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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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05 Noviembre 2017 04:00:00
Yo ni danés fui
“Ese equipo de doctores, ingenieros, abogados, bachilleres afamados, ese equipo sin igual… ¡Vamos daneses a ganar!”. Una de las muchas porras del Ateneo Fuente.

Yo ni danés fui. Sí, quizá para algunos de ustedes, mis sibaríticos lectores, resulte rara mi anterior afirmación; yo no fui danés, yo no estudié la preparatoria en el Ateneo Fuente, yo no egresé de nuestra más representativa escuela de bachilleres. Yo DECIDÍ no ser danés. Cuando terminando la secundaria analizaba dónde continuar mis estudios, la única opción que tenía claro no iba a tomar era el Ateneo Fuente. Y dicha decisión no tuvo que ver con animadversiones de ningún tipo, ni mucho menos, sino más bien con mi propia comodidad, sí con mi vocación de sibarita. Me explico, terminando secundaria, misma que hice en el Instituto Cumbres, donde también hice primaria y tercero de kínder, la opción natural de dónde continuar mis estudios era el Tecnológico de Monterrey, “El Tequito”, como se le conocía en ese entonces.

Hacia allá iban la mayoría de mis compañeros, y además por la cercanía que tenían ambas instituciones a la casa de mis padres, lo lógico era que yo continuara ahí mis estudios. Bueno, quizá lo lógico hubiera sido que yo continuara en el Cumbres, pero entonces su oferta académica sólo llegaba hasta el tercero de secundaria y pues había que emigrar a otra institución educativa. Pero dije además no al Tequito porque, además de que mis padres no podrían pagar las carísimas colegiaturas de dicho lugar, y al no contar yo con beca que me solventara alguna parte de las mismas, tres años de preparatoria me parecía demasiado tiempo y dinero, cuando en la gran mayoría de las demás instituciones sólo la cursabas en dos. Incluso mi padre, que también era maestro del Tecnológico de Saltillo, “el otro Tec”, el de la raza, el populachón, me invitó –ustedes saben lo que significa ese concepto, “me invitó” cuando tienes sólo 15 años y vives en el hogar paterno– a presentar examen en el Tec, lo cual hice e incluso lo acredité.

Todavía recuerdo la corretiza que tuve que aventarme el día en que publicaron los resultados al gritar con gran alboroto que había pasado el examen de admisión; y hacerlo y salir corriendo fue uno solo porque los alumnos de mayor edad esperaban eso para montonearlo y raparlo a uno, ya que tanto en el Ateneo como en el Tec dejarte pelón era parte de la novateada a la que te obligabas como nuevo estudiante, quisieras o no. Pero tampoco me quedé ahí por la misma razón de los tres años de estudio, y porque además no me agradaba la posibilidad de hacer una carrera técnica cuando, si bien tampoco sabía qué iba a elegir como profesión, al menos sí tenía claro que ésta última sería de corte humanista y no matemática. Por eso también presenté examen de Admisión en el Colegio Ignacio Zaragoza, examen que acredité a medias; es decir, lo acredité pero con un promedio no tan bueno que me obligaba a tomar un curso en el verano para luego volver a presentar el examen y si lo pasaba entonces sí quedarme. No quise hacer el curso de verano porque en ello se me iban las vacaciones; y finalmente terminé inscribiéndome en la recién fundada Julieta Dávila Rodríguez, la escuela que inició el Seminario de Saltillo para sus internos, pero que estaba abierta al resteo de la comunidad, y que es el antecedente del hoy Colegio San José; por una simple y sencilla razón ésta última escuela sólo tenía horario matutino, no como todas las anteriores, Ateneo Fuente incluido, donde tenías que asistir a tomar clases mañana y tarde. Sí, finalmente ésta fue la razón de que yo no haya sido ateneísta, para no ir mañana y tarde a clases. ¡Pura comodidad como les dije! ¡Desde entonces mi vocación de sibarita en primer lugar!

Yo ni danés fui, ¡pero yo debí haber sido danés! Mis padres, los dos, doña Dora Alicia y don Everardo eran maestros de dicha institución. Mi madre de matemáticas, en el temido salón 14, a ella la llamaban “La Sabritas”, por aquello de que “a que no podía tronar solo uno”, refiriéndose a los alumnos; y hacía una tercia terrible con los demás maestros del pabellón derecho del Ateneo, de los salones “pares”, donde se impartían ciencias, tercia que se completaba con “El Camarón”, Salvador Durón; y con “La Coyota”, Oscar García Rico; no en vano a esa ala le decían “El ala del dolor”. Mi padre daba clases de Apreciación del Arte, México Contemporáneo, Mundo Actual y Orientación Vocacional en el ala izquierda, los salones “nones”; pero además había sido su director, y yo hubiera podido entrar a estudiar ahí, casi, casi sin presentar examen. No sólo eso, muchos de los recuerdos que tengo de niño están vinculados a los famosos “viajes de estudio” que organizaban los estudiantes y en los que iba de responsable un maestro del grupo, casi siempre mi padre, aunque también algunas veces mi madre; y en los que se visitaban varias ciudades con el pretexto de conocerlas, pero más bien como esparcimiento. De hecho, las primeras imágenes personales que guardo en mi memoria de la Feria de San Marcos en Aguascalientes; del Festival Cervantino en Guanajuato, de Guadalajara, de la Ciudad de México, de Manzanillo, de Puerto Vallarta y de Acapulco, en ellas aparecen siempre algunos de los exalumnos de mis padres, la canción de “Danés, danés siempre yo seré; salimos del Ateneo y lo afirmamos con honradez”, cantada en carretera dentro del camión de la escuela, es más, recuerdo hasta a Willy, uno de sus choferes.

Yo no fui Danés, pero no puedo sustraerme a la celebración del 150 Aniversario del Glorioso Ateneo Fuente, cuna de nuestra Universidad y primer responsable de que Saltillo siga siendo considerada La Atenas de México. ¡Vengan 150 años más! Qué importa que yo no haya sido danés.
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