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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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11 Abril 2015 04:00:31
Y el otro tema: Angélica Rivera
En un escenario ideal, David Korenfeld no habría renunciado, su salida de Conagua habría sido una orden inmediata del Presidente. En un escenario ideal, la salida no habría tardado una semana, se habría dado a las pocas horas de conocerse el uso que hizo de un bien federal para un fin privado, el famoso “helicoptergate”. Aun así, su renuncia –que ojalá no sea un carpetazo al tema– calma un poco las aguas que en los últimos meses han estado tan turbias. Es lo menos que podíamos esperar frente a una coyuntura tan compleja, en la que cualquier error por parte de los funcionarios que integran el gabinete de Enrique Peña Nieto no hace sino abrir más las heridas que claramente no han logrado cicatrizar.

Y uno de los flancos más vulnerables de la actual administración está, tristemente, al interior de su propia casa. El tema Angélica Rivera no es menor, no es fácil y no es manejable desde la lógica de la función pública (y sin embargo la afecta). Habiendo tenido todo para ser un activo político de Los Pinos, se ha convertido, ante la opinión pública, más bien en un elemento altamente explosivo –incluso en situación de inmovilidad–. A raíz del tema de la “Casa Blanca”, la
esposa del Presidente se ha convertido en diana de los ataques que, dirigidos a ella, le pegan a su marido y, por lo tanto, a su Gobierno.

El tema de la primera dama ha terminado por convertirse en un generador de crisis en Los Pinos. Después del escándalo de la casa (ah, y de la foto de su maquillista en el avión presidencial rumbo a China en ese mismo contexto), Angélica Rivera se guardó un poco, pero reapareció con la visita de Estado que EPN hizo a Reino Unido en el marco del Año Dual entre ambos países. Y de nuevo el error: no sólo el viaje con toda la familia (contraviniendo el protocolo de la casa
real inglesa) apareció como una decisión nada afortunada, cuando toda la visita estuvo planeada quirúrgicamente desde la óptica de la política exterior y la política doméstica. Poco importó que a Peña Nieto lo recibieran la reina Isabel, el príncipe Carlos (heredero al trono), el primer ministro inglés David Cameron, así como el líder de la oposición y múltiples potenciales inversionistas: lo que importó para la opinión pública mexicana fue el vestido rojo marca Valentino de
miles de pesos (tan fácil y honroso que era llevar un vestido de diseñador mexicano). Y no sólo eso: excesivo el especial publicado en la revista “¡Hola!”, un fuera de lugar, un acto de insensibilidad no sólo para la realidad que viven millones de mexicanos, sino para con el arduo trabajo de todos los mexicanos y los ingleses involucrados durante más de un año en la realización de esa visita de Estado. Una lamentable extravagancia editorial por parte del más delicado flanco
político de Peña Nieto. A veces parece que se olvidan de que estamos hablando de la esposa del Presidente de la duodécima economía más importante del planeta. Y como tal deben cuidar su imagen.

Absolutamente todo lo que haga Angélica Rivera estará sujeto al escrutinio público. Un escrutinio que además será cada vez más mordaz. Incluso, a últimas fechas, desde la mala leche de la difamación. Como ejemplo, el reportaje que hace unos días presentó la cadena Telemundo. La primera dama y sus hijas paseando en Rodeo Drive, en uno de los varios centros comerciales en Beverly Hills. Cualquiera que haya visto la “investigación” sabe que no se observa jamás
que la familia presidencial esté cargando bolsas de compras de sus lujosas tiendas; incluso los empleados entrevistados para el reportaje dieron cuenta de que sólo preguntaron, pero en ningún momento confirmaron la compra de ninguna mercancía. Vamos, no hay, en este reportaje específico “corpus delicti” –ni visual ni de testimonio–: pero el solo hecho de verla pasear por el más lujoso centro comercial de LA, es una invitación a las especulaciones sensacionalistas. Un paseo que, en realidad, se traduce como una falta de delicadeza ante la crisis que viven el país y su gobierno. Y que, claro, se convierte en una mecha fácil para prender la hoguera del descontento y la indignación. Notas que, reales o calumniosas, seguirán dañando la imagen de una Presidencia ya de suyo lastimada.

De no ajustar (y con toda premura) el perfil público de Angélica Rivera y su familia, de sus reales y/o aparentes excesos, en Los Pinos pueden correr el riesgo de que un día, un mal día, un mero resbalón pueda convertirse en un escándalo de proporciones completamente imprevisibles. Y de imprevisibles este Gobierno ya tuvo y obtuvo, su casi insoportable sobredosis.

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