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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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02 Septiembre 2018 04:00:00
Una partida de ajedrez en el mercado
Sentada sobre un montón de cartones de huevo vacíos y atados con mecates, una niña de cabello largo y negro reta a su amigo a un duelo de ajedrez. Aquel, imitando al famoso pensador, sostiene su cabeza sobre la palma de su mano, mientras observa, con calma, la posición sobre el tablero… lleva la ventaja, parece que no resta mucho para que el juego termine.

A su lado, tres amigos se entretienen con el idilio de las jugadas. Sonríen felices, al parecer, entretenidos con la inminente muerte de la niña. Tal vez esperan su turno para retar, sentados sobre una silla vieja u otro cúmulo de cartones de desecho… otro, de pie, disfrutando la panorámica de la muerte.

Estos cinco infantes pasan por alto el lente de la cámara que congela su felicidad. Y también hacen caso omiso al escenario que los rodea: hules viejos en el piso, señoras con mandiles, letreros que anuncian al transeúnte “Aproveche 16.00 el tomate”, “15 el plátano”, “Pura calidad”.

La imagen de estos niños jugando al ajedrez en un mercado de la Ciudad de México se viralizó durante la semana. ¿Qué hay de sorprendente en ver a cinco infantes jugar?

Estamos tan mal acostumbrados a ver que un hecho simple parece magnífico. Lo tradicional es encontrar niños pegados a un celular o tableta. O jugando cosas más sencillas como futbol, donde la necesidad de pensar sea casi insignificante. Pero sobre todo: no estamos acostumbrados a ver a los niños pobres.

Terminamos romantizando la idea de “un niño que trabaja para salir adelante”, “una niña que ayuda a su mamá en el mercado”, la pobreza y la cultura del esfuerzo porque somos incapaces de ver la desigualdad: de cuestionarnos qué hacen esos niños, sentados sobre cartones y apoyando su tablerito de madera sobre un cajón de plástico.

El ajedrez es un juego tan noble que se abre con las mismas posibilidades para ricos, pobres, niños, adultos y ancianos. No hay distinción de género o clase social. Si escarbamos en las noticias ajedrecísticas nos encontraremos con la grata sorpresa de niñas y niños marginados que consiguieron una mejor posibilidad de vida gracias a sus aptitudes ajedrecísticas.

Ojalá estos pequeños tengan las mismas posibilidades para explotar su talento y que pronto los veamos conquistando campeonatos y sonriendo desde lo alto del pódium… pero para que eso suceda, primero hay que accionar la maquinaria que les permita tener educación de calidad, oportunidades para desarrollar su talento y entrenadores que les ayuden a potenciar sus habilidades.

El camino para reducir la desigualdad es a través del deporte, la educación y la cultura. Estos niños ya dieron el primer paso, ¿cómo les responderá la sociedad?.
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