Doña Crucita Medrano, es el símbolo de la fortaleza, la lucidez, las ganas de vivir y en algunos aciagos momentos, también de morir. Con una quebradura de cadera, su abatido organismo permanece sin poder incorporarse de la cama; si la sientan, puede quedarse así si no se procede a cambiarla de posición, pues las fuerzas que tiene no son suficientes para cambiar de postura.
Para sacarla de la cama y llevarla a un sillón, es necesario cargarla, ya que tiene varios años que no puede caminar, desde su caída que le llevó a ser operada de la cadera y a quedar a expensas de que sus hijos la muevan de un lado a otro.
Está al cuidado principalmente de su hija Ernestina, la única mujer de los cinco hijos que tuvo, que a pesar de tener tres años luchando contra el cáncer, con varias cirugías y recibiendo quimioterapia mensual, algunos de los días malos se levanta de la cama literalmente a rastras para poder atender a su querida madre y se olvida de sus dolores físicos, aunque a veces la náusea la trae de su cuenta, para ofrecer una cara libre de sufrimiento a su progenitora.
Su frágil estómago y la falta de dientes le permiten sólo “comer” alimentos licuados, aunque a veces un caldito con verduras cortadas en trozos muy pequeños, le hace la lucha y puede ingerirlo, sin que pase por la licuadora. Así como leche y atoles, a través de un popote.
Recibe con agrado la visita diaria de su hijo Jaime, que apoya al sostén de su madre, pues la exigua pensión de su esposo fallecido, ya no alcanza.
La lucidez de esta mujer nonagenaria sorprende a propios y extraños, a pesar de que hace tiempo perdió la vista en su ojo derecho y es muy débil en el izquierdo, puede reconocer a quienes ve menos seguido, como bisnietos que al vivir en otra ciudad, de cuando en cuando acuden a visitarla.
La memoria que le ha acompañado siempre le sirve para que cada noche, después de rezar todo el rosario, pide bendiciones para sus hijos, para sus nietos, bisnietos y dos tataranietas, llamándolos a todos por sus nombres, y si se le pasa uno, le pide ayuda a su hija que la acompaña en el rezo. Sólo así queda en paz para dormir y dar por terminado el día.
Durante el día se la pasa viendo televisión, tiene algunas novelas preferidas, y extraña enormemente el andar de un lado a otro, como siempre fue su vida, llena de actividad, atendiendo a los hijos, a los nietos, visitando a sus hermanas, haciendo el mandado, acudiendo a la Alianza, todo en su natal Torreón, donde sigue residiendo.
Ni qué decir del bordado o el tejido, hace muchos años que sus dedos y su vista ya no le permitieron ocupar tiempo “libre” mientras veía algún programa de televisión o se sentaba a descansar después de hacer su quehacer en la pequeña casa que dejó a un nieto, porque ya no podía valerse por sí misma para ocupar un espacio en la casa de la menor de sus hijos.
Se mortifica al darse cuenta de los problemas que enfrentan sus hijos, ya sea de salud o de dinero, los hace suyos, como buena madre mexicana que es. Y todavía, hace tres meses, pidió a sus hijos que la llevaran a Ciudad Acuña para ver a su primogénito Pedro, que no puede viajar por cuestiones de salud, y al que su corazón le grita ir a ver cómo está, y así, viajó en transporte más de nueve horas, con el organismo abatido por el cansancio que le sacó lágrimas en un viaje que parecía interminable, pero llegó a ver a su hijo con quien convivió por casi dos semanas, y donde la compañía fue recíproca para él y sus hermanos.
Las charlas olvidadas hacía muchos años, volvieron por las noches antes de dormir, recordando vivencias de años de la infancia, de la adolescencia, recuerdos felices y también dolorosos, siempre presente el hijo que partió temprano al viaje sin retorno, Guillermo.
Regresó a Torreón con el corazón henchido por volver a ver a su hijo, a sus nietos, bisnietos y tataranietas. A la rutina de los días que pasan, de la cama al sillón, de las telenovelas y de las visitas de sus seres queridos, y de las suyas al hospital.
Le agradece a Dios por toda la vida vivida, por la felicidad de tener a su familia, y también le pide un rinconcito en el cielo, para cuando le toque partir.
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