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Dalia Reyes
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31 Julio 2018 04:00:00
Ver para querer
El título de este artículo tiene muchas variaciones: de la vista nace el amor, nadie ama lo que no conoce, el límite de mi lenguaje es el límite de mi mundo.

A propósito de ello, aquí mismo hablaré de ese amor que nace cuando se conoce un mundo ilimitado.

Soñar con la grandeza un niño de hace tres décadas años era una carrera cuya meta se establecía en eventuales glorias: ir a una fiesta con ropa decente, tener en casa el aparato capaz de reproducir un disco preferido, ir a la playa, comprar esa mantequilla norteamericana y espumosa envasada en recipientes plásticos coloridos. Lo referente a la escuela, en mi caso, se cernía a estudiar Química en la universidad; como no había recursos suficientes, dejé mi sueño para otra vida.

Ahora lo sé: tenía otras opciones, tales como prepararme para enseñar Ciencias en una Escuela Normal, buscar becas en escuelas privadas o en instancias públicas, pero 30 años atrás mi profunda ignorancia no solo estaba en los conocimientos de los cuales carecía, sino en el desconocimiento de lugares, oportunidades y caminos. Debo suponer que los cercanos a mí eran igualmente ignorantes, pues nadie me hizo saber en su momento hacia otras rutas a donde podía mirar.

Esa ignorancia mía era una característica generalizada entre niños y jóvenes de mi estrato social. Conocíamos poco, aspirábamos a poco, es una ecuación con suficiente lógica para entender por qué se repiten patrones o se limitan futuros. Si por un lado esta situación fue lamentable, también se convirtió en un mecanismo de defensa, pues no tenía sentido ambicionar objetos, lugares o posiciones a las que era casi imposible acceder si se considera nuestro estatus de pobreza en aquel tiempo.

Los abuelos de hoy se sorprenden sobre los modos de vida entre sus nietos, muchachos en apariencia desentendidos del mundo y con una vida más fácil que la nuestra. En realidad, los adolescentes enfrentan hoy realidades difíciles, menos visibles pero más violentas, menos físicas y más sicológicas. Ellos ahora están bombardeados con la existencia de sitios, objetos, eventos, personas deseables, peor inalcanzables, y eso los lleva a la frustración.

Si los niños de antes sobrevivimos con felicidad a la pobreza fue en mucho por esa ignorancia salvadora; hoy el diablo tienta a los muchachos un día sí y el otro también. Tal vez no los vemos trabajar en la calle como hicimos nosotros, pero están librando una batalla interna de la cual no siempre resultan bien librados.

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