Esa intelección siempre ha acompañado a Monterrubio, una que conduce naturalmente al cine o a las artes visuales. Monterrubio eligió en principio el camino de la música, un camino que de todos modos terminó por llevarlo al cine.
“Realmente una de las cosas que más me gustaba cuando era niño era ir al cine. El cine era un día especial. Después la música me llevó a trabajar con gente de cine, gradualmente empecé a empaparme de todo el asunto de la producción. Pero no lo fui pensando. Mientras estaba estudiando música en Los Ángeles, de pronto terminé en el staff de un documental y a partir de allí empecé en el cine”, afirmó el cineasta.
Aunque el tránsito parece casual, en términos prácticos, está tamizado por un cúmulo de conocimiento, una búsqueda. El puente se tejió con inquietudes que surgieron en el músico y que afloraron con especial magnitud en el cineasta.
“Fue por la música. Ahí me di cuenta de la proporción, del brillo, la profundidad, los planos. Me di cuenta que todo esto está representado en un cuadro, en un edificio. La música me abrió las puertas para observar el arte, y el cine se me presentó como un canvas que contiene muchas artes, que tiene esas mismas proporciones desde distintos registros artísticos”, reflexiona Monterrubio.
EL DETALLE
Aunque la presencia del detalles es fundamental (lo escribe Walter Benjamin: el poder reside en los detalles), también es sutil. Requiere un esfuerzo del espectador, requiere condiciones que lo lleven al detalle. Para Monterrubio, la condición que hace más presente al detalle es la sala de cine.
“El click para mí del cine es lo oscuro de la sala y la pantalla. Eso fue lo que me jaló a estar pensando en películas, a imaginar todos los procesos. La sensación de estar metido en otro mundo, esa oscuridad como la antesala de un viaje a otros lugares. Esa experiencia que sólo te da la sala. Yo por eso no tengo películas en DVD, para mí el cine se ve en la pantalla grande.
“Creo que la experiencia de la sala le agrega mucho a la sensibilidad. Como la gente entra a un templo religioso que le impone respeto, así entro yo a la sala cine”, pondera el cineasta.
HOMBRE DE CINE
Hubo un tiempo en que los cineastas ganaban esa distinción porque se involucraba a fondo en cada proceso de la producción cinematográfica. Chaplin, Eisenstein, Welles fueron esos casos. Hoy, los directores evitan la edición; los productores sólo ganan ese mote por financiar; pocos actores toman interés real en ese proceso.
Para los jóvenes cineastas no hay otro camino que el de ser polifacéticos y entrarle a varios ámbitos de la producción, particularmente para economizar. Ese es el caso de Monterrubio, aunque ahí hubo también la curiosidad de aprender, el gozo de hacerlo y porque su idea de director es integral.
“Gozo todos los procesos. No ves los procesos como un problema, sino como una tarea a llevar a cabo para llegar a la satisfacción. Aunque la tarea misma es satisfactoria porque te das cuenta de que sabes cómo hacerla y te sientes seguro, y esa seguridad va fijando tu rumbo hasta el final del trabajo”, dice.
Asimismo, ese involucrarse en diversos procesos genera un diálogo estrecho con otros entusiastas del cine. Se crea una red, una comunidad. Eso ha provocado que Monterrubio sea muy considerado entre otros cineastas. Ahora, por ejemplo, trabaja como productor en “Amor Ley”, película de Erick Garza.
“Siempre de una película se deriva otra película u otras dos, porque la gente aprende, ve y después piensan ‘yo también puedo hacer una película’. Por eso el cine latinoamericano va creciendo cada vez más. Aprende uno desde las maneras de trabajar con un actor hasta procedimientos de dirección, de producción, de gente que sabe resolver problemas.
“En las películas siempre tratamos de invitar a gente apasionada con el cine, que conozca la historia. Si alguien no te pregunta por la historia, no es la persona indicada: no va a estar pensando en las atmósferas emocionales que necesitamos. Necesitamos un entusiasmo compartido”, aseguró.
EN MOVIMIENTO
Dentro de todos esos procesos, desde luego, Monterrubio tiene sus preferencias. El que más repudia tiene poco que ver con la ejecución misma: el solicitar financiamiento, un paso necesario, también el más difícil. Por otro lado, contrario a lo que se creería, su favorito no es la dirección.
“Lo que más disfruto de todo el proceso es actuar. Es como bailar. La historia es la música que nos dan y la interpretación es el baile. Vives un momento aparte de tu historia, como en el baile. Realmente vives estos momentos, no los estás captando para después recrearlos y construirlos en la producción. Para un director casi todo está puesto en función de cómo va a trabajar el actor”, reconoce.
Otro proceso necesario para Monterrubio consiste en nunca detenerse. Un proceso no sólo para efectos creativos, sino incluso emocionales. Un proyecto nuevo salva al corazón de anclar los sentimientos en la buena experiencia previa.
“A mucha gente le afecta mucho terminar una filmación; a mí también, pero me salva que ya estoy imaginando otra historia, ya estoy en otros proyectos. Te acostumbras a mucha carga de trabajo, a mucha actividad de muchos días y de repente, nada. Eso te afecta físicamente y emocionalmente.
“Pero quiero pensar que impera la satisfacción de saber que el trabajo está listo, que cuando se proyecta la película ya no puedes hacer nada. Haces una evaluación pensando en lo próximo, y luego ya la disfrutas como público”, aseguró.
Así, podemos afirmar que las reglas de Monterrubio para hacer cine son, primero, resolver las tareas sin predisponerse a la dificultad; entender cada proceso como una experiencia de conocimiento; gozar cada proceso; el otro consiste en fincar en un equipo de trabajo un entusiasmo compartido y mantener la mira siempre en el próximo proyecto.
Esas reglas tienen su comprobación en un hecho: que la película sea reflejo de su creador.
“Siempre me inclino hacia, a veces, dar un mensaje de justicia o de aceptación y tolerancia entre la gente. Tiendo a que mis personajes alcancen la felicidad, demostrar el valor de ser humilde para ser feliz, de esa búsqueda en medio de la tragedia. Me he dado cuenta de que lo pongo en los guiones sin querer”.
Para Monterrubio la felicidad se llama cine. Él es una construcción más derivada de sus películas.
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