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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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01 Octubre 2017 04:02:00
¿Y después del sismo?
La reacción de millones de personas ante la tragedia provocada por el terremoto que sacudió buena parte del territorio nacional es motivo de legítimo orgullo para nosotros los mexicanos, y causa de admiración para el resto del mundo. Quienes espontáneamente salieron a las calles de la Ciudad de México a sumarse a las tareas de rescate de quienes estaban aún vivos bajo las montañas de escombros adquirieron la estatura de héroes anónimos. Sin el halo de heroicidad que los envuelve a ellos, en miles de poblaciones del país hubo loables demostraciones de solidaridad. Los centros de acopio de alimentos, medicinas y ropa también polarizaron la voluntad de multitudes deseosas de tender la mano a compatriotas en desgracia.

El terremoto de 2017, al igual que el de 1985, sacó a flote lo mejor de un pueblo generoso, capaz de hacer grandes sacrificios por ayudar a personas a quienes ni siquiera conocían y quizá nunca volverán a ver otra vez. Obligó, asimismo, a reconsiderar juicios –mejor dicho, prejuicios– acerca de la supuesta abulia de los jóvenes llamados millennials. Estos muchachos, tachados de engreídos y sibaritas, incapaces de grandes esfuerzos, retiraron con las manos desnudas toneladas de escombros y formaron cadenas para hacer llegar alimentos a los brigadistas.

Pero también este año, como en 1985, el país trajo a la luz nuestra lacra mayor: la corrupción. Corrupción de autoridades al permitir construcciones ilegales y corrupción de constructores que por la ambición de obtener mayores ganancias usaron materiales deleznables que terminaron sirviendo de sepulcro a cientos de hombres, mujeres y niños.

Toda esta maravillosa demostración de solidaridad y el destape de la cloaca de la corrupción también sirvió para hacer aflorar el descontento y la indignación, una indignación que hizo reaccionar a los partidos políticos y a las cúpulas del poder. Y es que luego de los huracanes y los sismos queda en el aire y en la boca de muchos una pregunta: ¿Después, qué?

En opinión de la mayoría, el país urge a gritos de un rediseño político y económico. No es posible continuar sosteniendo partidos políticos con las cantidades estratosféricas que reciben anualmente. Ni tampoco es prudente continuar manteniendo instituciones que operan con presupuestos calculados como si México fuera un emirato árabe.  

En este aciago septiembre, pareciera que la Naturaleza se ensañó con varias zonas del país. No nos engañemos culpando a los fenómenos naturales. Estos causaron las más terribles de las devastaciones en pueblos y regiones donde impera la pobreza, como Chiapas y Oaxaca y un buen número de pueblos del estado de Morelos.             

Es cierto, los fenómenos naturales son incontrolables, pero sí podemos empezar a hacer algo para reducir la abismal brecha producto de la inequitativa distribución de la riqueza. Imaginemos por un momento el mejor de los escenarios: imaginemos que gracias a los esfuerzos del Gobierno y las aportaciones particulares se reconstruyen Jojutla, Juchitán y decenas de comunidades más. Los damnificados tendrán casas nuevas, pero después de recibir las llaves de éstas seguirán tan pobres como lo han sido siempre y trabajarán –si encuentran trabajo– por un sueldo miserable, en espera del próximo desastre que los dejará otra vez sin nada.

Ya no es posible. Estamos obligados, como país, a encontrar una respuesta diferente, más justa, a la pregunta que hoy nos hacemos: Y después del sismo, ¿qué?
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