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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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11 Febrero 2018 04:07:00
Yo, el analfabeto
A fines de los 60 o principios de los 80 del siglo pasado, apareció un libro revelador, El Shock del Futuro, de Alvin Toffler. Sin ser una secuela del primero del autor, La Tercera Ola, este enfrentó al lector a una realidad cotidiana sobre la que no se había reflexionado a fondo: los cambios operados en la vida de los seres humanos debido a los avances tecnológicos. Los vertiginosos progresos de la ciencia y de la técnica prácticamente colocaban entonces a la humanidad en un mundo nuevo.

En uno de los capítulos, para dramatizar las transformaciones operadas gracias, o por culpa, de la tecnología, Toffler señalaba que si su bisabuelo resucitara, sería prácticamente un analfabeto, pues no sabría lo que era la electricidad, ni los focos, ni los plásticos ni los vuelos transatlánticos.

Pues bien, sin necesidad de resucitar –lo cual espero no ocurra–, este escribidor no ha caído en el más profundo analfabetismo gracias a una forzada adaptación a aparatos y expresiones de los que nunca tuvo idea. A pesar de haber sido un niño fanático de las aventuras de Buck Rogers, al paso de los años hubo de ir agregando a su vocabulario palabras que no existían o que aprendió con significado diferente.

Quienes, como decía José Emilio Pacheco, somos los últimos mexicanos a los que no arrulló esa nana electrónica llamada televisión, nos asomamos al mundo a través de la radio y del cine. Quizá, con alguna barnizada de raíces griegas y latinas hubiéramos podido pensar que televisión era un vocablo primo hermano de telescopio, digamos, por cuyas raíces, tele –lejos– y visión –ver, mirar– podríamos soñar un aparato entonces inexistente capaz de trasmitir imágenes a larga distancia. ¡Si nos asombraba que Dick Tracy se comunicara con su jefe utilizando un minúsculo transmisor-receptor de radio incrustado en su reloj de pulsera!

Eso para no hablar de computadoras, chips, ratones o mouses, Facebook, Instagram, WhatsApp, megas, emoticones, cursores o incluso arrobas. Esta última palabreja, si se estaba un poco familiarizado con la historia, la asociaba a una anticuada medida de peso. “Estar en línea” era imaginar hacer cola frente a una ventanilla. ¿Postear? Los muros eran los que pintaba Miguel Ángel o Diego Rivera y no había más pantallas que la del cine o la de las lámparas, y un meme era un estúpido.

Pero no sólo la tecnología trajo un vocabulario inédito. También lo hicieron asuntos ajenos a ella. Si entonces alguno decía de otro que era gay, el traductor rudimentario del inglés con que estaba equipado el cerebro interpreta literalmente: “persona alegre”. Tampoco había homofóbicos ni hogares monoparentales, los que existían eran niños huérfanos de padre o de madre. ¿Y qué les parece eso del jet lag, escuchado por primera vez hace apenas dos o tres décadas atrás?

La lista es interminable: chido, antro, table dance, scort, amigovio, cool, fajar, dar el rol, chatear, dejarte en visto, celular, el ya olvidado casete, sustituido por los más sofisticados CD o el bluetooth; zapear, pintarrón –nieto del viejo gis–, escanear, pixeleado, bolsas de aire, videojuego, modisto, jueza, presidenta y demás etcéteras, cinturón de seguridad, staff, banner, aromaterapia, yim –abreviatura de gimnasio–, spinning, aeróbico, aeroespacial, CEO, micro, pashmina y delate, por citar unas cuantas.

Centenares de nuevos términos. Han sido años y años de aprendizaje para más o menos estar al día y medio hacernos entender en esta cuarta, quinta o sexta ola.


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