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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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19 Septiembre 2016 04:05:41
¡Viva México!, a pesar de los complejos
“Cada año, el 15 de septiembre a las 11 de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito, y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año”. Así describió Octavio Paz lo que motiva el orgullo patrio por la celebración anual de la Independencia nacional; lo hizo en El Laberinto de la Soledad, su famosa obra sobre la mexicanidad. Se puede coincidir o no con él, pero no lo hace a la ligera. Quienes hemos leído este extraordinario ensayo podemos dar constancia de que sus conclusiones tienen un amplio sustento nada alejado de la realidad de la sociedad mexicana; sus pensamientos, sentimientos, emociones y costumbres.

En Instrucciones para Vivir en México, Jorge Ibargüengoitia, con fundamento y tino, al igual que Paz, aunque obviamente a su estilo, con su característico sarcasmo, estampa esa sociedad a la que todos conocemos, pero de la que poco hablamos. Al realizar un “examen de conciencia patriótica”, Ibargüengoitia admite ventajas y bondades de México, como su ubicación geográfica, su biodiversidad y su clima benigno. Lo hace para enseguida reconocer: “Nomás
que (México) tiene defectos. El principal de ellos es el de estar poblado por mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores”. Cada uno de estos calificativos los explica y hasta justifica.

Año tras año, en vísperas del Grito de Independencia, es común toparnos con convocatorias a su rechazo. Muchos son los mexicanos que consideran que no existen razones para festejar el aniversario del inicio de la lucha de los insurgentes en contra de los españoles. Famosos o no, prestigiados o no, hay personas a las que les resulta irracional, indigna o les molesta nuestra celebración patria de mayor relevancia. ¿Por qué?, ¿cuáles son sus razones? La
respuesta más recurrente puede sintetizarse así: “son muchos los problemas que tenemos los mexicanos y son tan malos nuestros políticos como para todavía andar celebrando”; o sea, “no merecemos ensalzar, elogiar ni que nos elogien”.

En este y otros espacios he compartido algunas reflexiones de autocrítica social. Como parte de esos esfuerzos introspectivos, he señalado que, en nuestro país, como lo argumentan quienes están en contra de la celebración de independencia, padecemos múltiples males y que algunos de ellos han sido provocados por gobiernos y representantes ineficaces y deshonestos (por decir lo menos). Si bien esto es cierto, también he abundado en algo sobre lo que
tengo una profunda convicción: por una cuestión de origen (lógica), así como de actitudes activas y pasivas, esos males se deben, principalmente, a la misma sociedad.

Coincido con Paz y con Ibargüengoitia en cuanto a los complejos, traumas y la doble moral de muchos mexicanos. También con quienes, intentando justificar su rechazo al grito de ¡Viva México!, advierten que tenemos graves problemas. En lo que no coincido es que tales situaciones, las que a todos nos gustaría que se solucionen de inmediato (salvo a aquellos que lucran con la adversidad, la tragedia y la pobreza, como los populistas, los demagogos y la gente
amargada, que la hay), sean motivo para no celebrar. No estoy de acuerdo con no celebrar nuestra Independencia. Y no lo estoy, entre otras, por tres cuestiones básicas.

Primera: porque una cosa no quita la otra; no por no celebrar nuestra Independencia van a desaparecer nuestros problemas como sociedad o se van a solucionar más rápido. Segunda: porque tenemos motivos para sentirnos orgullosos de ser mexicanos; además de los privilegios que la naturaleza nos ha conferido, y de los muchos valores y principios que, a pesar de nuestros defectos, hemos consagrado, también hemos sido útiles a la humanidad por nuestras
aportaciones, como la televisión a color, la estructura tridilosa, el concreto traslúcido, avances trascendentales en nanomedicina catalítica, la estructura Gnome para sistemas operativos y la tinta indeleble, entre otras, que abarcan hasta la solidaridad histórica de los mexicanos reflejada en el asilo, refugio y apoyo altruista dado a miles de personas de otras naciones, así como nuestros legados en materia de literatura, arte y cultura. Tercera: porque, como lo dijo el
mismo Paz, “la historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen”, y aún no lo encontramos en la medida necesaria.

Reafirmar nuestro origen en la Independencia, sin desconocer nuestras raíces primigenias, es esencial para que fortalezcamos la identidad, reconozcamos los defectos y aprovechemos el potencial que tenemos. Desconocer la historia no sólo nos coloca en riesgo de repetirla, sino que puede conducirnos a la negación, vergüenza y desesperanza. Me parece que la solución no está en dejar de vitorear a nuestro país y sus héroes, sino en ser conscientes,
autocríticos y evolucionar en nuestras ideas y actitudes.
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