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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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26 Mayo 2017 04:00:00
Y la crisálida volvióse gusano
En tiempos de Maricastaña, mis valedores, existió un reino de fábula con un bosque de los pinos y en el bosque lagos, y en los lagos patos. Lo usual. Pero el detalle insólito: cierto cisne hembra puso un huevín, y al empollarlo nació un soberbio ejemplar, polluelo de soberbia estampa y plumas blanquísimas. A la novedad, el nido se llenó de curiosos que admiraban el milagro (la madre sentíase la virgen María de los patos):

-¡Pero miren qué hermosura de guerito! ¡Qué rostrín! ¡Y la suavidad de sus plumas, abullonadas y como de terciopelo, tiéntenselas! ¿No parece un miembro de la familia real de los patos, Micifuz?

-Las líneas de su cuerpo, tan ágiles y elegantes, y su pico tan estético, y ese porte de príncipe! Si hasta parece maquilado por mano del dios de los cisnes, o sea Walt Disney. Cuando este cromo nos deje, su almita se irá derecho a Disneylandia.

El polluelo, dejándose querer, se echó al estanque, y uh, ah, oh, los animalejos del bosque, boquiabiertos ante la nívea blancura, la gracia gitana y un nadar que era partir plaza. Mamá gallina, gansos, perracos, el vendaval de aplausos al que a lo solemne y parsimonioso, entre lirios y nenúfares surcaba las ondas del lago. “Está lleno de gracia, como el Ave María”, el jilguerillo. Y “¡A rendir pleitesía al rey del estanque!”, el perraco.

Y las porras, los hurras, los siquitibunes del animalero de miércoles. ¿O era viernes? De ahí en adelante el cisne fue el amo del estanque, de los álamos y de los pinos. Pues sí, pero de repente.

- ¿Y eso? ¿Se fijaron en el plumaje del cisne? ¿No le notan unas manchitas oscuras?

- Y el cuello se le ha encogido, y el pico se le va enanchando. Y su elegancia de cuando al nadar iba ejecutando la marcha nupcial, pues.

Asombro, desilusión, abucheos del animalero. De ahí en adelante el que de cisne paraba en pato fue el blanco de burletas y agresiones. El perraco:

- Qué animal más furris. ¿Será mongoloide el engendrín? ¿Retrasado mental? Si hasta parece armado en México.

De repente, nada que te nada, se le arrimó un gansito y válgame, tres picotazos al monstruín, y que el susodicho corre a refugiarse en el establo, y que se le arrima un gato barcino y tíznale, un charrascazo uñero. Y que sale del bosque un zorrillo, alza la pata, y...

- A ver, tú, el horroroso, ¿sabes poner huevos? -la gallina. ¿No? Pues entonces eres un perfecto mediocre. El gato:

- ¡Sabes arquear el lomo, ronronear y echarle tierra a tu popocina? ¿No? Y te consideras político.

Pues sí, pero el pato, desacreditado y empequeñecido de estatura, era ruin de condición, y como respuesta al desdén colectivo abrió el pico ancho, antiestético:

- ¡Proles, pendejos, cuac!

Y fue entonces: hartos de aquella plaga que flageló el estanque y el bosque de los pinos, los animalejos treparon hasta el Olimpo, se quejaron con Zeus, y el dios: “Ese engendro siempre ha sido pato. Pato nació y pato ha de morir. Fue la tremenda compulsión de todos ustedes, que no escarmientan, la que los encandiló con esa hipnosis colectiva de admirar como cisne lo que no es más que ese pato indeciso, medroso y mediocre. ¿Que los tiene hartos? Ahora aguantar, que cada comunidad tiene el pato que eligió en las urnas”.

¿Y qué hacer, mis valedores? ¿Al pato que viene tomarlo por cisne? ¿Otro más? (Uf.)
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