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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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03 Febrero 2018 04:00:00
Verdugos y víctimas
De ejemplo el añejo episodio: un militar cae abatido a balazos por un delincuente, que cae abatido a balazos por un militar vengador. Mis valedores, ¿quién es la víctima, quién es el verdugo?

Los agentes del crimen, los miembros del Ejército y los derechos humanos. ¿En funciones de policía y en su lucha contra los criminales, perpetra el Ejército violaciones a los derechos humanos y las garantías individuales? De ser este el caso, ¿quién es, en última instancia y conforme a la escala jerárquica, el responsable de semejante situación? Siendo el Ejército una de las últimas instituciones que en este país habían logrado conservar honor y dignidad, ¿a quién corresponde la responsabilidad de haber desnaturalizado a la institución castrense y haberla orillado a arriesgar honor y prestigio? ¿A quién?

Fue en marzo del 2007 cuando enredaron al Ejército en funciones de policía. Fue entonces cuando una maniobra tan temeraria como desatinada marcó la confrontación de las fuerzas armadas contra el que nombran crimen organizado. Y si una contienda se mide por sus resultados, esta “guerra” ha pespunteado el territorio del país con cientos de miles de cadáveres, heridos y desaparecidos, de familias descoyuntadas, pueblos deshabitados y multitud de fosas clandestinas. Como si en la orden correspondiente hubiese mediado primero el licor y más tarde la inepcia. De ese calibre son las “autoridades”. ¿Y todos nosotros? ¿Nosotros, qué?

Si antes de la confrontación con los cárteles de la droga los delincuentes tenían allá su lugar, su sitio aparte las fuerzas del orden, y todos nosotros, la población civil, ajena al clima actual de violencia, nuestra casa, el país, los resultados de marzo de hace 10 años corridos parecen ser fruto mostrenco del licor y de una vocación carnicera. Hoy, entre espeluznos y terrores de la población, la nota roja y el futbol en los medios de acondicionamiento de masas, se han tornado opiáceos de mediocres y pobres de espíritu. Qué país.

Así pues, la realidad objetiva denuncia que hoy día, como nunca antes en su historia reciente, mal sobrevive el país hundido en el tremedal, en las arenas movedizas de uno de los episodios nacionales más oscuros, escabrosos y dolorosos juzgado en términos de muertos, heridos, desaparecidos, fosas clandestinas, robos, asaltos, secuestros y violaciones, tortura practicada de manera cotidiana por narcos, policías y miembros del Ejército y la Marina armada. Tal es hoy el tiempo mexicano, donde persiste la sañuda violación de derechos humanos garantías individuales y una ausencia total de justicia. Trágico.

Lo afirma el jurista, a propósito: la democracia de un país se mide por el respeto a los derechos humanos, los cuales se encuentran en la raíz de todos los problemas capitales de nuestro tiempo. Esta sentencia, mis valedores, nos remite de inmediato al segundo de los asuntos de requemante actualidad que hoy conmueven la conciencia colectiva: la violencia que en nuestro país masacra a periodistas y defensores del medio ambiente y de los derechos humanos. Mis valedores: ¿es el nuestro una democracia y un estado de derecho o simples vocablos para la manipulación de pobres de espíritu?

Así pues, la denodada contienda del Ejército y la Marina contra el llamado crimen organizado fue perpetrada, sé lo que digo, por el temperamental y emocionalmente inestable individuo al que a su hora su amigo y maestro, el político yucateco Carlos Castillo Peraza, tachó de adicto a brindis e irresponsabilidades cuando presidente de Acción Nacional. Y ese individuo quiere perpetuarse en su esposa, la Martha Sahagún editada en rústica. (Uf).
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