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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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25 Noviembre 2018 04:00:00
Visión y experiencia
El regreso de Óscar Pimentel González a la administración pública de Saltillo, después de 12 años de ausencia del estado, es, desde cualquier punto de vista, noticia positiva. Su amplia experiencia política y administrativa habrá de rendir buenos frutos, por lo que su incorporación en el equipo del alcalde Manolo Jiménez debe calificarse como un acierto. Más, cuando las responsabilidades de la encomienda están íntimamente relacionadas con el futuro de nuestra ciudad.

En su paso por la secretaría de Educación y por la Presidencia Municipal de Saltillo, Pimentel González demostró no sólo capacidad. También la imaginación y audacia indispensables para ejecutar acciones innovadoras, algunas de ellas llevadas a cabo asediadas por la crítica.

En ese sentido, su espíritu renovador introdujo cambios que al paso del tiempo acabarían demostrando sus bondades. Un ejemplo: cuando ahora nos subimos a un vehículo, en automático nos colocamos el cinturón de seguridad. Es, por así decirlo, un acto mecánico, casi inconsciente.

Olvidamos que no siempre fue así. Durante la Administración municipal de Pimentel González se volvió obligatorio el uso del cinturón, que pocos acostumbraban utilizar. En aquellos días los agentes de Tránsito dedicaban buena parte del tiempo a vigilar que automovilistas y copilotos cumplieran la entonces novedosa e impopular disposición.

Se pensarán que cosas como esta son pequeñeces. Sin embargo, no abundan las acciones gubernamentales capaces de cambiar los hábitos de los ciudadanos, normalmente renuentes a acatar los ordenamientos de la autoridad. Imposible calcular el número de vidas que este ordenamiento ha salvado, no obstante que un buen número de saltillenses se mostraba renuente a aceptar la disposición, calificándola incluso de mero capricho del
alcalde.

Dicen, y dicen bien, que el Diablo está en los detalles. A veces son al parecer pequeños detalles, como el del uso del cinturón de seguridad, los que permiten calibrar la visión y la eficacia de una administración pública.

Hubo otras decisiones de mayor calado. La más audaz de ellas, poner en manos de expertos el servicio de agua potable, hasta entonces administrado, con deplorables resultados, por el Municipio.

La sociedad de la ciudad con Aguas de Barcelona vino a solucionar un problema histórico de Saltillo. Quienes critican esta asociación seguramente no vivieron o ya olvidaron las deficiencias de ese servicio padecidas por la ciudad durante décadas.

La carencia de agua era constante. Hace más de medio siglo, en la casa paterna, a dos cuadras de la Catedral, la escasa agua que llegaba se almacenaba en un depósito al ras del suelo. Carecía de la presión suficiente. Esto nos obligaba a hacer ejercicio: accionar una bomba de mano para llenar el tinaco de la azotea.

Son botones de muestra de una autoridad con mirada hacia el frente. Visión que urge en el Instituto Municipal de Planeación de Saltillo. Es impostergable introducir orden al desarrollo de la ciudad, y no permitir ya más que la ambición de unos cuantos sumada a la lenidad –si no es que la complicidad de otros– decidan a su conveniencia el crecimiento caótico que padece.

En sus primeras declaraciones Pimentel González reprobó que el director del organismo hoy a su cargo devengue un sueldo superior al del alcalde. Al hacerlo, se comprometió a introducir orden en la nómina, orden que requiere también el explosivo crecimiento de nuestra ciudad. Buen principio es barrer la casa antes de emprender proyectos de mayor
envergadura.
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