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hace 6 días
Yanireth Israde

Un rincón olímpico

Reforma

El despacho del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, resguardado por su familia, preserva el acervo más completo de los Olímpicos de México 68.

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Cada pieza olímpica que conservó el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, por minúscula que sea, alumbra un aspecto de la justa de México 1968. Y la colección entera señala el trayecto de un evento que destacó también por su ambicioso programa cultural, sin paralelo en la historia de los juegos, como ha expuesto la investigadora del INBA Gabriela Torres.

Carteles, documentos y fichas de registro —de atletas o de jueces para acceder a las instalaciones—, así como gafetes, juguetes populares, diseños y medallas, entre otros testimonios, integran el acervo más completo dedicado al certamen deportivo, inaugurado en un día como este viernes, de hace 50 años.

Lo resguarda Javier Ramírez Campuzano, hijo del fallecido arquitecto (1919-2013) que fungió como presidente del comité organizador.

Mientras el programa deportivo lo definieron las federaciones, el cultural Ramírez Vázquez lo forjó abrevando de la cultura mexicana ancestral, a la vez que incorporó a creadores contemporáneos, como Juan José Arreola, Rufino Tamayo, José Revueltas, Juan García Ponce, Guillermo Arriaga y Amalia Hernández, entre otros.

El calendario cultural y las expresiones que albergó convocaron a seis millones de personas, refiere Ramírez Campuzano, también arquitecto: prácticamente toda la población capitalina, de acuerdo con datos del INEGI que indican para 1970 la cifra de 6.9 millones de habitantes.

A propósito del 50 aniversario del evento deportivo, REFORMA ofrece un panorama de esta colección, reflejo del doble principio que guió los empeños de Ramírez Vázquez: funcionalidad y dignidad, destaca su hijo.

"Si había que hacer un Museo de Antropología, resultaba un museo funcional a la altura de la dignidad de nuestro País. Lo mismo el Estadio Azteca: a la altura de la dignidad del deporte del fútbol, y la Basílica de Guadalupe, a la altura de la dignidad de la fe que tenemos los mexicanos", refiere sobre las obras arquitectónicas de su padre.

Ramírez Vázquez emprendió en 27 meses una labor que hoy reclamaría 7 años y que pervive medio siglo después, no sólo en la infraestructura olímpica o en las esculturas monumentales de la Ruta de la Amistad, sino también en los recuerdos o souvenirs con resonancias huicholas —las banderolas eran ojos de Dios con el logotipo de México 68—, el influjo de los juguetes típicos mexicanos o el jaguar rojo de Chichén Itzá, desarrollados por el arquitecto Manuel Villazón, jefe de diseño y exposiciones del comité organizador.

Otros objetos, como un cenicero con compartimento para deshacerse de las colillas, expresan una conciencia ecológica adelantada a su época.

"A eso no se le ha dado crédito; todo dependió del arquitecto Villazón y eran productos visionarios", destaca Ramírez Campuzano.

Además de preservarlo, el arquitecto investiga el archivo de su padre, con hallazgos documentales que, entre otras cosas, confirman a Ramírez Vázquez, asegura, como autor del logotipo de las Olimpiadas de 1968, que se atribuye el diseñador estadounidense Lance Wyman.

Es el caso de una minuta de 1966 de la sección de actividades culturales y artísticas del comité, que expone la necesidad de reforzar al equipo de diseñadores de Villazón, tarea encomendada al arquitecto Eduardo Terrazas, coordinador artístico, y una carta de 1968 que Wyman dirige a Print Magazine y en la que reconoce que Ramírez Vázquez concibió el diseño gráfico de los juegos.

"Todas las personas que vinieron merecen su crédito, aportaron, pero eso es distinto a que nos vinieran a enseñar. Wyman supo desarrollar, pero tenía, en términos de fútbol, un marcaje personal. Una cosa es venir a ejecutar, y otra a concebir. La concepción (gráfica) fue hecha 100 por ciento por mexicanos. Ramírez Vázquez tenía el talento de coordinador talentos".