta semana...
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