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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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16 Diciembre 2017 04:00:00
Vivir sin hiel
Y hasta que no aprendan a contentarse con lo que son, siempre estarán quejosos. He aquí, en menos de un reglón, la piedra filosofal, la sustancia alquímica que nos permitirá cambiar nuestro plomo emocional en el oro de la verdadera conciencia, la que trasciende nuestra limitada existencia material, el pequeño yo egoico, los vanos apetitos, pobres ambiciones y mutilantes paradigmas. Ahí, en esa conciencia, se es siempre joven y eterno.

Esta verdad no ha sido revelada por ningún gurú, sino por Philip Phullman, escritor inglés, autor de una de las mejores obras de fantasía: La Materia Oscura. Esto es porque una gran imaginación, bien enfocada, es una vía privilegiada hacia la sabiduría, de ahí que muchas de las enseñanzas de los grandes maestros nos hayan sido entregadas en parábolas.

Contentarnos con lo que somos no es conformarnos, es estar alegres y satisfechos con ello. Sólo a partir de ahí se crece y se mejora realmente. El polo opuesto es la amargura, no hay más. El disgusto con uno mismo y por tanto con todos y todo lo que nos rodea.

De pequeñas a inmensas amarguras están hechas la violencia, la envidia, la venganza, la arrogancia, el cinismo, la adicción. Ese rumiar durante largo tiempo la ofensa y la herida, el apetito insatisfecho, la ambición truncada, el sueño abortado, es el origen de toda amargura. Algunos cargan unas cuantas, otros son su amargura.

El primer y más cotidiano síntoma de la amargura es la queja sin propósito ni acción ni resultado, y dígame quién de nosotros no ha caído en este dasaguisado. Como la amargura es voraz, se va alimentando de falsas adversidades cotidianas, situaciones que vistas con sus anteojos oscuros se vuelven inevitables desgracias. Así va creciendo hasta invadirlo todo si no la paramos a tiempo. Luego se conecta con sus pares y se colectiviza, convirtiéndose en el mejor aliado de los manipuladores de masas. Piense usted en los episodios de la historia marcados por sociedades adictas a la indignación, el insulto y la rabia, sociedades amargadas.

Y llegamos a un punto crítico, al amargado más notorio, el que, abierta o encubiertamente, vive en conflicto con los demás y con la vida; reclamante, ofendido, regañón, monta en ira, acusa, señala, es decir, pone fuera de él la causa de su amargura. No olvidemos al que en agridulce resignación, la indefensa víctima, acepta la vida como una inevitable cauda de males. Ese el que más rescatadores atrae y más simpatías levanta.

Finalmente, el amargado extremo, que proclama el asco que es la vida y vive prefiriendo morir. Y, oiga, no son pocos. Eche un vistazo en Google, hay foros, muchos. Algunos de ayuda, otros simplemente para el desahogo.

Ahora bien, la amargura, como cualquier cosa inherente a la naturaleza humana, no es ni debe ser evitable. Es un paso obligado para madurar, para alcanzar una conciencia “aceptante”, el único punto de partida para experimentar –que no pensar– la verdad y la realidad, personales primero, colectivas y universales, después.

La contraseña para ingresar al lugar donde está la piedra filosofal –nuestro centro personal– es la claridad de que eso que creemos que somos es mentira, una ilusión creada por poderosos paradigmas, reforzantes siempre de los anteriores, hasta que no vemos otra cosa. No sabemos lo que somos, en la mayoría de los casos no tenemos ni la menor idea. Por eso no podemos contentarnos con ello. La pregunta no es quién, sino qué soy.

El segundo tramo es una relación personalísima y estrecha con un Dios que nos vea con tierno amor y siempre nos depare lo mejor. Ese es el poder superior con el que se puede fluir. Si lo depositamos en uno mismo, cualquier otra persona, el trabajo, la familia, las exigencias sociales o profesionales y los bienes materiales, la amargura será el destino.
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