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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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04 Marzo 2018 04:00:00
Un vestido nuevo para Eva
Sentada en la banqueta en la intercepción de cuatro caminos, se encontraba una mujer desnuda llamada Eva. La gente pasaba y le arrojaba ropa para que se cubriera, pero ella no la recogía.

Una hermosa señora elegantemente vestida con un traje largo de brocado dorado, cubierto todo con perlas y lentejuelas, al ver a la mujer desnuda, se quita el vestido y se lo regala. Eva le dice: “Está muy pesado. No lo quiero. Si lo usara, tendría que pasármela en el salón de belleza y en el gimnasio cuidando mi figura. Llévatelo.” La mujer elegante se sienta junto a Eva en la banqueta pero no recoge el vestido.

Pasa luego una mujer de vestido gris muy sencillo, más bien feíto, y se lo ofrece: “Te regalo mi vestido, es ligero y no requiere planchado, es ‘wash and wear’.” Le dice Eva, “Entonces ¿por qué pesa tanto?” La mujer de gris le dice: “Soy ama de casa y dedico toda mi vida a cocinar, lavar trastes y ropa, planchar, limpiar, aspirar, lavar baños, cuidar niños, supervisar tareas, llevarlos a la escuela y a sus clases, atender a mi marido…” Eva la interrumpe: “No quiero tu vestido, llévatelo, es muy pesado.” La mujer de gris deja en el suelo el vestido y se sienta junto a la dama elegante.

En ese momento pasa una mujer muy seria en traje sastre azul marino, pelo recogido en la nuca, lentes, y lap-top. Cuando ve a Eva desnuda se quita el traje sastre y se lo regala. “¿Por qué pesa tanto tu traje?” pregunta Eva. “Soy profesionista de tiempo completo y vivo en el mundo estéril de los negocios, no puedo ser bella ni artística, sino calculadora. No puedo tener amistades, solo contactos. No puedo tener una familia, porque me estorbaría. Tampoco puedo cultivar mi espíritu porque el mundo del espíritu debilita el poder de lo material al confrontarlo con la ética y la moral. Así que debo permanecer concentrada en conservar mi poder”. Eva le pregunta, tirando el traje al suelo: “¿Y piensas que yo me pondría algo tan pesado?” La profesionista no lo recoge y se sienta junto a las otras mujeres.

Pasa después una chica en ceñida minifalda roja y escotado suéter. Se quita su atrevida ropa y, al dársela a Eva, esta le pregunta: “¿Por qué pesa tanto si es tan poca?” La chica de rojo le dice: “Vivo angustiada de perder mis atractivos, me la paso mordiéndome las uñas, y como muy poco. Muestro mi cuerpo para que los hombres no dejen de mirarme y no pierdan interés en mí. Pero te juro que hasta este momento, ninguno me ha apreciado realmente, sus ojos solo se posan en mis encantos femeninos y jamás se han interesado en conocer mi alma y mi corazón.” Eva le dice molesta: “No quiero tu ropa, pesa demasiado.” La chica de rojo deja su ropa en el suelo y se sienta en la banqueta.

Todas empiezan a discutir acerca de cuál de los vestidos es el más pesado, cada una asegurando que es el propio. Pasan las horas comentando los motivos y las razones del peso de cada uno y, a punto de entrar en pleito por ello, la mujer de gris propone tomar lo mejor de cada vestido y hacerse un vestido nuevo.

Mientras corta un pedazo de su traje, la mujer profesionista lo entrega a la dama elegante y le dice: “Yo te enseñaré a ser organizada y a administrar tu presupuesto de tal manera que vivas bien y además, puedas invertir tus ahorros”. La dama elegante corresponde con una parte de su vestido bordado y le dice que le enseñará a cuidar su cabello, su rostro y su figura para que sea hermosa. “Enséñenme a mí también”, les dice la mujer de gris, “Y yo les enseñaré a disfrutar el mundo del espíritu, la generosidad, la paciencia, la ternura y el amor”. Se acerca la chica de rojo y les dice: “Yo también quiero aprender eso que dicen, y cortaré mi escasa ropa en pedacitos para compartir mi entusiasmo, mi espontaneidad y mi alegría de vivir”.

Durante muchas horas cortaron y confeccionaron nuevos vestidos con la ropa que se habían quitado. Cada vestido resultó único, y cada uno tenía una parte de los demás. Esa noche, mientras reían y trabajaban juntas, comprendieron el sentido de la solidaridad.

Eva, muy satisfecha, se fue a sentar en la siguiente esquina. Desnuda. Para volver a empezar.

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