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Dalia Reyes
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25 Abril 2019 04:00:00
Yo pecadora
Me gusta planchar; sin albures. Relaja mi mente el sonido posterior al disparo del agua vaporizada porque regresa el silencio de la cotidianidad, de la rutina conforme y lo reconozco so pena de verme señalada de sumisa y violentada. Es más, ya en confesiones, también me agrada si me ceden el asiento en el autobús, así no esté ni anciana, ni preñada, ni nada.

Tomar la plancha y permanecer en ese rincón cuya temperatura es más alta que cualquier otro sitio de la casa, es un acto de pertenencia; es como llenar un sitio exclusivo y personalísimo en donde nadie marca el ritmo más que la parsimonia de mirar cómo las arrugas se van a ninguna parte.

Doña Luz debió inaugurar esa sensación de seguridad. El sábado era todo de ella y su largo y delgado cabello blanco, tanto como de su llegada matutina cuya entrada marcaba el arranque de un día particularmente predecible y, por ello, tranquilizador.

Sus manos se ocupaban con dos bolsas, en una sus minúsculos haberes personales y en la otra, suficientes memines, kalimanes y rarotongas para tendernos, después de comer, todos en derredor de ella a leer las historias fantásticas y a la vez creíbles. De alguna manera las camas en esa habitación se ensanchaban para dar cabida a siete personas arrulladas por el andar parsimonioso de la plancha sobre las ropas cuyos olores a lado perfumaban la habitación hecha de adobe.

Me gusta planchar. Dejo ese acto para los momentos cuando la tranquilidad me posee y no discuto la justicia o la responsabilidad de una obligación autoasignada sin necesidad de leyes ni emolumentos; en realidad, es uno de esos castigos elegidos con trampa porque acaban por volverse un premio.

La transformación de un montón informe en la hilera distinguida de ropa lánguida; la conjunción del sol entrando por la ventana en competencia con los muchos grados de calor en el aparato; la posesión y autonomía de su manejo; el silencio; la introspección. Eso cabe en una tarde de planchar.

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