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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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11 Febrero 2017 04:00:00
¿Zorro, Peña?  ¿Peña, león?
Tal debe ser el político, según Maquiavelo. En su profesión, el político debe transformarse en zorro y en león. El zorro no puede protegerse de los lobos, como tampoco el león de las trampas de los cazadores, pero el zorro sabe eludir las trampas y el león no teme a los lobos. Ambas características debe aunar el político. Y vaya que en ese terreno sembrado de trampas  merodean los lobos. ¿Zorro, Peña? ¿Peña, león? ¿Los miembros de su Gabinete? ¿Los gobernadores, rapaces ante los dineros públicos?

Un hito marcó Nicolás Maquiavelo en la ciencia política. Algunas de sus tesis tal vez ya sean prescindibles en países como Suecia, Islandia y Noruega, pero no en el nuestro, donde, según denuncian sus hechos, pocos políticos parecen haber leído al florentino. ¿Un “devorador de libros” como es Peña? ¿Los demás? ¿Gobernadores del calibre de Yarrington, Duartes, Borge, Rodrigo Medina y Alejandro Murat, tal como son en el ejercicio de la política? ¿Cuánta teoría sobre el oficio tendrán tantos, y moral personal como para ocupar una gubernatura, una senaduría o una diputación? De algunos políticos, como Manlio Fabio Beltrones o el sobrevaloradísimo Luis Donaldo Colosio, se sabe que sustentaron sus acciones públicas en El Arte de la Guerra, de Sun Tzu, y algunos más en El Príncipe, del citado Maquiavelo, pero los demás, repito.

Para el florentino existen dos modos de combatir: con las leyes y con la fuerza. La primera es característica del humano; la segunda, de la bestia. La primera no siempre es suficiente, y entonces hay que comportarse como irracional. Ejemplo son los héroes mitológicos (Jasón, Aquiles, Belerofonte y otros más) que  fueron educados por el centauro Quirón, su cabeza de humano y de equino el cuerpo. Tal es el símbolo del político, que debe participar de ambas características: la fuerza  y la inteligencia, porque una sola no subsiste sin su complemento. Maquiavélico.

“Quien es elegido príncipe con el favor popular debe conservar como amigas a esas masas sociales que lo llevaron al poder”. ¿Leyó alguno de ellos o alguien le leyó la siguiente observación del florentino? “Si el partido principal, sea el pueblo, el ejército o la nobleza, que os parece más útil y más conveniente para la conservación de nuestra dignidad, está corrompido, debéis disculparlo. En tal caso, la honradez y la virtud son perniciosas”. (Válgame).

Al modo de los médicos buenos, que junto con la práctica de su profesión se perfeccionan con el estudio de la teoría y nunca terminan de aprender, así debería ser el caso de un político de carrera, afirma el autor de El Príncipe. Los profesionales de la política que manejan la administración pública del país cuánto conocerán de esa teoría indispensable para el oficio de gobernar.

Maquiavelo se compara con el  pintor. Así como aquellos que dibujan un paisaje se colocan en el llano para apreciar montañas y para apreciar el llano trepan a la montaña, así un ciudadano común, como se considera el florentino, desde el llano intenta conocer la naturaleza del político, el cual, desde su eminencia, está obligado a conocer el llano. ¿Pero eminencia un político mexicano? Al inaugurar un puerto marítimo, Calderón regañó al titular de Comunicaciones: “Ese letrero quedó muy chiquito, ¡eh! ¡No exagere, hombre! Ese parece un permiso de taxi, digo, ¿no? Pa´l puertón tenemos un letrerito. Tampoco”. Por cuanto al hombre de la casa blanca, en la Feria del Libro de Guadalajara exhibió su ignorancia cerril en terrenos librescos.

Mis valedores: ¿Zorro, Peña? ¿Peña, león? (Uf).
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