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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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14 Agosto 2017 04:00:00
Vid en la aridez
Durante 20 años he venido a las fiestas de la vendimia en el valle de Guadalupe, una celebración del milagro de la producción del vino en un virtual desierto. El valle sorprende por el verdor de los viñedos que contrastan con la sequedad de la tierra. Muchas veces me he preguntado por qué, precisamente en un lugar tan árido, ha surgido esta pujante industria del vino.

Quizá la propia adversidad sea responsable. En otros lugares del país, donde el agua es abundante, el ejido ha prevalecido sin cambios desde los tiempos en que los gobiernos populistas fragmentaron y colectivizaron la mayor parte del territorio nacional. Son ejidos que sobreviven en pobreza con algunas matas de maíz nutridas por lluvia generosa. Pero esto es imposible en la tierra seca de Guadalupe, que tampoco permite la vieja irrigación por inundación. Para producir algo de valor en este valle hay que usar riego por goteo y realizar fuertes inversiones.

Desde principios del siglo 20 se establecieron en el valle algunas familias rusas en propiedades privadas que producían alfalfa y otros cultivos no tradicionales, como la vid. Angelo Cetto, un inmigrante italiano, llegó a México en 1924 y a Tijuana en 1926, donde estableció una vinatería cerca de la frontera. La prohibición en Estados Unidos impulsó el negocio y llevó a don Angelo a producir vino con uva comprada a proveedores.

Su hijo, Luis Agustín Cetto, compró tierras en el valle de Guadalupe en los 50 y empezó a sembrar vid. La empresa se asoció después con la casa española Pedro Domecq, representada en México por Antonio Ariza, para establecer la primera planta importante de producción de vinos en el valle. Don Luis se separó después de Domecq y puso su propia vinificadora, la cual aporta hoy alrededor de la mitad de la producción nacional.

El vino mexicano vivió protegido detrás de enormes barreras arancelarias durante décadas, lo cual lo hizo caro y malo. La crisis económica de los 80 obligó a la apertura comercial y una de las primeras consecuencias fue el desplome de las ventas de vinos mexicanos. Los consumidores nacionales empezaron a comprar productos importados muy baratos, por ejemplo, los azucarados vinos del Rhin, a pesar de su baja calidad; pero la competencia promovió también una mejora en la calidad de la producción que sobrevivió.

Monte Xanic se fundó en 1987 y empezó a ofrecer vinos de calidad. Cetto y Santo Tomás mejoraron radicalmente sus productos. Empezó a surgir una cultura del vino. Hugo D’Acosta fundó Casa de Piedra en 1997 y apoyaría a varias otras productoras después. Las casas vinícolas se multiplicaron. Hoy hay más de un centenar, algunas con producciones muy pequeñas. Luis Agustín Cetto, quien hoy tiene 83 años, seguramente no imaginó la industria que surgiría en este árido valle en el que plantó vides en los 50.

Los vinos mexicanos ganan en la actualidad numerosas medallas en las catas ciegas de las competencias internacionales. Sólo Cetto anunció 34 en su vendimia este 12 de agosto.

La gran pregunta es por qué esta producción surgió en un lugar tan seco. Quizá la respuesta está en la misma aridez. Si Guadalupe hubiera tenido las lluvias generosas de Chiapas, Oaxaca o el sur de Veracruz, la tierra se habría mantenido fragmentada con producciones ejidales de maíz. La aridez obligó a recurrir al riego por goteo y a la realización de inversiones privadas, que no sólo han generado prosperidad, sino que han demostrado que en México se puede producir vino de calidad. La adversidad puede ser el mayor acicate.

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