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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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03 Junio 2017 04:03:00
Veneno para el alma
Lo contrario a la vida no es la muerte, sino la indiferencia. Elie Wiesel

Sólo dos circunstancias pueden llevar al ser humano a perder el sentido de vida: el dolor emocional y la indiferencia. Para protegernos del primero es que recurrimos a la segunda. Pero, desafortunadamente, el resultado es el mismo.

Veamos a la indiferencia más allá de una simple falta de inclinación hacia algo, indispensable para una observación neutral y por tanto una visión objetiva. Llevémosla al terreno de los mecanismos de defensa que se convierten en las patologías que están acabando con el mundo.

Ninguna patología es personal, todas afectan como mínimo a la familia. Mientras más poder tenga una persona, más peligrosa y extensa en su impacto es su patología. En el caso que nos ocupa, la indiferencia, se trata de la pandemia más letal que existe. Es la que permite las guerras, la injusticia, el ecocidio, el abuso y la crueldad.

A diferencia de las otras, no está basada en una emoción o un sentimiento, sino en su ausencia. Como mecanismo de defensa, siempre corre el grandísimo riesgo de convertirse en un sistema de vida fuera de todo sentido de la existencia, pues carece de lo que nos da la categoría de criaturas vivas: sentir.

Ya el filósofo Epicuro, 300 años antes del nacimiento de Cristo, la consideraba como el gran mal de la humanidad. La insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno no es nueva. Recientemente el papa Francisco dijo: “Una vez más debemos repetir el nombre de la enfermedad que hoy nos hace tanto mal en el mundo: la globalización de la indiferencia”.

La indiferencia envenena al alma, paralizándola y dejándola impotente ante la negación de la vida. El resultado no puede ser otro que una personalidad disociada, a la que nada le viene bien, sin empatía, vocación, gratitud, aprecio por sí mismo o por otros, guiada sólo por el egoísmo, por un “más allá de lo que me apetece nada me importa”.

La indiferencia puede ir desde una insensibilidad ante el maltrato a seres indefensos, niños o animales, conductas antisociales como tirar basura, malos gobiernos, obligaciones ciudadanas como votar, miseria de personas en situación de calle, hasta un adormecimiento generalizado de los sentidos, que nos deja vacíos y nos convierte en psicópatas o sociópatas.

Quien es indiferente no actúa, presencia todo lo bueno y todo lo malo con el mismo talante, no sabe ni le importa. Lo mismo le da una persona que otra, un quehacer que otro. Su mirada está puesta sólo en aquello que desea evitar: el dolor.

Como mal social, la indiferencia surge también como una reacción a la complejidad de la vida, que mientras más moderna, más indigerible, más confusa, más difícil, más amenazante. Pero ya sea individual o colectivamente, la indiferencia proviene en todo caso de la ilusión de autosuficiencia, de pensar que no necesitamos más que a un círculo cerrado de personas para sobrevivir y aún para vivir satisfactoriamente. No hay conciencia de cuán importante es que coma bien un niño indígena o africano para que todo el planeta esté bien, que tratemos con respeto a los animales y las plantas para que la tierra sea un lugar digno dónde vivir, que tendamos la mano a un desconocido en apuros para que nuestra vida cobre sentido.

Para identificarla piense siempre en insensibilidad, en las personas que están tan ocupadas en sí mismas que los otros sólo importan si los benefician; o en aquellas que aparentemente sufren más que todos los demás; en las que no saben lo que sienten por usted, o en las que reciben como si el que da estuviera obligado.

Piense en las personas vacías, frívolas, competitivas; en las déspotas o mentirosas; incluso en las que se etiquetan de honestas y sinceras como justificación para actuar o decir sin consideración por los demás.

Piense en la indiferencia como algo peor que la maldad.
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