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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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21 Septiembre 2017 04:00:00
Vida y muerte
Hacía mucho tiempo que el pueblo mexicano no estaba tan unido. El temblor de 1985 no nada más nos unió sino que, por primera vez, nos permitió organizarnos casi como una verdadera sociedad civil. Treinta y dos años después, justo un 19 de septiembre pero del 2017, volvimos a confrontar tanto la vida como la muerte. El mismo susto, el mismo miedo y la misma solidaridad, tanta, que a veces nos rebasa y nos impide ver y actuar con claridad y con orden aunque nos humanice y nos acerque a los otros. A los damnificados, a los enterrados bajo los escombros, a los padres de los niños muertos y a los más necesitados. Como dijo Peña Nieto: “Tenemos que estar atentos, ser solidarios. No hay forma de predecir un sismo, no hay forma de que alguien lo pueda anticipar…”.

Viva y más vivos que nunca nos sentimos cuando vemos aparecer las imágenes en la tele de montañas de escombros, y muchos hombres mezclados entre “topos”, bomberos o rescatistas voluntarios, con los puños en alto. Señal de que hay que guardar silencio porque hay alguien vivo bajo las toneladas de cascajo. En esos momentos desearíamos convertirnos en “topos” y sumergirnos entre las losas y el polvo. Desearíamos toparnos con la mano de un niño vivo y rescatarlo de la pesadilla en que se encuentra.

Hay algo que indudablemente marca la diferencia entre 1985 y 2017, y es la tecnología que está a disposición de prácticamente cualquier persona. Los casos son innumerables, allí está el de Óscar Cantellano que pudo comunicarse con sus familiares para hacerles saber que estaba vivo. “Les dijo en qué parte estaba al momento del sismo y entonces los paramédicos supieron en dónde buscar y dar con su ubicación. Aunque tenía golpes y fracturas, Óscar pudo salir con vida de los escombros y con el celular en la mano” (Reforma). ¿Qué le hubiera pasado a don Óscar si al caer se hubiera desprendido de su celular? ¿Qué hubiera pasado si se descarga la pila? Y, ¿qué le hubiera pasado a Óscar treinta y dos años atrás?

Entre la vida y la muerte, ese oxímoron que como tal va siempre enlazado, como si fuera una sola palabra. Una comunión de contrarios, tal vez no tan contrarios. Como dice el Diccionario Larousse de la Lengua Española: “Oxímoron, figura retórica que consiste en reunir dos palabras que son en apariencia contradictorias”.

En las redes, los ciudadanos no cesan de exigir que se cumpla con la iniciativa #PartidosDenSuDinero, de manera que los institutos políticos cedan parte de sus abundantísimos recursos para 2018 (6 mil 788 millones de pesos) a los dos recientes sismos. Morena prometió destinar el 20% de la parte que le corresponde. Los demás ni abrieron la boca. ¿Qué sentirán estos políticos cuando ven las imágenes de miseria y destrucción de Oaxaca, Chiapas y Tabasco? ¿Y qué sentirán ahora con el sismo del 19 de septiembre? ¿No es suficiente para que esta vez hagan algo? Parece increíble que exista tanta gente dispuesta a arriesgar su vida y estos miserables no estén dispuestos ni a arriesgar sus bolsillos.

Es cierto que hay muchas semejanzas entre el temblor de 1985 y el de 2017. La primera, que seguimos sin estar preparados, ni la población, ni las autoridades, ni los rescatistas, ni los voluntarios. Qué pena me dan estos valerosos ciudadanos cuando los veo en la tele, con las manos desnudas, sin los cascos adecuados, sin protección en los ojos, sin mascarilla y sin el instrumental necesario. Qué pena cuando no les queda otro remedio más que pedir, a través de las redes y medios de comunicación, que les proporcionen martillos, guantes, gotas para los ojos y cubrebocas. Qué pena que la alarma sísmica suene al mismo tiempo que sucede el terremoto. Qué pena que aumenten los asaltos y los saqueos en circunstancias como éstas. Todo lo anterior es la muerte.

Para hablar de la vida, habría que enumerar el torrente de buena voluntad, de boca a boca, en las redes y en los medios comunicación. Todos queremos ayudar, sobre todo los jóvenes. Así como cuando nosotros fuimos jóvenes en el 85. Cuántos centros de acopio, cuántas empresas dispuestas a colaborar con productos y servicios y cuántas instituciones públicas solidarias. No podemos dejar de mencionar las brigadas de rescatistas enviadas de países tan lejanos como Israel y Japón, para ayudarnos.

No hay duda, este desastre natural nos coloca a los mexicanos, una vez más, frente al espejo negro de Tezcatlipoca, el señor del cielo y la tierra...
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