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Juan Latapí
Juan Latapí
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06 Agosto 2017 03:10:00
Valiendo
SIEMPRE HA RESULTADO MÁS FÁCIL y cómodo ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Así, sin pensarlo dos veces, buscamos culpables para cargarles los males que nos aquejan.

LA INSEGURIDAD, la escandalosa corrupción, la impunidad imparable y la desigualdad infrenable se las atribuimos al gobierno y decimos que vivimos en un Estado fallido. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que ese gobierno fallido tan sólo es el reflejo de una sociedad fallida e indiferente en la que no ha sabido ser un contrapeso ante el abuso, la ineptitud y la voracidad. Y lo que es peor, apática.

NO HAN BASTADO los 23,953 asesinatos de 2016 para despertar nuestra indignación ante la inseguridad, nos conformamos con las cifras alegres y las posverdades oficialistas. Tampoco nos inconformamos cuando el actual gobierno presume haber creado casi 3 millones de nuevos empleos durante los últimos cuatro años y medio, pero no nos indignamos cuando su mismo Secretario de Trabajo aclara que anualmente sólo se han creado 400 mil de los 800 mil empleos que se requieren generar al año. Tampoco nos indignamos cuando dichos empleos en su mayoría son remunerados apenas con dos salarios mínimos.

HEMOS PERDIDO NUESTRA capacidad de indignación frente a la desigualdad que ha provocado que el 46 por ciento de la población viva en la pobreza, mientras que el uno por ciento de la población posee el 43 por ciento de la riqueza de México, y el 10 por ciento apenas sobrevive con el 1.2 por ciento de la riqueza del país. Pero eso sí, en las revistas de sociales vemos a mirreyes y ladies presumiendo sus viajes y paseos por exóticos y exclusivos parajes al otro lado del mundo. O cómo el hijo del Secretario del Sindicato Petrolero se pasea en un Ferrari dorado. ¿Dónde está la indignación?

SOMOS UNA SOCIEDAD fallida cuya capacidad de indignación y asombro están en la lona. En la que ya nadie se sorprende cuando a diario nos enteramos a través de los medios de comunicación cómo van aumentando los suicidios, principalmente entre las generaciones más jóvenes.

SOMOS UNA SOCIEDAD fallida que permanece indiferente ante estos suicidios, que no se sorprende al ver cómo Coahuila ocupa el segundo lugar a nivel nacional y que año con año aumenta, según el INEGI; donde, en 2015, hubo 166 suicidios, en 2017 aumentó a 186 y en lo que va del año –hasta el mes de mes de junio- iban 117 suicidios. De seguir esa tendencia tendremos más de 220 al concluir este año.

DE ACUERDO UN ARTÍCULO publicado esta semana en la revista Nexos, México alcanzó un máximo histórico de suicidios, en el que, de 1990 a 2015, se suicidaron en México 104 mil personas, 83 por ciento de ellas fueron hombres, y de éstos, 72 por ciento tenían menos de 44 años. Es decir, casi 62 mil hombres jóvenes se suicidaron en 26 años. En promedio, en la década de los 90 se suicidaron 2,731 personas al año; en el sexenio de Fox 3,985; en el de Calderón, 5,091; y en los tres primeros años del sexenio de Peña, 6,224. Entre 1990 y 2015 la tasa de suicidios se duplicó en México al pasar de 2.4 por cada 100 mil habitantes a 5.4, destacando el crecimiento entre hombre menores de 44 años.

MÁS DEL 81 por ciento de los suicidios de jóvenes en 2015 fueron por ahorcamiento o asfixia; sin embargo, esta tendencia es reciente. En 1990 únicamente el 46 por ciento de los suicidios eran cometidos de esa manera. A medida que los suicidios por ahorcamiento se han vuelto más populares entre los hombres, los llevados a cabo con arma de fuego han disminuido. En 1990 el 28 por ciento de los suicidas se mataba con un balazo; en cambio, en 2015 este porcentaje se redujo a 9 por ciento.

ASÍ MISMO, la manera en la que los hombres y las mujeres se suicidan son diferentes. En 2015, 91 por ciento de los hombres se suicidaron usando armas de fuego o ahorcándose. En cambio, para las mujeres el veneno ha sido un método mucho más recurrido.

EL AUMENTO de los suicidios es tan sólo uno de los efectos de una sociedad fallida cada vez más injusta, opresiva y deshumanizada, en la que prácticamente nadie cuestiona los problemas que la someten, en la que los intereses individuales prevalecen sobre las cuestiones comunitarias. Por eso, si somos una sociedad fallida ¿por qué nos quejamos y asombramos que vivimos en un Estado fallido?

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