Saltillo, Coah.- Hasta antes de las 10 de la noche, el 5 de octubre de 1972 era un día de fiesta. Antonio de la Cruz disfrutaba una reunión social sin pensar que, tan sólo en unas horas, la percepción que tenía de la vida cambiaría.

Ya entrada la noche llegó un hombre corriendo. En su cara se reflejaba la angustia. Antonio le preguntó qué le ocurría, y éste informó sobre la caída del tren en Puente Moreno y sobre las proporciones del accidente.

No lo pensaron dos veces. Algunos amigos de Antonio y él se subieron en una pick up y de inmediato se fueron al lugar de los hechos.

En esa época don Antonio tenía 19 años, estudiaba Contaduría en una escuela del centro de la ciudad, pero ya se interesaba en el campo del periodismo, profesión a la que se dedicaría toda su vida.

Un estruendo en Puente Moreno le avisó al hombre desconocido sobre la caída del tren de peregrinos.

Al llegar a Landín, se internaron hasta el lugar de los hechos por terracería. Llegaron a la zona cero después de las 11:30 de la noche.

Las dimensiones de la tragedia eran descomunales. Venían 20 vagones, un cabús y dos máquinas arrastrando los carros.

“Venía el tren chorreado, sin gobierno, no obedecieron los frenos. Y los vagones venían atestados de gente”, dijo Antonio.

“Las imágenes fueron dantescas, horripilantes, fue una tragedia que aún persiste en mi memoria. Me cambió la vida, yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo”, comenta.

Por dondequiera que pasaran se escuchaban los lamentos, que no frenaron a la rapiña y el saqueo.

Entre la oscuridad, el lodo, la sangre, las láminas y cuerpos destrozados se mezclaban las mamilas, cajetas y obleas tradicionales de ese viaje de peregrinos.

“Ahí fue cuando me desmayé por primera vez”, recuerda Antonio, “después de ver brazos, piernas por todos lados y los heridos”, pero se levantaba con el afán de ayudar a aquellas personas necesitadas.

Escuchó el llanto de alguien que se encontraba muy dentro de los vagones, se trataba de un menor de meses. Alguien le decía a lo lejos que ya no arriesgara más su vida, pero junto con otros amigos entraron para sacar a los heridos.

Finalmente pudo sacar al bebé, que salió ileso. En cuanto pudo salir, toda la gente que estaba al pendiente aplaudió. “Salvar una criatura es algo que nunca voy a olvidar, aunque no sepa ni quién fue”.

No había mucha luz, era difícil distinguir sin ayuda de una linterna, pero pudo escuchar que alguien lo llamaba por su nombre.

Se trataba de su tía Gregoria de la Cruz. Ella estaba agonizando y reconoció su voz. Murió en el regazo del estudiante que ese día, sin proponérselo, se convirtió en un ángel para los atrapados en los furgones.

SONRIÓ Y MURIÓ

Al lado de Gregoria se encontraba una pequeña niña que aún estaba viva, “me miraba, la levanté en mis brazos para depositarla en una camioneta, sonrió conmigo y murió”.

Mientras la cargaba al salir de aquel despojo del tren fue captado por el lente de Héctor García Bravo y es, hasta hoy, una de las imágenes que describen con mayor claridad aquella noche. El gesto de Antonio, con la niña en sus brazos, reflejaba la impotencia que sentía de ver tantas personas que necesitaban ayuda, y tener sólo esos dos brazos.

Esta imagen llevó a Antonio a ganarse el respeto de autoridades y la ciudadanía, como el “representante” de todos aquellos que colaboraron esa noche.

Con sacar a heridos y muertos de la zona cero no terminó la actividad, ya en cualquiera de los hospitales de Saltillo, o en la Cruz Roja, hubo que “meter en bolsas de polietileno desde una mano hasta una pierna”.

Sin la valiosa colaboración de las distintas corporaciones desde la Cruz Roja y los Bomberos, la ciudadanía en general, los medios de comunicación, organismos internacionales e incluso de los taxistas, los resultados hubieran sido mucho peores.

TRAGEDIA DESCUBIERTA

Antonio fue objeto de persecución por diversos funcionarios de Ferrocarriles Nacionales de México, quienes hubieran dado cualquier cosa por su silencio, y el de muchos, sobre las causas del accidente.

“Siempre me negué a lucrar con el dolor ajeno; me ofrecieron un empleo, un coche, una casa para que yo me callara. Creo que ya tenía el estigma de ser periodista y me sostuve y me mantuve duro. La recompensa que he tenido de esto es que servía a la gente”, subrayó.

Hijo de un ferrocarrilero, Antonio subió a la máquina siniestrada, donde vio la caja negra del velocímetro. Estaba marcando entre 120 y 140 kilómetros por hora. “Era una velocidad endemoniada”.

“(Los maquinistas) ya tenían la orden de tirarlo, ya que al entrar (a la ciudad) sabrá Dios qué hubiera pasado”, reitera.

Era una época electoral en la que los funcionarios federales querían acallar las voces, en este caso el Gobierno de la República encabezado por Luis Echeverría Álvarez.

El entonces gerente de Ferrocarriles Nacionales de México Víctor Manuel Villaseñor trataba a toda costa de maquillar las cifras de los desaparecidos y los muertos, a decir del rescatista.

“Yo calculo que fueron más de mil los pasajeros que murieron, y a 37 años de distancia yo sostengo que no venían mujeres”, reiteró. En algunos medios manejaban este accidente como una orgía de borrachos, rumor que poco a poco se fue desvaneciendo.

Durante el sexenio de Flores Tapia en el estado, Antonio fue jefe de deportes en el Centro de Readaptación Social de Saltillo, donde estuvo preso Melchor Sánchez, uno de los tripulantes que ese fatídico día llevaba a cargo el furgón.

“Siempre fue un hombre íntegro, que no fumaba ni tomaba, intachable en su conducta. La presión de la Federación intentaba desvirtuar el suceso, incluso el médico del Hospital de los Ferrocarriles Nacionales de México estaba siendo presionado para que firmara un acta en la que se decía que la tripulación trabajaba en estado inconveniente (…) Hubo de todo. Mucha gente se hizo pasar por muerta para cobrar el seguro, por ejemplo”, dijo.

El médico se sostuvo y, aunque más tarde fue cesado de sus funciones, no cedió a las presiones políticas.

VULNERABILIDAD MÉDICA; EL ACCIDENTE REBASÓ A LAS INSTITUCIONES

La magnitud del trenazo en Puente Moreno dejó en claro que una contingencia así excedía la capacidad de todos los sistemas de salud.

El trabajo en equipo fue arduo en los diferentes organismos de salud, pero los heridos, y la gravedad de sus heridas, excedían cualquier nivel de exigencia.

Irma Durón Rodríguez tenía unos 20 años de edad, aunque ya había recorrido el camino de la enfermería por un buen tiempo.

Sus jornadas de trabajo en un día normal eran de por sí arduas en el Hospital General de Zona Número 1 y otro en el entonces Hospital Saltillo, ambos en quirófano.

Aquel día estuvo de guardia por la tarde. Ya era casi noche, no acostumbraban salir mucho, pero aquel día decidieron ir al cine con su esposo y sus compañeras Angélica Quiroz y Dora Alicia Villamata.

Pasaban ya las 11 de la noche; les pareció escuchar muchas ambulancias, pero no prestaron mucha atención. Salieron después de la 1 de la mañana. Finalmente se fueron a su casa, a una cuadra del Hospital Número 1 del IMSS.

Apenas estaba terminando de vestirse con su ropa de cama, cuando alguien llamó con fuerza por la ventana. Se trataba de su hermano, que le decía apresurado: “que te vayas al Seguro, hubo un accidente muy fuerte”.

“Cuando entramos mal subimos las escaleras, todo lo que es el corredor de vidrio, como si hubiera habido una guerra, estaba un paciente tras otro, envueltos en cobijas llenas de lodo y de grasa y quejándose todos”

En una explanada frente a los elevadores estaba Virginia López, entonces jefa de enfermeras, con el cirujano Roberto Wereque, jefe de quirófano, y mientras uno le decía que fuera a urgencias, el otro le indicaba el quirófano. Finalmente optó por éste último.

“Cuando entré al quirófano, fue terrible. Niños todavía con sus medallitas, los juguetitos que traían que no los soltaban, casi todos amputados o los miembros desgarrados”, dijo.

ESCASEA MATERIAL

No había salido el sol de día siguiente cuando se agotaron las jeringas, no había material estéril. Había que inyectar antibiótico y llegó el momento en que sólo cambiaban agujas; bisturís y otras herramientas sólo eran bien lavados.

“Llegaba el momento en que el anestesiólogo suturaba y el cirujano aplicaba la anestesia, era terrible, pasábamos de un paciente a otro, muchas personas con desprendimiento de cuero cabelludo, fracturas, mucha pérdida de piel.

“Todo fue impresionante”; afectaciones severas en la salud de bebes, niños, mujeres embarazadas, adultos mayores; muchachas que había que amputarles una pierna, un brazo”, recuerda.

Una de sus colegas, con quien había salido esa noche, se fue al Hospital Civil, donde también recibieron una buena cantidad de víctimas de ese accidente, aunque principalmente muertos. Entonces sólo tenían una plancha y recurrieron al suelo. Todos los corredores lucían como escena de guerra.

“Llegaba gente caminando que no le dolía nada y permitía que se atendiera a la gente más grave, le indicabas un lugar donde se sentara y luego volteabas y había muerto de un infarto”, comenta.

Las calles de Escobedo y Mina, y todas esas calles donde hay muchas privadas, muchas casas ya no se volvieron a abrir porque las familias enteras fallecieron.

En éste, como en la mayor parte de los accidentes de magnitud similar, en las instituciones de salud se han visto en la necesidad de trabajar en equipo. En ese tiempo no había mucha tecnología médica, ni resonancia magnética, el diagnóstico era más superficial.

Los doctores Samaniego, Antonio Martínez, Armando García Leos, Rutilio García, entre otros, permanecieron por varios días al pie del cañón; el doctor Samaniego llegó un momento en que, mientras intervenía, llegó a usar tres pares de lentes al mismo tiempo. La vista cansada y la cantidad interminable de pacientes no era para menos.

“No teníamos qué comer, duramos los dos días y medio sin tomar alimento, olvidados de la familia, no podíamos ni tomar agua porque estaba toda contaminada”, recuerda.

Fracturas expuestas, amputaciones, aplastamientos, desprendimientos de piel, entre otras heridas, se volvieron comunes durante ese mes de octubre.

“Para hacer tiempo hubo un momento en que se les habría una herida en el abdomen y se les introducía su propia mano, hasta que cicatrizara, hasta tener listo el injerto”, explicó.

Eran machacamientos descomunales. Los vagones se impactaron unos a otros y el incendio trajo complicaciones severas.