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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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24 Abril 2016 03:10:31
Veredita angosta
Era un camino de lodo… lodo chicloso, bordeado de un monte inmenso en donde uno se sumergía.

Veredita angosta a punta de machete.

Las chanclas de mi madre se quedaban pegadas, volvía por ellas y luego regresaba a su trabajo de guía.

Atrás nosotros, libros en ristre… caminito de la escuela.

Éramos los únicos en la cuadra… los que salíamos cada mañana, tempranito a las seis de la madrugada, rumbo a la escuela.

¿Por qué tenía que ser así?… ¿por qué?

Nadie más tomaba ese rumbo… los demás chamacos reposaban hasta las 11:00 de la mañana, y para cuando regresábamos de la escuela, ellos estaban llenos de historias.

De historias emocionantes, de historias de holganza…

Mientras estábamos en la escuela, ellos se fueron a la poza a pescar wapotes…

Mientras hacíamos las marchas, ellos corrían libres…

Al otro día, lo mismo.

El camino de lodo y zacate… los pies atascados…

Nos juntamos todos una noche, dos hermanos y una hermana.

Mamá tenía que saberlo… esto no era justo.

¿Por qué nosotros sí… por qué nosotros levantarnos temprano?

¿Por qué no tener la oportunidad de corretear… de tirarnos debajo del framboyán?

¿Por qué?

Mi madre nos recibió con la atención debida a tan serio asunto…

-¿Por qué tenemos que ir todo el día a la escuela?

“¿No les gusta la escuela?”, respondió.

-No, porque nos levantas temprano cuando tenemos sueño… porque todos juegan… porque la maestra nos dice cosas… nos jala del pelo… nos pega con la vara…

“Ya, ya entiendo… a ver… entonces… no quieren ir a la escuela, y yo no puedo obligarlos…

perfecto, a ver…

ahora díganme, ¿quién prefiere tomates… quién elotes…

y quién calabazas?

No… mi madre no estaba entendiendo el asunto… ¿cómo se le ocurre hablarnos de comida cuando le pedimos que nos saque de la escuela?

-Bueno… a mí me gustan los elotes… pero se los dejo a Mapy porque ella no tolera las calabazas ni el tomate… yo me quedo con calabazas y el Yayi que agarre el tomate, se los come crudos…

“No es para que los coman, es para que los vendan…

mañana su papá les va a traer o armar sus carretones para que se vayan a vender, espero que les vaya bien…”

-¿Cómo?… ¿pero por qué?

“Es que en esta casa no hay zánganos… el que no quiera ir a la escuela, que trabaje, que se gane su dinerito y cuando lo tenga en la bolsa, entonces sí, que me deje para hacerle de comer y luego que se vaya a tirar a donde quiera”.

Silencio absoluto…

Nos miramos y salimos con la impresión de que nos habían obligado a hacer algo que no queríamos.

“Si no nos dejan, yo me voy a escapar”, dije con aquella resolución de rebelde irreductible.

Me miraron como quien mira a un loco…

Al otro día mientras iba chancleando el lodo… mientras abría paso entre matorrales, maquinaba la idea de escapar de la escuela…

Sí, definitivamente… me iba a escapar.

En eso, la chancla de mi madre se atoró en el lodo y se le reventó… con aquella naturalidad se dio la vuelta, la levantó y volvió a unirla…

Cuando me descubrió con los ojos extremadamente abiertos, me dijo…

“Qué tiene que se rompa… al fin que cuando mi niño sea doctor, me va a comprar unas chanclas nuevas”.

No me escapé…

No fui doctor…

Pero sí alcancé a comprar unos zapatos con mi primer sueldo.

Creo que ella había olvidado ese suceso… a mí se me quedó para siempre.

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