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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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17 Diciembre 2017 04:00:00
Un trabajo delicado
¿De qué sirve ganar todo el oro del mundo cuando se pierde la familia? En verdad, conservar la unidad familiar en la actualidad requiere un trabajo fino y delicado.

Durante medio siglo tanto europeos como norteamericanos creyeron que los problemas sociales y la desintegración familiar se solucionarían incrementando el nivel de vida. Pero las estadísticas han demostrado lo contrario: la afluencia económica sin precedente que se mantuvo por más de 50 años ha acelerado el colapso de la calidad de vida en las sociedades industrializadas.

El progreso material no ha podido detener el brutal ascenso en desintegración familiar, criminalidad, embarazos tempranos, y la pulverización de los valores tradicionales.

Japón, ante la ola de suicidios que ha registrado en los últimos tiempos, efectuó una encuesta nacional en la que confirmó que la mayoría de los entrevistados prefería pasar más tiempo con su familia en lugar de trabajar al ritmo de locura acostumbrado, aún a costa de reducir sus ingresos.

La familia sufre cuando su centro está vacío: en la carrera tras el poder y el tener, olvida alimentar su espíritu y trata de llenar el hueco con satisfactores cada vez más sofisticados. Pero no son cosas materiales las que satisfacen el vacío existencial: es el silencio afectivo, indispensable para lograr la comunión entre los miembros de una familia. La vigilancia de superficie de los padres no ven más que los aspectos materiales de las cosas y de los seres, pero existe una vigilancia más profunda: la que descubre, más allá de la piel, los sueños, los anhelos, las cualidades y posibilidades únicas de cada hijo. Y también los temores.

Para sobrevivir en los tiempos de crisis cada familia deberá redactar su propio proyecto de vida: un proyecto que dé espacio a cada miembro a experimentar el silencio afectivo, abierto, libre de resistencia, capaz de escuchar realmente lo que se le desea comunicar. La disposición a escuchar es el primer paso de la verdadera comunicación: la base de una familia feliz.

Es interesante analizar las diversas formas de conversar en las familias. La calidad de vida en el seno familiar va en aumento a medida en que son más frecuentes las conversaciones profundas entre sus miembros. Algunas familias manejan de manera excelente el nivel superficial en el cual se hacen comentarios interesantes, pero sin substancia o trascendencia. Los miembros tienen una mayor información sobre lo que hace cada uno, qué le gusta, a dónde va, pero no son conversaciones afectuosas ni van más allá de la piel.

La comunicación superficial en exceso puede ser dañina. En ocasiones es trivial e irreflexiva al grado de no detenerse, y provocar insultos o sarcasmos, críticas desalmadas que hieren a otros. Algunas familias tienen sólo conversaciones relacionadas con el aspecto social. Comentan costos, experiencias de trabajo o de viajes, compras, inquietudes personales de manera abstracta, en forma fría y calculada, desprovista de sentimiento.

Las familias que han alcanzado una mayor calidad de vida son aquellas que conversan sobre temas jocosos, pero también tienen la capacidad para hablar sin máscaras: son personas que se quieren y comparten sus más íntimas preocupaciones, dudas, temores, anhelos, tristezas y quereres. Se dan permiso de reír y llorar juntos. Y también de experimentar el silencio receptivo para escuchar al otro.

La distracción por el ruido de la tecnología de nuestros días disminuye la receptividad. Sólo cuando no hay distracción se crea un estado de comunión en el que la consciencia se vuelve atenta. La mayor atención es el mayor amor.

El silencio afectivo crea un ambiente propicio para un mejor entendimiento.

Aprende a escuchar y comprender con empatía. El corazón se abre al amor cuando sabe darse en atención, porque el amor es un estado de atención completa.

La dirección de los padres deberá aprender a escuchar con cuidado. Estar ahí para los hijos: ¿Qué nos quieren decir? ¿Qué dificultades experimentan? ¿Por qué no se atreven a confiarnos sus inquietudes o sus temores?
El silencio afectivo muestra su presencia a través de la atención amorosa. La conversación de los padres, acompañada de una lealtad y honestidad tal, que permita el deleite de mostrar al hijo el cariño cara a cara.

¿Para qué esperar a que el hijo esté dormido para ir a besar y acariciar su rostro?

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