Saltillo, Coah.- Como cada año, Petra y su esposo Dionisio llevaron a su familia a la peregrinación en Real de Catorce. Nunca se imaginaron que sus plegarias serían por cientos de personas que terminarían sus vidas en su regreso.

Transcurrían los primeros días del mes de octubre de 1972 en una época electoral, la eventual llegada del invierno y el clima templado que caracterizaba a la ciudad como contexto.

No existe ningún santo que sea tan popular como San Francisco, tanto entre católicos como protestantes, e incluso entre los no cristianos, y por esta región no es diferente. Petra Moreno Olaes y Dionisio Aguirre Mancillas siempre han “estado muy metidos en las cosas de Dios”, y aquel viaje no lo cambió.

El peregrinar así era una costumbre. Un amigo de su familia, Jonás, era mayordomo o coordinador de los viajes a Real de Catorce, él fue quien los invitó.

Se fueron a anotar con la suegra de Jonás, eran muchos. Al principio iban solos, pero en esta ocasión ella invitó a su suegro y se unió toda su familia, cuñadas, concuñas, sobrinos, primos.

“Duramos bastantito tiempo yendo. Yo a veces con un niño en brazos y esperando el otro. Subíamos la cuesta, mi esposo cargando las maletas y un niño de la mano y el otro cargado. Así subíamos. Los que podían caminar cargando maletas también, o con la tina de los trastes, porque ahí hacíamos comida y todo”, dijo.

Salieron de Saltillo el 2 de octubre por la madrugada. Tres de sus hijos se quedaron en Saltillo, pero además cargó con dos sobrinos de su esposo y otros tres de ellos. Se fueron a quedar a la estación a esperar el tren de Monterrey.

Todo fluía con normalidad. Llegaron, subieron la cuesta y el mayordomo, que también era el presidente del grupo, tenía ya destinada una casa donde se instalaron.

Estuvieron en Real de Catorce hasta el día 5 de octubre, cuando bajaron. Ese día, desde muy temprano hicieron las maletas. El clima era menos frío que de costumbre.

Los hombres tenían la costumbre de que se juntaban y se iban a echar la copita. Como una hora antes de que llegara el tren, su suegra, de unos 60 años, les decía que se quedaran.

En ese momento llegó su esposo, que se sentó sobre el zacate, donde esperaban, y hablaron sobre esa posibilidad, pero el problema sería en dónde se quedarían. Estaban acostumbrados a que cuando no encontraban dónde dormir, lo hacían en la plaza del pueblo, pero finalmente decidieron partir. “Pasábamos por la iglesia y, ya cerrada, nos despedíamos”.

Luego de amarrar las maletas se dispusieron para el regreso, que muchos ya no vieron. El tren llegó a esa estación alrededor de las 7 de la tarde. La gente comenzó a correr para echar las maletas por la ventanilla y luego subir a los niños. No sabían que estaban por vivir un trágico e inolvidable acontecimiento.

El tren llegó a Vanegas. Siempre se paraba ahí, pero esta vez se paró por más tiempo. Decían que estaban revisándolo, el tren ya venía mal. “De ahí para acá, el tren ya se vino fuerte, fuerte”, recordó.

Petra, su esposo, sus dos sobrinos y sus hijos se acomodaron en dos asientos del primer carro del tren. No supieron en dónde habían subido los familiares de su esposo, por lo que decidió buscarlos. Venían llenos los estribos de todos los carros.

Su suegro llegó y les dijo que todos se fueran al carro en el que ellos venían, donde ya les había apartado unos asientos. Los niños ya estaban dormidos para entonces y, como el tren iba muy fuerte, prefirió permanecer en ese sitio.

“En el túnel siempre se tardaba para pasarlo, pero esa vez has de cuenta que no se tardó nada, porque así salió. De ahí para acá comenzaron a caerse maletas y jarros de melcocha y todo lo que traía uno”, dijo Nicho.

VELOCIDAD "ENDEMONIADA"

“Pasando Agua Nueva, llegando a La Colorada, me asomé por la ventanilla y hasta salían bolas de lumbre. Toda la gente estábamos asustados”, señala Petra.

Los señores que vigilaban pasaban brincando a los pasajeros recostados en el suelo. El nerviosismo era evidente.

A decir del matrimonio, cuando llegó a La Colorada, al dar vuelta el tren, casi se acuesta, pero logró mantenerse sobre los rieles. Lo mismo pasó en varias ocasiones, hasta que sucedió ya en Puente Moreno.

Luego del estrepitoso choque de unas láminas unas sobre otras, el silencio invadió aquellos minutos que parecían una eternidad.

“Si hemos llegado al puente pues qué nos queda. Hubo como media hora en que ya no escuché nada de ruido, ni siquiera el llanto de los niños. Como que me desmayé, pero al tiempo de que volví pensé que sólo yo estaba viva. De pronto Nicho me hablaba y le dije que estaba atorada”, comenta.

Quedó muy separada de su esposo, quien sólo alcanzó a agarrar uno de los niños y ella a su hija de más pequeña. Su brazo había quedado atrapado. Casi toda la parte interna de su brazo y antebrazo le recuerdan a cada momento aquel día. El cristal de la ventanilla lo había rebanado.

En el mismo espacio varios pasajeros quedaron atrapados como ella, entre ellos un músico y uno de sus primos, pero Petra es la que estaba más abajo.

Petra no se podía poner de pie. Preguntó a su esposo por los niños con desesperación. “Yo sentía que la niña me estiraba de los cabellos, no podía ver, pero la comencé a tocar y noté que sus piernitas estaban enterradas y comencé a escarbar con la mano que me quedaba libre. ‘Llévatela’- le dije-, ‘ya la saqué’. Ya no abrí los ojos porque recibí muchos golpes en la cara”. Al niño le cayeron unos fierros, se le quebraron las dos piernas. Nicho estaba bien, no le pasó nada de cuidado, más que unos cuantos rasguños.

“Le dije: ‘corre viejo, corre y llévate a los niños’. Uno de los sobrinos le gritaba: ‘no deje a Petra, sáquela porque ya se están quemando’”, recordó Petra, tratando de evitar que las lágrimas se le escaparan.

Y es que ya alcanzaba a escuchar el “zumbido” de la lumbre” y seguía sin poderse liberarse. Con la voz entrecortada, escondiendo la cara con los ojos cristalizados, recordó cuando le pedía a su esposo que la dejara.

“Tráiganme un talache”, gritaba Nicho en esos instantes pero sin respuesta. Parecía imposible que se moviera el carro para sacarla. Entre la gritadera de la gente, Petra escuchó la voz de un señor, ya de edad, que le preguntaba “¿Estás atorada?”, le respondió que sí, y esa voz siguió, “¿pero de dónde?”.

Después sintió la mano libre. “Le agradecí, pero él dijo, ‘que vengan rápido y te lleven, déjame ver qué puedo hacer’, cuando mi esposo entró ya no había nadie”, dijo.

Ya fuera del vagón, ella sólo sentía que algo le colgaba en el brazo y Nicho le enredó su camisa. No tenía dolor, pero se estaba desangrando. Inmediatamente, un taxista la trasladó al Hospital General de Zona Número 1 del IMSS.

Aun cuando llegó pudo darles todos sus datos personales. Estaba débil, y hasta ese momento no había perdido el conocimiento. Después de eso, pasaron unos 5 días hasta que volvió en sí.

De la familia de Nicho todos murieron, excepto los que iban en el primer carro con Petra y su esposo. Eran 12, y la mayoría no fueron encontrados. Una de sus hermanas estaba embarazada y quedó prensada por el vientre. Ella todavía duró tres días en el hospital, pero no soportó. Uno de los sobrinos, de unos 14 años, con el movimiento fue expulsado hacia afuera del tren y fue decapitado por uno de los cristales de las ventanillas.

LA INTENSIDAD DEL DESASTRE

Nicho no se había dado cuenta de la intensidad del hecho. Luego de ese fatídico día, mientras Petra luchaba por su vida en el hospital, no había quien se encargara de sus hijos. Su madre se dedicó a ellos.

Él estaba “ido”. Su vida en aquellos días se reducía a un pequeño catre que habían puesto en la sala de su casa.

Cuando Petra volvió en sí, apenas pudo ponerse al tanto de la situación de su hijo, y de su propia salud; en cuanto se enteró de la muerte de su familia política, desmayó y volvió a entrar en coma.

En esa casa todo era un duelo. Cuando finalmente Petra despertó eran como las 6 de la mañana. La enfermera dijo que era posible que cortaran su brazo. Había pasado mucho tiempo y el olor ya era nauseabundo. Finalmente se lo salvaron, se regeneraría el tejido con injertos.

Luego acudió al entonces Hospital Saltillo (hoy Hospital Universitario), donde le realizaron dicho procedimiento. Casi tres meses después, poco antes de la Navidad, ya estaba casi restablecida; pese a todo, hoy lleva una gran cicatriz que todavía le duele en lo hondo.

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