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Rafael Loret de Mola
Rafael Loret de Mola
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Rafael Loret de Mola Vadillo (Tampico, Tamaulipas; 25 de octubre de 1952). Periodista y escritor mexicano, conocido por ser uno de los más serios críticos del sistema político mexicano. Sus libros, muchos de los cuales han sido best-sellers, contienen información confidencial sobre numerosos actores políticos de México. Jamás ha sido desmentido públicamente.

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01 Agosto 2017 04:00:00
» Violencia incubada
Sin duda alguna la violencia no se genera de manera espontánea pero los brotes de indignación social sí. Recuérdese el célebre “Fuenteovejuna” de Lope de Vega cuyo desenlace, anárquico y brutal, es consecuencia del cansancio de la ciudadanía ante los múltiples abusos de las autoridades, “el comendador”, cuya opresión era ilimitada; y así fue durante años hasta que los encendidos pobladores decidieron tomarse justicia por propia mano y dispusieron de la vida del sátrapa. El relato es preciso y el mensaje, todavía hoy, debiera sacudir las conciencias de los opresores en todas las latitudes.

Hace un año, en San Juan Chamula, Chiapas, y en Pungarabato –Ciudad Altamirano-, Guerrero, sendos alcaldes fueron linchados por un centenar de exacerbados y empobrecidos residentes, la mayor parte de ellos pertenecientes a etnias indígenas con historias de valentía singular ante los falsos conquistadores e impostores, sin que nadie puede precisar quien asestó los golpes mortales. Podrían responder, como sugirió Lope, “Pungarabato, señor” o “San Juan Chamula”, señor”, en vez del legendario “Fuenteovejuna, señor”. Es la misma línea aunque, después de los dramas, no se perdiera el respeto a la autoridad señalada, acaso por temor, con el reverente “señor”. No era insubordinación sino justicia;
redención más no incitación a la violencia sin causa. Entendámoslo así.

Por desgracia, la distancia abismal entre los gobernados y quienes ejercen el gobierno –mandantes, es decir el colectivo, y mandatarios, los funcionarios al servicio del primero-, ofusca y obnubila la visión de la realidad y nos aparta, por tanto, de la posibilidad de razonar y entender la realidad aplastante; más aún cuando los mexicanos nos hemos caracterizado por ser el pueblo más resistente del planeta. De verdad, causa asombro en el mundo –lo constaté recientemente-, la capacidad de asimilación de cuantos formamos esta gran nación y no hemos sido capaces de levantar las cabezas, muchas veces por cobardía o por acomodaticios, ante los más atroces e indignantes abusos. En otros países, me aseguran, Peña Nieto ya habría sido despedido, cuando menos.

Y es cierto. La sensación de impunidad es tan agobiante que impulsa al desfogue de muchas maneras. Los tan cuestionados bloqueos magisteriales, el arma de este gremio para hacerse sentir ante la sordera de un gobierno incapaz de ofrecer alternativas, son efectos de la cerrazón y la negligencia de quienes debieran, precisamente, intercambiar opiniones para llegar a salidas viables y no sólo condicionar cada reunión a la aceptación de una reforma incompleta, laboral más bien y no educativa, llevada adelante por una élite de falsos sabios que no se dignaron siquiera a consultarla con los presuntos afectados; como en las dictaduras –casi por costumbre diríamos en el caso de México-, las nuevas reglas se impusieron sin medir los daños colaterales.

De allí que la sociedad mexicana sienta que ha perdido años valiosos por causa del oficioso andar de un grupo de malversadores, corruptos para decirlo sin eufemismos, capaces de vender hasta el alma de sus madres con tal de sacar agua de su molino. La traición de los Fox, por ejemplo al trucar el cambio para mantener el continuismo –con los mil pretextos de la demagogia barata-, significó caer en la hipocresía de medir a la pobreza con parámetros infamantes aduciendo que la miseria extrema se daba cuando se percibían ingresos inferiores a un dólar por día. ¿Y con dos o tres podrían paliarse las penurias?

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