Eran las 9:00 horas y el caudal de emociones se mantenía en una sola dirección, en el 128 de la calle San José, de la colonia San José de Flores, en donde Dixie, la estudiante de 17 años, diera sus últimos pasos un 6 de noviembre.
“La vamos a extrañar, la verdad siempre fue una persona agradable que no tenía problemas con nadie”, mencionó Dulce Medellín Reyes, una de sus compañeras.
Una nube de tristeza emanada por los más de 50 estudiantes de Medicina de la UVM cubrió por completo aquella escena de dolor que se estaba gestando.
La puerta del 128 se mantuvo cerrada por un momento; la señora Deyanira Martínez Riojas estaba ahí, sentada en una silla en el área de la sala, fijando su mirada en una fotografía, era su pequeña de 17 años que le sonreía.
“Buenos días, pásenle y muchas gracias por apoyarnos, ya que son ustedes (los medios de comunicación) los que estuvieron siempre con nosotros”, dijo una madre desconsolada a Zócalo Saltillo.
Pasaban los minutos y las batas de médicos seguían llegando, aquellos alumnos de primer semestre de la UVM no podían faltar a darle el último apoyo moral a la mamá de una de sus compañeras.
“No quiero hablar, prefiero guardarme lo que siento”, argumentó una de las estudiantes.
Los abrazos se fundían en uno solo, como queriendo expulsar el difícil momento que estaban pasando todos y cada uno de los presentes, pero no, pues sabían que ese sentimiento quedaría tatuado por siempre en sus vidas.
SE APAGARON LAS RISAS
Eran sus mejores amigos, con los que convivía a diario y con los que mantenía una relación entrañable, por eso, sentados en una de las bancas de la cochera de una casa, a sólo tres de la Dixie, soltaron en llanto.
“Estar con ella era excepcional, la verdad que era una persona muy alegre”, mencionó Luis Ángel Espinoza.
Una plática extraña, de esas en donde se combinó la alegría con el llanto, pero se detienen, ninguna de las dos sale, pues recuerdan al padrastro de Dixie, Óscar Zapata Villalobos, aquel hombre que la mantenía en un acoso constante.
“Nos dijo que se iba a ir de la casa porque ya no aguantaba a su padrastro, pues no le permitía hacer nada y ya lo tenía harta”, argumentó Luis Ibarra.
Mientras uno de ellos pone sus manos en su rostro, Lizbezy Herrera cuenta que el padrastro la mantenía en rigor, ya que en ocasiones este sujeto los amenazaba y les aventaba el carro. “Luis fue amenazado, de hecho le dijo que si se acercaba a ella le iba a pegar”, indicó.
Su voz cayó, estos tres mosqueteros fueron tomados por una de sus madres, pues dio el aviso de que en unos minutos el cuerpo de Dixie iba a llegar hasta el domicilio.
UN CAMINO DE DOLOR
Habían pasado cinco horas desde que la casa de la señora Deyanira se llenó de lamentos, de tristeza, pero sobre todo, de apoyo hacia una familia hundida en el dolor; eran las 13:15 horas.
Una valla de sur a norte se formó en la avenida principal de San José de Flores, las batas blancas, los amigos de la tarde y los vecinos que sintieron alguna vez la simpleza de los actos de Dixie, estaban ahí, con una rosa blanca para darle el último adiós. Las 13:20 horas y una carroza de Funerales Martínez llegó hasta la colonia y, a paso lento, se formó un camino de dolor, aquel que acompañó por última vez a la joven de 17 años.
“¡Entre tus manos… está mi vida Señor!”, eran los cantos que se elevaron hasta el cielo y que enviaban a Dios una plegaria. Así, el camino terminó y en el número 128, una madre se encontraba en la puerta, a la espera de que su hija regresara a casa como alguna vez lo imaginó.
“¡Mi hija! ¡No, Señor!”, eran los gritos acompañados de lamentos, pues en ese momento las puertas de la carroza se abrieron y de ella un féretro de color rosa bajó.
Por la puerta, en la misma que una vez saliera su hija para decir el último adiós, entró Dixie Deyanira, mientras el sollozo de una madre acompañaba su encuentro.
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