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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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03 Marzo 2019 04:00:00
Una Yalitza
Hoy todos hablan maravillas de Yalitza Aparicio y de su papel de Cleo, la trabajadora doméstica en la multipremiada película Roma. Alaban su belleza, hablan pestes del racismo y aplauden que las más sofisticadas revistas de modas le dediquen sus portadas, y los modistos del mayor prestigioso —y también los más caros— la hagan lucir sus creaciones.

Cuando un actor considerado de segunda se atreve a insultarla en una reunión privada, llamándola “pinche india”, periodistas y redes sociales lo tunden de lo lindo, mientras miles, posiblemente millones de mexicanos, se sintieron desilusionados de la larguísima y soporífera transmisión de la ceremonia de los Oscar por no escuchar su nombre al citarse el premio a la Mejor Actriz.

En fin, a raíz de los éxitos y de la indudable calidad de Roma, la obra de Alfonso Cuarón despertó, al menos de dientes para afuera, una admirativa y hasta amorosa yalitzomanía que inunda cual marea los medios informativos y las redes sociales.

Eso está muy bien, opina una queridísima amiga de este escribidor, a quien llamaremos Soledad por no estar autorizado a revelar su nombre. Es de alegrarse, dice Soledad, del triunfo de la novel actriz oaxaqueña. Sin embargo, agrega, ya nadie, excepto yo, recuerda cómo se burlaban de mí mis compañeros de escuela porque mi madre era trabajadora doméstica o sirvienta, como le llamaban despectivamente para zaherirme.

Tengo el honor de conocer a la señora madre de Soledad, mujer tan morena o más que Yalitza. Luchadora si las hay, imbatible, se ha partido el lomo decenas de años limpiando casas ajenas para sostener ella sola a sus dos hijas, ambas exitosas: una doctora en Medicina y la otra con dos títulos universitarios.

Soledad considera que esta yalitzomanía es solamente producto del esnobismo seudointelectual de admiradores de Roma y de su talentoso director. Pero, ¿en verdad Yalitza Aparicio ha tenido la gran virtud de, ya no digamos de acabar, sino al menos bajarle un par de rayitas al odioso racismo padecido por muchos mexicanos?

Es de dudarse. La aceptación de la imagen de Yalitza en la pantalla o en las portadas y reportajes de revistas impresas a todo color es una cosa; la vida real, otra. En las revistas del corazón, como las llaman los españoles, e igual en los suplementos sociales de los periódicos mexicanos abundan hasta la saciedad fotografías “de gente bonita”. (Bonita según los cánones de belleza al uso; piel blanca, ojos claros, si es posible, y cabelleras rubias rojizas, sin importar que sean naturales o producto de la química).

Muy contadas personas morenas se cuelan en las galerías fotográficas de tales publicaciones. ¿Resabios del trauma de la conquista, como diría Octavio Paz? Quizás. Lo cierto es que prevalece con distintos sustantivos el antiguo y odioso cliché del conquistador blanco, apuesto y barbado, y el del conquistado moreno y obligatoriamente pobre, feo y sumiso.

En el porfiriato la división era entre la “gente de razón” y la “plebe”. Ahora es entre la “gente nice” y los “nacos”. Lo cierto es que, para desgracia nuestra, prevalecen los sentimientos de supuestas superioridades raciales. Supuestas, porque en realidad los mexicanos somos producto de mezclas en las que intervinieron gentes de todos colores, incluso abuelos africanos culpables del rizado del cabello a algunas rubias que andan por allí, a las que de pasada les abultaron la parte posterior.

Por desgracia, una Yalitza no hace verano.
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