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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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13 Octubre 2016 04:00:00
¿Yo, otro Armando Hinojosa?
Que asistí a la última cena (de la semana), dije a ustedes ayer, anteayer. Que los contertulios cenábamos en el cuarto de servicio que tras décadas de enseñanza escolar han merecido del Estado el maestro K y su jovencísima maestra Agueda, setentona de las zarcas pupilas. En medio de la devastación que perpetrábamos de los tamales oaxaqueños, el maestro anunció: “El que come de mi plato será el próximo presidente de México”.

¡Y que ese eran mi primo el Jerásimo, ni más ni menos!

Repiqueteó el teléfono. Un tal licenciado Madrazo, ¡imagínense!, requería a mi consanguíneo para que consiguiera que el justiciero desempleado Virgilio Andrade limpiara la honra de cierto ladrón tricolor que deseaba disfrutar en paz del botín. “Cómo no, licenciado Madrazo. Allá voy, licenciado Madrazo.”

Como madrazo y con medio oaxaqueño en la mano salió el consanguíneo. El maestro alcanzó a despedirlo:

–¡Por ahí me saluda a los hermanitos Moreira!

Y ya ausente el Jerásimo; “Caray, maestro, protesté. ¿No pecó usted de excesivo? ¿Sucesor de Peña en Los Pinos un mediocre irredento?”

–Ningún excesivo, mi valedor. ¿Qué méritos le ve usted a uno de ellos que el otro no los rebase

–Entiendo que su consanguíneo ha pasado su vida entregado en alma, vida y corazón al tricolor.

–Pero su logro más significativo es haber llegado a jefe de manzana. Suplente.

–Y ese ni casado es, como para que la primera dama adquiera su casita y sus “depuso” en Miami –dijo ahí la tía Conchis, fanática de López Obrador. El juguero:

–Pues que habilite a su hermana Tencha chica, que ficha en El Burro de Oro bajo nombre artístico de La Princesa Tamal. ¿Para el DIF qué le falta?

Nomás me quedé pensando; tomé otros dos oaxaqueños. ¿Cero y van cuántos? El estómago, a reventar. Y del tamal, al catre.

De noche, cuando me acuesto, le rezo a la Virgen de la Macarena. Esta vez le imploré un milagro nuevo, y fue entonces, entonces fue. Esa noche soñé el milagro color de rosa, rosa mexicano. En mi sueño miré a mi primo allá, muy arriba, en toda su gloria y esplendor. A su lado, ¿quién pasan ustedes a creer? Yo, pues quién más; yo, que me administraba una Secretaría de Estado y a una secretaria a la que dejaba en estado, todo a lo impune como tantos políticos que ustedes conocen con hijos regados en un momento de debilidad. Hermanos de leche, yo con ellos compartía esa facilidad para socializar con las querendonas. ¿Qué quiénes son? Sh, que no se sepa, ¿verdad, licenciado? Ah, y la concesión de la droga en el cártel de Neza, cuando ellos ya amacizaron la del “Chapo”. No, y lo querendones que nos salieron con la Familia allá por los rumbos de Michoacán. Con el suyo erecto, su dedo, el monarca Jerásimo me apuntaba: “He aquí al orgullo de mi nepotismo”.

¿Yo allá, en mero arriba? Se me vino aquella excitación. ¿Yo, manos libres? Tensáronseme los nervios y el tamal se me frunció (el oaxaqueño). ¿Yo, contratos millonarios con empresarios agradecidos? ¿Yo, casita blanca y cuenta en euros? ¿Yo con mi “repto” en Miami, que los picados de pocho pronuncian Mayami, y la vanidad les infla los belfos? Alcancé el clímax sexual. ¡Guau! Ese ladrido que los gringos nos impusieron me despertó. ¡Guau, guau!, y la crudísima realidad, y el torzón, y el vientre hecho garras, y ardoroso el tamal (oaxaqueño), y aquel guau lamentoso de perraco apaleado. Guaau.

(Lástima).
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