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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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16 Julio 2017 04:00:00
Vamos a echarnos un palíndromo
Como he dicho hasta el cansancio en este espacio, el haber tenido como padres a un par de maestros ha sido algo extraordinario y maravilloso para la formación personal y particularmente intelectual, no sólo de un servidor, sino de mis propias hermanas y, de un tiempo a la fecha, de mis hijos y de mi único sobrino. Doña Dora Alicia y don Everardo han llevado la cátedra a todos los momentos de nuestras vidas, supongo yo que de manera inconsciente, y desde que amanecía, amanece el día, hasta que caía, cae la noche, platicaban y platican temas no sólo de las materias que impartían, sino de infinidad de tópicos, de tal modo que en casa el aprendizaje no era una opción; sino que es y sigue siendo LA opción, sí, así con mayúscula, puesto que en cada plática, incluso a la fecha, el conocimiento está implícito en todos y cada uno de los diálogos que como familia establecemos, y no sólo me refiero a los de carácter verbal.

Y en ese aprendizaje constante algo que ambos padres procuraron desde nuestra primera infancia eran los juegos mentales o acertijos que cada uno abordaba desde sus respectivas trincheras: la matemática, en el caso de mi madre, y la del lenguaje, en el caso de mi padre. Por ello la formación (¿o debería decir deformación?) de cada uno de los tres hijos que procrearon ha sido multifuncional y, para bien o para mal, nos ha permitido ver cosas que el común de las personas a veces no logra distinguir. Y un ejemplo de ello es el hecho, en el caso particular mío, de que todo lo relacionado con el lenguaje que ha tendido a fascinarme y me ha obligado por propia voluntad a adentrarme en su estudio. Sobre todo aquello que tiene que ver con los juegos de palabras, como, por ejemplo, el retruécano o albur y la capicúa o palíndromo. (De hecho, el segundo se presta para el primero, si usamos la frase “vamos a echarnos un palíndromo” como título de la presente entrega).

De los retruécanos hablaré en otro momento, aunque he hecho uso de ellos en innumerables ocasiones; y hoy quise hablarles de los palíndromos, mismos que de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española sus raíces etimológicas se sustentan en el griego clásico y su significado se refiere a aquellas palabras o frases cuyas letras están dispuestas de tal manera que resulta la misma leída de izquierda a derecha, que de derecha a izquierda: anilina o radar, por ejemplo, en el caso de nuestro idioma.

De hecho, uno de los primeros palíndromos que escuché y aprendí de mi padre fue el clásico “dábale arroz a la zorra el abad”. Después, ya más grande, me dediqué a buscar libros sobre dicho tema, y tristemente para mi sorpresa había pocos, y menos de los que te dijeran cómo hacer para escribirlos. Sin embargo, desde el boom del internet este acercó a quienes de algún modo estaban, estábamos, interesados en dichos juegos de palabras al grado de que, hace no mucho, el mismo Joan Manuel Serrat produjo un disco referenciado a ellos, y ya con la llegada de las redes sociales tal ejercicio se hizo común al grado de que en mi cuenta de Twitter cuento con un par de palíndromistas extraordinarios como lo son Merlina Acevedo y José Limón.

Y la pregunta obligada ¿qué tipo de intelecto anida en el cerebro de quienes tienen la habilidad y el don de escribir palíndromos? ¿Cómo hacen para lograr tal pulcritud en el manejo del lenguaje que sean capaces de escribir frases coherentes en ambos sentidos de lectura? Supongo, como todo lo que se produce en términos de literatura que tiene que ver con la SIEMPRE necesaria afición a la lectura y práctica, MUUUCHA práctica. ¡Vaya! Pero ¿qué les hace ver el mundo, las cosas que los componen y las palabras que atienden a su definición desde dos perspectivas? ¿Qué les hace ver la vida misma al derecho y al revés sin que exista necesariamente tal derecho y tal revés? ¿O será que precisamente por ver la vida en ambos sentidos la disfrutan en dos vías, y nos permiten a quienes somos simples mortales saborear una probadita de tal lectura de todo lo que nos rodea en un viaje con boleto doble? En fin, es verdad de perogrullo el que dichas respuestas sólo las pueden dar quienes a ellos se dedican como los que acabo de mencionar.

Dejándoles a continuación una pequeña muestra de las habilidades, primero, de mi buen tocayo José –a pesar de que sea obligado el “primero las damas”–, no por otra cosa, sino por el hecho de que en el caso de Merlina, lo que ponga a su consideración, mis sibaríticos lectores, lo quiero hacer desde el análisis del libro por ella publicado, que recién pude conseguir. (Y, tocayito, si tú también ya tienes texto y llegas a leer la presente columna, házmelo saber y por favor dime cómo conseguirlo).

Acá la receta usará su ate, cera, laca…

Se rece: Acá sí es raro morir o morar seis acaeceres.

Sano, el ramo tomó como tomar leonas.

Anúlalo. –¿Los lee el sol o la luna?

O dinos O di tal O gima. Eco no conoce amigo, latido, sonido…

– Ay!– ¿Y ahí hay ya?

Ojera, pa’la jeta, ya te ‘jala parejo’.

Y los hay de todo tipo, como los dos siguientes, bastante sugestivos, por cierto…

A ti: Su marrano recoveco gocé. Vocero narra... musita.

A mi gélida dile: ¡Gima!

También referenciados a algo tan esencial en mí como lo es la música:

Para tener culo no lucre neta. Rap.

O si me roe reaparece rap aéreo, remiso.

Si sé tal: El asno lama Maluma, mula mamalón... ¿Sale la tesis?

Por cierto, las cuentas de Twitter de ambos, son: @MerlinaAcevedo y @limonhero. ¡Disfruten cada palíndomo que se echen!
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