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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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16 Enero 2017 03:57:00
Videgaray,  el primer ministro
Los ajustes en la Secretaría de Relaciones Exteriores han sido jugadas de ajedrez, pero sobre tableros diferentes. Pasada la ola de reacciones por el nombramiento de Luis Videgaray al frente de la Cancillería, la forma como rápidamente se fue articulando la política interna y la externa a partir de su regreso al gabinete ratifica dos cosas: que Videgaray, como lo ha sido desde el día uno del gobierno de Enrique Peña Nieto, es el único secretario que nombró de manera autónoma a su equipo, sin injerencia presidencial, lo que nos lleva al segundo alegato, que su jefe en Los Pinos lo necesita más a él que él que viceversa, por una razón que ha quedado manifiesta, la necesidad del presidente de tener quien le haga el trabajo que él no puede ni quiere, y tener una especie de primer ministro que gobierne.

La renuncia de Videgaray como secretario de Hacienda por el desgaste político derivado de la visita de Donald Trump a Los Pinos, no provocó la acción que se esperaba de Peña Nieto al quedar roto el diseño original de operación política sustentada en dos pilares, Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, y Videgaray. Fuera este del gabinete, se rompió el equilibrio y Osorio Chong asumió un poder y control absoluto sobre el Gobierno, ante la indisposición del Presidente por, en las condiciones nuevas que se presentaban dentro de su equipo, cambiar el modelo de operación y asumir el control total del Gobierno. Peña Nieto no lo hizo porque la Presidencia lo ha mostrado desidioso.

Esta característica no es algo que se vea fácilmente, al inundar de propaganda oficial los medios de comunicación y preparar de manera regular eventos escenográficos donde él es el centro de la atención. Sin embargo, la realidad es otra. Por ejemplo, no es afecto a convocar reuniones de gabinete, y pasan semanas sin que se realicen. Es usual que en ellas se excuse al poco tiempo de haber comenzado, pedirle a los secretarios de discutan y resuelvan para que le informen, y regresar cuatro o cinco horas después para ver lo que han hecho, lo que es un comportamiento absolutamente anómalo en comparación con sus predecesores.

Le gustan también los fines de semana largos, que pueden comenzar los jueves al terminar una gira, donde en lugar de regresar a Los Pinos para continuar trabajando, toma un avión hacia el Pacífico para jugar golf desde el viernes, o le dedica las tardes a las larguísimas sobremesas y tertulias.

Al no cambiar sus debilidades y asumir plenamente el cargo de jefe del Ejecutivo, Osorio Chong tampoco ocupó el lugar de presidente adjunto o primer ministro cuando se fue Videgaray. El secretario de Gobernación, por lo que se vio a través de sus acciones, encontró la pista despejada para la sucesión presidencial –su equipo comenzó a comportarse consecuentemente–, y en lugar de meter las manos para quitarle presión al presidente, se cuidó.

El episodio del gasolinazo es el mejor ejemplo. A finales de año no había nadie en Gobernación para atender las preocupaciones de los gobernadores y cuando iniciaron las protestas, Bucareli calló. Cuando alguien abrió la boca, fue el subsecretario de guardia, responsable de las cárceles, y nadie más. Hasta que el presidente reapareció, él también dio la cara, pero cuidando que ninguna declaración le atrajera crítica o lo colocara en el centro del debate público.

Un botón ilustrativo de cómo actúa el secretario lo dio Martha Anaya en su columna “Alhajero” el 11 de enero, donde transmitió su postura. “El Presidente estaba informado de todo lo que sucedió –escribió Anaya–… Miguel Ángel Osorio Chong hablaba con él todos los días. Y no sólo una vez, sino varias veces durante el día. Pero no sólo eso. Desde antes de que se tomara la decisión del aumento… desde el área política se advirtió lo que podría sobrevenir. ¿Qué pasó entonces? Pues que desde un principio se desestimaron las advertencias. No se tomaron en cuenta las opiniones desde la perspectiva política y social… ‘No quisieron ver, ni oír ninguna otra argumentación’, aducen. ‘Vaya, ni siquiera puede decirse que los tecnócratas se impusieron porque a Osorio ni lo consideraron’”.

Anaya ubicó el contexto de este mensaje en el quiebre del gabinete. Videgaray no tenía ni una semana de haberse reintegrado al equipo peñista y reinició la lucha pública. Osorio Chong no se sintió cómodo con el regreso de su antiguo amigo, por lo que dejó ver su lenguaje de cuerpo. Hace tiempo, de acuerdo con funcionarios en Los Pinos, había perdido la confianza del Presidente, quien sin embargo parecía su rehén. El regreso de Videgaray es la recuperación de ese espacio perdido que Peña Nieto, extrañamente, no tomó, como jefe del Ejecutivo.

A su regreso, Videgaray movió sus alfiles. Sacó del sector hacendario al equipo compacto que necesitaba y movió las piezas para la prioridad por razones de tiempo ante el inicio incierto del gobierno de Donald Trump. Cambió al embajador de México en Washington e incorporó a su íntimo amigo –y doble compadre–, Gerónimo Gutiérrez, cuya experiencia en el campo de la relación bilateral y conocimiento amplio de comercio, desarrollo y seguridad, hizo que se recibiera bien en la sociedad política. Sus primeras acciones dieron certidumbre y volvieron a mover el péndulo en el gabinete. Videgaray reasumió el poder real dentro del gobierno peñista, casi seis meses después de que su gabinete, por omisión, se rompió y el presidente se pasmó.
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