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Denisse Dresser
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13 Febrero 2017 04:00:00
¿Vibrar o no?
¿Vibrar o no vibrar? ¿Marchar o descalificar? ¿Enfrentar a Trump o denunciar a Peña Nieto? Esas fueron las preguntas hamletianas que dominaron el debate público en los últimos días, evidenciando nuestras divisiones, recalcando nuestras animadversiones, restando en vez de sumar. El debate se centró en los motivos turbios de unos y los cuestionamientos tramposos de otros. Que si la izquierda podía ir a una marcha convocada por la derecha. Que si uno debía marchar codo a codo con quienes siempre han descalificado las marchas y raras veces se paran en una. La discusión se volvió un pleito sobre quién posee el monopolio moral de las marchas: la “izquierda” purista que solo bendice a marchas cuando las convoca, o la “derecha” que las condena excepto cuando validan sus intereses.

Lo cierto es que hubo manipulación de ambas partes. Isabel Miranda de Wallace, irrumpiendo con el anuncio de que su marcha –México Unido– sería de denuncia a Trump pero de apoyo incondicional al gobierno. Televisa montándose sobre un esfuerzo que surgió de organizaciones civiles, en un obvio y contraproducente esfuerzo por revivir al Telepresidente.

Figuras emblemáticas del conservadurismo intelectual, convocando a tomar las calles, cuando siempre han criticado a otros por hacerlo. Enrique Ochoa, anunciando que asistiría felizmente a marchar contra la corrupción, cuando su partido la ha hecho una marca registrada. Y finalmente, el propio Presidente felicitando al país por la unidad que las marchas demostrarían, sin entender que esa unión era en su contra. Actores que por apoyar las marchas, contribuyeron a debilitar su atractivo.

Por otro lado las izquierdas mimetizaron actitudes que tanto critican del otro bando. El sectarismo. La desacreditación socarrona, gratuita e intelectualmente deshonesta. La crítica a una movilización que catalogaron de “burguesa”, “pirrurris”, “activismo peluche”, “vedetismo intelectual”.

Lo que yo vi fue un grupo de hombres y mujeres libres, gritando, exigiendo, riendo, cantando, ejercitando el músculo ciudadano que ya no tiene patrón o mecenas. Ni Peña Nieto, ni Wallace, ni Televisa, ni La Jornada, ni AMLO. Una marcha multiclasista, heterogénea, diversa, unida quizás por el repudio dual a Trump y a la corrupción que nos vulnera como país ante él. Una marcha con muchos jóvenes, con muchas mujeres portando carteles con consignas como “Alto al muro”; “Unidos para combatir la corrupción”; “Justicia para todos”; “Soy mexicano. Amo a mi país y me avergüenzo de mi gobierno”; “#VibroContraPeña”; “Unidad Sí; Corrupción No”; “Mi país no teme a Trump; mi presidente sí”. Y tantas expresiones más de indignación. De exigencia. De unidad, pero no en torno al gobierno sino en torno a la posibilidad de cambiarlo.

Aunque la indignación es muy grande, la marcha en la Ciudad de México no lo fue. Por la confusión generada. Por la crítica enardecida. Pero también por algo más profundo y más preocupante. Ante un entorno agreste, México tiene un gobierno incompetente. Pocas veces el país había estado tan amenazado y pocas veces ha tenido un Presidente tan poco preparado. La combinación es tóxica y hace difícil apelar a la unidad, pero debe haberla. No para darle respiración artificial al gobierno pero sí para proveerle de oxígeno a nuestros migrantes. No para tapar, pero sí para exhibir. Porque mientras peleábamos ayer sobre quién podía y debía marchar, hoy comenzaron las redadas, las aprehensiones ilegales, las deportaciones irregulares. Mientras nos confrontamos acá, viven con miedo allá. Por ellos y por nosotros habrá que seguir resistiendo. Y vibrando.
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