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Vicente Bello
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14 Julio 2018 04:00:00
Una nueva Ley Orgánica del Congreso, tema ineludible
El 31 de agosto de 1999, en un periodo extraordinario, el Congreso de la Unión aprobó una reforma a la Ley Orgánica del Congreso General, cuya modificación no se hacía desde 1933. Pues ahora, con la derrota del PRI y PAN, una nueva reforma a la ley de marras debería estar en puerta si realmente los que llegan al poder sostienen que necesita la República un robustecimiento importante del Poder Legislativo mexicano.

En 1933, uno de los cambios importantes que hizo el Partido precursor del PRI, consistió en quitar a los diputados y senadores la facultad de reelección. Esto, con el propósito de que el partido incipiente de entonces, que había fundado en 1927 Plutarco Elías Calles, se fortaleciera mediante la disciplina que provocaría en los legisladores hacia el partido y, por ende, hacia el mandamás del partido, el presidente de la República en turno. O mejor dicho aún, del expresidente Calles, que para entonces andaba su maximato en plena boga.

Aquella reforma la había prohijado, precisamente, el sonorense Elías Calles. Y fue el comienzo de la Era del PRI hegemónico. Diputados y senadores solo lo eran si se portaban bien con sus jefes y si eran obedientes y contribuían con el apuntalamiento de un sistema político que abominaba de la fortaleza de la gente, del pueblo.

Ningún aspirante a legislador podía serlo con la ayuda de los electores, porque simple y sencillamente no llegaban a candidatos si la jerarquía del partido no lo permitía. Pero además el sistema político controlaba absolutamente a los electores, mediante el patrimonialismo y con ayuda de los caciques de horca y cuchillo que pululaban por todo el territorio nacional.

Hoy en día, por cierto, todavía hay infortunadas reminiscencias de éstos últimos en algunos pueblos del país, adonde el PRI todavía pudo ganar presidencias municipales con ayuda de desventurados instrumentos de control político y social como lo es Antorcha Campesina.

Pasaban los años. Una que otra reforma ocurría en la Ley Orgánica,
fundamentalmente en los reglamentos de los diputados y de los senadores. La práctica parlamentaria se había convertido en ley no escrita y era el sitio donde se expresaban los acuerdos de la cúpula del PRI, anidada en la figura de gobierno conocida durante muchos años como la Gran Comisión, y adonde no cabían más que puros priístas.

En 1997, cuando el PRI perdió por primera vez en toda su historia la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, el país se asomaba por primera vez en territorios inéditos de la democracia en México.

PRD y PAN sostuvieron un acuerdo de unidad opositora al PRI durante un año, y pudo entrar a la atmósfera legislativa mexicana un aire oxigenante que, sin embargo, no duró más allá de ese lapso, porque el PRI consiguió reanudar el vergonzoso amasiato con el PAN que venían ambos sosteniendo desde 1988, cuando Diego Fernández de Cevallos –por cierto, enmudecido a más no poder desde el pasado 1 de julio- maniobró desde la Cámara de Diputados para que ésta reconociera a Salinas, quien ya no podrá quitarse el sello de ladrón de la presidencia de la República.

A lo más que consiguió la oposición de entonces fue reformar la Ley Orgánica del Congreso. Pablo Gómez estaba allí, Porfirio Muñoz Ledo también, por el lado opositor. Y junto con algunos panistas como Carlos Medina y Juan José Rodríguez Prats jalaron hacia las modificaciones –al final del día, muy acotadas por el PRI- de una ley orgánica que hoy, a 19 años, permanece con la esperanza en el futuro, de que pueda ser corregida y aumentada.

Lo interesante del asunto es que muchos de aquellos diputados que fueron mayoriteados por el PRI y PAN para conseguir, en 1999, una reforma sin muchos dientes, ahora regresarán a la Cámara de Diputados llenos de un vigor inédito provisto por millones de votos. Millones de votos producto de una participación de los electores que no se había visto nunca antes en el país.

Y qué cosas del destino, para desgracia del PRI y del PAN. Ahora nada menos han llegado a la Cámara de Diputados dos de aquellos diputados de la 57 Legislatura de peso pesado que entonces mayoritearon: Pablo Gómez Álvarez y Porfirio Muñoz Ledo, por el lado de Morena.

¿Alguno de estos dos terminaría siendo el líder parlamentario del ahora nuevo partido en el poder? Ambos tienen una consistencia política y personal a toda prueba. Pero ellos, los de Morena, lo decidirán en cosa de días.

Entre tanto, en el Senado, el legislador que coordinará la bancada de Morena será nada menos que Ricardo Monreal Ávila, quien en aquella 57 Legislatura era diputado del PRI, subordinado al entonces coordinador de la borregada priísta Arturo Núñez Jiménez, actualmente gobernador saliente de Tabasco.

En la reforma de 1999, la Ley Orgánica mandataba que en la Cámara de Diputados no debería haber más de 27 comisiones ordinarias, de 63 que había previo a la reforma de marras. Y en el Senado, no más de 34, de casi 70 que tenía.

No lograron sostener el número, por la repartición de cuotas en espacios políticos de los partidos políticos, que jalonearon hasta que la ley se hizo holgada a su conveniencia. Sobre todo del PRI y PAN, que así se repartían comisiones mediante la ampliación de su número. Y presupuestos de las comisiones, siempre en el terreno discrecional a la hora de ejercer los recursos.

Una nueva ley orgánica es un tema obligadísimo, del cual deberían ya comenzar a debatir los que han llegado.
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