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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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03 Febrero 2015 05:04:13
Un reto para estos analfabetas…
Sin pretender rendir culto al pesimismo, lo que viene no es menor, por el contrario, puede llegar a ser terrible. Basta sumar uno más uno para que aparezca el dos y entender que el escenario que habremos de enfrentar los mexicanos los próximos meses (si no es que años como pronostica Agustín Cartens), es tres rayitas más arriba que “complicado”. Habría que estar preparado para al menos intentar navegar en lo que bien se puede anticipar como un escenario más que hostil, de severa crisis.

No hay necesidad de darle tantas vueltas al asunto: el recorte al presupuesto del Gobierno federal por 124 mil 300 millones de pesos, anunciado por el secretario de Hacienda el viernes pasado, implica una fuerte disminución en las expectativas de crecimiento para este año, fuga de inversiones en proyectos energéticos, y una contracción del mercado laboral (según coinciden expertos).

Sí, es cierto que se trata de una medida macroeconómica responsable ante el desplome en los precios internacionales del petróleo, pero el lance obligaría a implementar una serie de medidas audaces, realistas, inteligentes y bien articuladas para impedir que la coyuntura le pegue a la economía de la familias y postergue, una vez más, el desarrollo.

Son las crisis las que permiten diferenciar con claridad a los meros administradores de problemas de los que asumen responsabilidades con visión de futuro; son los momentos “complicados” los que permiten atestiguar de qué realmente están hechos los que nos gobiernan… Y aquí aparece como punta de iceberg la arista trágica.

Decía con mucho énfasis el futurólogo estadounidense Alvin Toffler (allá, a mediados de la década de los 80), que los analfabetas del siglo 21 no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender. Bueno, por lo demostrado en los últimos meses, quienes controlan el timón de este barco que da tumbos en aguas embravecidas llamado México, no es más que un grupo de analfabetas funcionales que ni siquiera es capaz de reconocer su condición.

El pasado 24 de enero, “The Economist” publicó un artículo titulado “El lodazal mexicano. Un presidente que no entiende que él no entiende”, en el que cuestiona la postura y respuesta de la administración de Peña Nieto ante la desaparición de los 43 normalistas y del escándalo ligado a las propiedades adquiridas por el presidente, su esposa y el secretario Luis Videgaray. Destacan las frases “la investigación (de los 43 normalistas) parece estar estancada”, “El propio Gobierno está marcado por el escándalo” y “México se merece algo mejor”.

Y ese es precisamente el punto: la arena pública ya no sólo pide sangre y espectáculo, como diría el jefe de la oficina de Presidencia, Aurelio Nuño, sino que agota su paciencia y decanta a pasos agigantados su nivel de tolerancia y permisividad hacia la corrupción e ineptitud de la clase político-gobernante, mientras ésta insiste en aferrarse a la “realidad” que sólo se ve en la burbuja en que permanece encerrada. Combinación explosiva.

Pero queda una esperanza, una posibilidad, aunque remota. El secretario Videgaray (que ya empieza a ganarse la fama de “Chimoltrufia”, que como dice una cosa, dice otra) aseguró que no se aumentarían ni crearían nuevos impuestos y que no se contrataría más deuda pública, la que por cierto se encuentra en un máximo histórico, en los 6 billones 948 mil 276.7 millones de pesos, gracias al hecho de que desde el inicio de la actual administración, se ha contratado con acreedores internos y externos créditos por 2 mil millones de pesos diarios, más o menos.

El anuncio de Videgaray, esta vez debe ser en serio, y no tanto por responsabilidad, por solvencia (moral, política y económica) o por un reconocimiento final de la realidad social (ya que simplemente no aprenden de sus errores... no entienden que no entienden) sino por mero instinto de sobrevivencia; no pueden, no deben permitir que el trance termine sobre la espalda de la ciudadanía, ya que ésta no aguanta tanto lastre y eso es tan evidente, tan generalizado, que ya hasta debe ser perceptible dentro de la burbuja donde viven y se enriquecen estos analfabetas funcionales.
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