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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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23 Diciembre 2018 04:08:00
¿Y la cultura?
La reducción en las partidas destinadas a la promoción de la cultura en el presupuesto federal para el próximo e inminente 2019 es una pésima señal. No fue la única, pero el recorte a las universidades públicas lo corrigió casi de inmediato el presidente Andrés Manuel López Obrador. Esta urgente rectificación del error (producto de las prisas, otra vez) fue dictada por cálculo político. El descontento estudiantil es aquí y en cualquier parte altamente inflamable. Hoy mismo, en Francia, el presidente Emmanuel Macron enfrenta manifestaciones de repudio de jóvenes estudiantes cuya beligerancia hace recordar a los analistas el mayo de 1968, movimiento trasplantado en México con el epílogo sangriento de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

En Francia, Macron, elegido apenas el año anterior por una mayoría aplastante, ha visto hundirse el índice de su popularidad a causa del descontento juvenil. Es imposible saber si López Obrador pensó en los desmanes perpetrados por los llamados chalecos amarillos franceses cuando decidió enmendar el yerro e invalidar la parte del presupuesto relativo a las universidades públicas. Sea como fuere, el anuncio desactivó una bomba.

Desafortunadamente, la rectificación del error en lo que se refiere a las universidades no se hizo extensivo a la cultura. Y es que ya se volvió costumbre que, a la voz de ahorrar, los encargados de los dineros públicos meten primero la tijera a las actividades artísticas y de alta cultura. Piensan que se trata de gastos superfluos y, por lo tanto, fácilmente prescindibles. Lo prioritario, creen, son otros renglones del gasto público. Montar exposiciones, editar libros, organizar conferencias, conciertos, editar libros o apoyar a jóvenes creadores reportan, según ellos, beneficios difusos, inaprensibles y discutibles.

Están equivocados. Por principio, las manifestaciones culturales realizadas con el auspicio del Gobierno constituyen un reforzamiento no formal a las tareas educativas. Las exposiciones, conferencias, conciertos y demás actos capaces de ampliar el horizonte del conocimiento y afinar la sensibilidad, constituyen, además, la forma idónea de estructurar y afirmar la identidad, nuestra pertenencia a un lugar en un tiempo determinados. En pocas palabras: a ser lo que somos.

Un pueblo carente de fuertes raíces culturales está fatalmente destinado a desaparecer sin dejar rastro en la historia. Más hoy, cuando el asedio a la propia identidad cuenta con innumerables vías de comunicación y la arrolladora marea globalizadora es capaz de arrasarnos. Si no afianzamos nuestros valores culturales, la poderosa influencia de costumbres y hasta del idioma del vecino del norte nos condenará más temprano que tarde a volvernos gringos de tercera.


Porque México no es sólo sus montañas, sus ríos, sus playas, sus contrastantes paisajes que van desde la impenetrable selva tropical hasta las llanuras desiertas del norte. Es también su historia, sus músicos, sus poetas y escritores, sus pintores, escultores, arquitectos, grabadores, cineastas, dramaturgos y actores.

¿Qué es México hoy ante los ojos de los extranjeros? México es un país con nombres y apellidos: Octavio Paz, Frida Kahlo, Alfonso Cuarón Orozco, Diego Rivera, Guillermo del Toro, Francisco Toledo y, por supuesto, los impresionantes vestigios de nuestras antiguas culturas.

En eso deberían meditar quienes se encargan de repartir los escasos dineros de la nación.

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