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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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07 Marzo 2017 04:00:00
¡¡¡Una niña!!!
Hoy, hace 40 años, me dieron una de las mejores noticias que jamás haya recibido en toda mi vida: “Felicidades, ¡es niña!”, me anunció en Dr. Felipe Castro con una amplia sonrisa. No lo podía creer, una niña después de dos varones, más colmada no podía sentirme. Ayer, mientras comíamos en casa con sus dos pequeñas hijas para celebrar su pre-cumpleaños, la observaba con detenimiento. Sin ni una gota de maquillaje, peinada con un chongo ligeramente suelto y vestida con un suéter y leggins negros, más que una mujer a punto de cumplir cuatro décadas, me parecía una joven no mayor de 30 años. Siempre he admirado en Lolita, su absoluta sencillez y buen gusto para vestirse. Lo que más me gusta de ella es que no se parece nada a su madre y menos a su abuela materna. Me gusta que no sea frívola, que tenga sus propias convicciones políticas, aunque sean mucho más radicales que las mías, y que exprese con toda honestidad sus puntos de vista en las redes sociales, las cuales sigue, desde su celular, las 24 horas del día. A veces esta sinceridad le provoca problemas entre sus seguidores, muchos de ellos la encuentran demasiado crítica del sistema. Durante las elecciones de Estados Unidos, criticaba mucho la campaña de Hillary Clinton, y por lo mismo auguraba que ganaría Trump, esto lo decía sin la menor duda, su candidato era Sanders. Lo que también me gusta de Lolita es que sea una lectora curiosa, que se devore los libros de Houellebecq (su autor predilecto), que le guste la pintura de Jackson Pollock, la música de Natalia Lafourcade y que sea tan amante de las plantas, especialmente de las orquídeas.

A Lolita nadie la apantalla, las relaciones sociales la tienen sin cuidado y lo que más le importa en la vida son sus dos hijas. Convencidísima de las propiedades de la leche materna a ambas les dio el pecho por más de dos años. No le importaba ni la hora, ni el lugar, ni tampoco el tiempo que le dedicaba. Les organiza las fiestas de cumpleaños más alegres y originales de todo Valle de Bravo donde vive desde hace nueve años. Dos semanas antes de su respectiva fiesta, ella misma dibuja y distribuye las invitaciones temáticas (un año, el tema son las hadas, otro, unicornios o bien, colibríes) entre sus compañeritos del colegio.

A pesar de que la vida quiso que Lolita naciera con cucharita de plata, es todo menos la típica niña-bien. En su casa, ella lleva a las niñas a la escuela, plancha, lava y cocina como una verdadera “cordon bleu”, no en balde sus hijas nacieron siendo “gourmandes”. Pero lo que a ella más la apasiona es hacer jardines, junto con Carlos su marido. Como una paisajista profesional, dibuja los planos, las jardineras y dónde deben encontrarse estratégicamente las diferentes clases de cactus, plantas en las que es especialista. Además de los jardines, esta vallesana apasionada tiene una pequeña tienda llamada “Colibrí”, en la calle de Salitre, en donde vende artesanías, accesorios, gallinitas de vidrio de Puebla, sombreros de la marca La Maldita Envidia, cactus, orquídeas y las bolsas más bonitas importadas desde Italia.

Siempre he pensado que Lolita es mucho más feminista que yo (estoy segura que mañana festejará el Día de la Mujer con conciencia y a su manera). Probablemente se debe a que pertenece a otra generación más informada, pero sobre todo, mucho más libre que la de su madre. Como ex alumna del Liceo Franco Mexicano y licenciada en Comunicación, tiende a ser pragmática y con un instinto de conservación muy llamativo. En otras palabras, no se ahoga en un vaso de agua. Más bien se lo bebe despacito antes de tomar cualquier decisión. Dicho lo anterior y como a cualquier ser humano, se diría que a veces se le atraviesa la vida. Cuando me anuncia por teléfono: “Hoy no vendí nada. Valle está muerto”, entonces tengo ganas de correr hasta su tienda y comprarle toda su mercancía sin descuento (confieso que soy yo una de sus mejores clientas). Hay ocasiones, sin embargo, en las que vende dos sombreros, tres bolsas y cinco “gotitas” de vidrio con su pequeño cactus. Entonces se pone feliz, corre a su casa y cocina para su familia las pastas más suculentas, rociadas con salsa blanca y morillas.

Hoy, hace 40 años me dieron la mejor noticia de mi vida, la llegada al mundo de una niña que con el tiempo, su inteligencia y sensibilidad, supo hacerse mujer. Mañana la felicitaré doblemente.
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