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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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11 Septiembre 2016 04:05:17
Zapalinamé: fuente de vida
“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol”. Martin Luther King. Pastor bautista estadunidense y líder activista por la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos.

El pasado domingo tuve el honor de acompañar a Jordi Bosch Bragado, gerente de Aguas de Saltillo; a doña Eglantina Canales Gutiérrez, secretaria de Medio Ambiente en la entidad; a mi general Jens Pedro Lohnmann Iturburu, comandante de la Sexta Zona Militar, y a don Ricardo Villarreal Dávila, extraordinario saltillense y presidente del Comité Ciudadano de la Sierra de Zapalinamé a la siembra de mil 200 árboles en dicho lugar.

La cantidad en comento de árboles que se sembraron no es casualidad, ya que simbólicamente representa el número de facturas electrónicas emitidas por Aguas de Saltillo y por lo tanto la cantidad de papel que ello representa. Además, con lo hecho, se busca igualmente implementar un “muro verde” que proteja nuestra principal proveedora de agua para el consumo humano de la ciudad; y que también evite el avance de la mancha urbana, así como la eventual
desaparición de todo lo que de vida representa nuestra icónica zona montañosa. En dicho del entrañable Jordi, las aguas de Zapalinamé son aguas nuevas, que constantemente se están reabasteciendo y sólo de quienes aquí habitamos depende seguir fomentando dicho reabastecimiento, o dejar que las mismas se agoten.

Sin estar preparado, fui invitado a dirigir unas palabras a los asistentes a dicho evento, constituido principalmente por la sociedad civil representada en el entusiasmo de jóvenes de distintas instituciones educativas de la localidad, así como por conscriptos que buscan liberar su cartilla militar, y por supuesto, integrantes de nuestro respetable Ejército nacional; los cuales, TODOS, colaborarían con dicha siembra de pinos piñoneros, y a quienes les comenté, entre otras
cosas, que en primer lugar Zapalinamé representa mucho para el sureste de Coahuila, no sólo desde el punto de vista ecológico, sino incluso histórico y mitológico, en términos de lo hecho por el caudillo indígena de quien tomó su nombre, y que resistió siempre –hasta el grado de preferir la muerte– la esclavitud impuesta por el conquistador a los primeros pobladores del hermoso Valle del Saltillo. Hecho que se narra en la leyenda del mismo nombre, recopilada por
don Juan Marino Oyervides Aguirre, en su libro Relatos y Leyendas del Saltillo Antiguo.

De igual manera les dije que, contrario a lo que muchos pareciera que piensan por las absurdas actitudes asumidas en contra de la madre naturaleza, el planeta tierra es un recurso NO renovable. Y lo anterior no es un barbarismo, ya que se habla hasta el cansancio de los materiales renovables y no; pero a ratos se nos olvida que el ÚNICO planeta con vida de los descubiertos por el ser humano es este, y que insisto, al menos por ahora ¡No es renovable!

Planeta al que debemos cuidar también porque es el único que tiene mujeres, libros, comida, cerveza y lucha libre. Recordando de igual modo que sólo 1% del agua del planeta es apta para el consumo, y cualquier acto encaminado a mantener ese 1%, es una apuesta por la vida y por la preservación de TODAS las especies.

Cierro mi mensaje con aquel proverbio indio que señala que la tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos; frase que a su vez me recuerda aquel grito que mi abuela doña Catalina Gómez Salinas pegaba cuando se daba cuenta de que llevaba ya mucho tiempo yo en la regadera de pequeño, al tenor de “¡¿Cuánta agua vas a dejar para tus hijos, Josesito?!” Y que me obligaba, entre apenado e incómodo, a salir apuradito del baño.

Una de las frases que por cierto para mi gusto se llevó el evento, fue la cita con la que presentó la secretaria del Medio Ambiente a don Ricardo Villarreal Dávila, hombre que se ha preocupado por muchas cosas a favor de la comunidad, siendo desde mi punto de vista el más importante precisamente el resguardo ciudadano del amado gigante dormido. Diciendo doña Eglantina a los jóvenes presentes un hermoso oximorón al referirse a don Ricardo como “…ese
joven al que quisiera parecerse ella cuando fuera grande, y al que deberíamos TODOS los presentes aspirar a ser, igualmente cuando creciéramos…”; pasando, acto seguido, precisamente a plantar los dos árboles que nos correspondían, y donde nuevamente me di cuenta por segunda vez en el día –la primera fue cuando subí la cuestita que me llevaba al lugar del evento– de que mi condición física es tan mala, que no da ya ni para hacer un par de hoyos.

Al final del evento, platicando con algunos de los presentes, señalé lo dicho en otro proverbio, ahora chino: “El mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años, el segundo mejor momento es ¡Ahora! Algo que claramente ya sabía aquel viejo sabio loco del poema de Marcos Rafael Blanco Belmonte cuando responde al pequeño que le cuestiona por qué cual demente sembraba: “Siembro robles y pinos y sicomoros; quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros que darán estas plantas,cuando yo muera…”
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