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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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30 Julio 2016 04:01:37
Vómito
Las alianzas esta vez, mis valedores. Pero no los acoplamientos antinatura que se han perpetrado y los que intenta cometer la nueva dirigente de la ruina amarilla. Las verdaderas alianzas son las que pueden encuadrarse al axioma clásico: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, pero Barrales intenta enchufar a sus chuchos no contra algún enemigo, sino por necesidad de sobrevivencia. La fabulilla, a propósito:

¿Por qué tan enferma la psique de aquel individuo? ¿Una infancia desdichada, que hasta el día de hoy no ha podido superar frustraciones y esos empozados rencores que lo forjaron ruin y torcido? Hoy mismo (taras, complejos) se deleitaba con todo lo yerto, lo corrompido y la destrucción de los más débiles? La muerte de los animalillos indefensos, pongamos por caso. Aquella tarde: Deleitoso sería observar agonía y muerte de algún animal. ¿Pero cuál? Tuvo
que conformarse con una araña que logró capturar para luego encerrarla en un frasco de cristal; y a mirar cómo fallece de hambre y de sed. Pero de súbito: ¿y si atrapo una mosca, la encierro con la araña y observo la lucha y la destrucción de las dos, una devorada y la otra de sed?

El sádico logró atrapar una mosca y la encerró con su enemiga natural, y a disfrutar de su aniquilamiento. He ahí la mosca, intentando volar en el recipiente y con los ojos de la araña fijos en ella. Y a presenciar el final, y a gozarlo. Pues sí, pero qué extraño eso que estaba sucediendo dentro del frasco. La araña observaba a la mosca, pero el ataque se posponía. Para apresurar la lucha los privó de alimentos y se puso a aguardar. Pero nada, que entre los
enemigos naturales no se producía la violencia. La araña, en el fondo del frasco, parecía desinteresada de la que habría de ser su alimento; la mosca, entretanto, permanecía atejonada en lo más alto de su prisión. Y parecían crecer y crecían, hasta el punto de que tuvo que mudarlos a recipientes más amplios porque su tamaño aumentaba de forma antinatural. ¿Alimento? Ni agua, y a esperar...

¿Pero cómo? Mosca y araña crecían de tamaño; una parecía más feroz que nunca, y la otra más que nunca dispuesta a luchar por su vida. El sádico se regodeaba ante la inminente destrucción, y entre más crecidos los animalejos más feroz iba a ser su contienda y más deleitosos los resultados. El inválido espiritual no llevaba prisa, y el fenómeno del crecimiento en el receptáculo (una pecera, que en frasco ya no cabían) lo mantenía expectante. Tuvo que colocar
mosca y araña en una pecera donde cabría un tiburón, y a aguardar el desenlace. Pero, aburrimiento y bostezo, en el recipiente nada ocurría. Los adversarios mostraban unos ojillos relumbrosos de crueldad, pero nada. Contra lógica e instintos naturales, sólo crecían de tamaño. ¿Cuándo, cómo llegaría el final? Inmóviles, gigantescas, los ojillos clavados en el sádico, mosca y araña parecían esperar. No se observaban como ante un ataque inminente, sino que
miraban al hombrecillo despatarrado en el sillón que después de intoxicarse con alguna sustancia se había quedado dormido. Y así, dormido, lo sorprendió el final. Porque fue entonces...

Lenta, la araña se había desplazado en dirección de la mosca, que se aproximó a la araña. Entre ambas hicieron saltar la tapa y brincaron fuera de su prisión. Y así fue como de aquel hombrecillo...

“Toda la casa había corrompido su osamenta cuando lo encontraron”.

(Vómito).
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