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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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08 Julio 2018 04:00:00
Vientos de fronda
Fue una elección inusitada, inédita, sorprendente en muchos aspectos, y muy peculiar, en la que las encuestas demostraron que sí sirven para hacer pronósticos. Gracias a ellas se avizoraba ya, en este postrer intento que la persistencia se vería coronada, al fin, por el triunfo de quien -el que persevera alcanza- durante lustros estuvo empeñado en conseguir ser presidente.

El resultado esperado por todos y temido por algunos, evidenció que no hay distorsión o abuso que pueda durar más de cien años. La terca realidad demostró que, a fin de cuentas, pesan más la indignación que el temor y el hartazgo que la paciencia, a la hora de decidir.

Con la proclama de una visión de país distinta de aquella que se había adueñado del panorama desde que la oleada neoliberal alcanzó nuestros litorales políticos, López Obrador se mantuvo siempre activo, promoviéndose a lo largo y ancho del país, para concluir su periplo tejiendo nuevas alianzas y aglutinando en torno suyo a sus antiguos seguidores, lo que, a la postre, le rindió buenos frutos.

Hubo, a no dudarlo, sorpresas en los resultados, pero entre las muchas que hubo, la mayor fue, quizá, ya no el abultadísimo margen con que se ganó la titularidad del Poder Ejecutivo, sino la copiosa votación que se volcó en favor de su partido en la integración de las cámaras del Congreso de la Unión, cuya composición es plenamente mayoritaria para él: Morena y aliados tendrán control absoluto de la Cámara de Diputados y el Senado. También de una inmensa mayoría de los ayuntamientos del país y en otro tanto de los congresos locales.

En ese escenario, Andrés Manuel López Obrador, un líder carismático acostumbrado a ser acatado sin discusión y al que sus seguidores no tienen costumbre de contradecir, tendrá un amplísimo margen de maniobra para ver avanzar sus decisiones sin muchos sobresaltos, o ninguno.

Eso hace posible que se diluya la ya de sí tenue línea que se requiere conservar para que opere el sistema de frenos y contrapesos que descansa en la división de poderes, esencial para el tan aporreado y necesitado de rehabilitación “Estado de Derecho”.

Si ya de por sí el régimen presidencial tiende a ser concentrador de poder, lo que se ve acrecentado en el presidencialismo de la cultura y la praxis política mexicanas, un poder como el descrito puede acercarse muy peligrosamente al absolutismo (¿se recuerda la afirmación, en otros tiempos, que proponía la existencia de “facultades metaconstitucionales?), la circunstancia referida en el párrafo que antecede provoca que aflore en la memoria el aforismo atribuido a Sir John Emerich Edward Dalberg-Acton (Lord Acton), que dice “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Ese es un riesgo presente, aun cuando el significado del verbo “corromper” no implique el aprovechamiento del cargo para enriquecerse u obtener ventajas materiales, porque también cabe considerar que subvertir el orden democrático -que implica el respeto, la inclusión y la integración de las minorías- corrompe a la sociedad y sus vínculos, con inevitables efectos en la calidad de vida y los derechos de los seres humanos que la
componen.

Es muy pronto para formular vaticinios, pero es de reconocerse que los sobresaltos abruptos que se podrían haber temido y que algunos vaticinaron no ocurrieron. Los mercados respondieron bien, los reconocimientos de sus opositores se produjeron temprano y sin sobresaltos y los gobiernos extranjeros, incluido el de los Estados Unidos, expresaron su beneplácito.

Ha sido la votación, sí, del cansancio, el enojo, la inconformidad, el rechazo, pero también la de la esperanza y las ilusiones que suelen traer consigo los cambios y los vientos que los acarrean.

Subsisten, a pesar de todo, muchas dudas y temores que será necesario disipar antes de que concluya el periodo del “bono democrático”, que no da, comúnmente, para mucho tiempo. Hay que ver las cosas, a mi juicio, con prudente optimismo, pero adoptando una informada actitud de participación.
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